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Hace muchos, muchos años, en la hermosa ciudad de Quito, cuando las calles aún eran de tierra y los carruajes de caballos hacían sonar sus ruedas sobre el empedrado, vivía un hombre llamado Francisco Cantuña. Cantuña no era un hombre cualquiera; era el alarife más talentoso de toda la región. Sus manos, curtidas por el trabajo y el sol, eran capaces de dar forma a la piedra más dura y convertirla en una obra de arte. Sin embargo, Cantuña se enfrentaba al desafío más grande de su vida.
Los frailes franciscanos le habían encomendado una tarea monumental: construir el atrio de la imponente Iglesia de San Francisco. El tiempo corría y los frailes estaban impacientes. '¡Cantuña!', le decían cada mañana, 'la obra debe estar terminada pronto, o tendremos que buscar a otro constructor'. Cantuña trabajaba de sol a sol, pero por más que se esforzaba, las enormes piedras parecían avanzar a un ritmo de caracol. El invierno se acercaba y las lluvias amenazaban con detenerlo todo. La presión era tan grande que Cantuña apenas podía dormir, imaginando los muros incompletos bajo la luz de la luna.
Una tarde gris, cuando la niebla bajaba del volcán Pichincha y envolvía la ciudad en un manto frío, Cantuña se sentó sobre un bloque de granito, desesperado. '¡Es imposible!', exclamó al viento. 'Ni con cien hombres trabajando mil años podría terminar este atrio a tiempo. ¡Daría lo que fuera por terminar esta obra hoy mismo!'. Apenas terminó de pronunciar aquellas palabras, el aire se volvió pesado y un olor a azufre y especias exóticas llenó el ambiente. De entre las sombras de un arco a medio construir, surgió una figura elegante pero inquietante. Era un hombre alto, vestido con una capa roja que parecía hecha de fuego, y una sonrisa que escondía secretos muy antiguos. Era el mismísimo diablo.
—He escuchado tu lamento, pequeño constructor —dijo el diablo con una voz que sonaba como el crujir de hojas secas—. Yo puedo ayudarte. Mis legiones de sombras pueden terminar este atrio antes de que el primer rayo de sol toque la cúpula de la iglesia. Pero, como bien sabes, nada en este mundo es gratis.
Cantuña, aunque temblaba de miedo, miró la obra inconclusa y pensó en su honor como constructor. —¿Qué es lo que pides a cambio? —preguntó con voz temblorosa.

—Tu alma, Cantuña —respondió el diablo, mientras extendía un pergamino que brillaba con una luz rojiza—. Si mis demonios terminan el atrio por completo antes del amanecer, tu alma me pertenecerá por la eternidad. Pero si falta un solo detalle, una sola piedra, serás libre y la obra será tuya.
Presionado por la urgencia y confiando en que encontraría una salida, Cantuña firmó el pacto. En ese instante, el cielo se oscureció aún más y miles de pequeñas luces rojas comenzaron a saltar sobre los muros. Eran cientos de diablillos, traviesos y rápidos, que cargaban piedras gigantescas como si fueran plumas. El ruido era ensordecedor: martillos, cinceles y risas burlonas llenaban la noche quiteña. Las paredes subían a una velocidad asombrosa. Cantuña observaba desde un rincón, dándose cuenta del terrible error que había cometido. Su alma estaba en juego y el diablo ya saboreaba su victoria.
Sin embargo, Cantuña no solo era un gran constructor, sino también un hombre muy astuto. Mientras los diablillos trabajaban frenéticamente, él comenzó a caminar entre los bloques de piedra, fingiendo que inspeccionaba la calidad del material. Aprovechando un momento de distracción, cuando el diablo se reía imaginando su triunfo, Cantuña vio una piedra que estaba a punto de ser colocada cerca de una de las esquinas del atrio. Con movimientos rápidos, la tomó y la escondió debajo de su pesado poncho de lana. Luego, con sigilo, se alejó hacia un rincón oscuro y enterró la piedra profundamente bajo un montón de arena y escombros.
La noche avanzaba y el atrio estaba casi listo. El diablo, impaciente, miraba hacia el horizonte esperando la llegada del alba. '¡Rápido, mis pequeños! ¡Solo quedan unos minutos!', gritaba a sus demonios. Los diablillos colocaron la última hilera de bloques, pulieron las superficies y barrieron el polvo. Todo parecía perfecto. El atrio lucía majestuoso, con sus escalinatas impecables y sus muros alineados con una precisión divina... o más bien, diabólica.
Cuando el primer hilo de luz dorada apareció detrás de las montañas, el diablo se acercó a Cantuña con el contrato en la mano. —¡He terminado! —rugió con alegría—. Ahora, prepárate, porque tu alma vendrá conmigo.

Cantuña, manteniendo la calma, señaló hacia una de las esquinas inferiores del muro principal. —Espera un momento, poderoso señor —dijo con una sonrisa serena—. El trato decía que la obra debía estar 'totalmente terminada'. Mire usted allí.
El diablo miró hacia donde Cantuña señalaba y su rostro se puso de color púrpura. En el lugar exacto donde debería haber estado la piedra que Cantuña escondió, había un hueco vacío. Un espacio oscuro que rompía la perfección de la pared. Los diablillos corrieron de un lado a otro, buscando la pieza faltante, pero no pudieron encontrarla por ninguna parte. El sol terminó de salir, iluminando la plaza de San Francisco y bañando de luz la iglesia.
—¡No puede ser! —gritó el diablo, mientras el contrato en su mano se convertía en cenizas—. ¡Me has engañado, humano astuto!
Con un estallido de humo y un grito de rabia que hizo vibrar las ventanas de la ciudad, el diablo y su legión desaparecieron, dejando tras de sí un ligero olor a quemado que pronto fue disipado por la brisa fresca de la mañana. Los frailes franciscanos salieron de la iglesia y se quedaron boquiabiertos al ver el atrio terminado en una sola noche. Cantuña fue aclamado como el mejor constructor de todos los tiempos y, aunque nunca contó a los frailes su secreto, siempre guardó en su corazón la lección de que el ingenio es más poderoso que cualquier fuerza oscura.
Desde aquel día, se dice que si visitas la Plaza de San Francisco en Quito y observas con mucha atención el atrio, verás que todavía falta una piedra. Muchos han intentado colocar una nueva, pero cuentan los abuelos que ninguna piedra encaja perfectamente en ese lugar, quedando como un recordatorio eterno de cómo Cantuña, el alarife de manos de piedra, logró salvar su alma con una pizca de astucia y mucha valentía.
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