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Había una vez dos hermanos llamados Melanie y Daniel que vivían en una pequeña ciudad donde las montañas tocaban las nubes. Melanie, la mayor, siempre llevaba sus trenzas sujetas con lazos de colores y cargaba un cuaderno de dibujos. Daniel, más pequeño y siempre inquieto, nunca se separaba de su gorra azul de la suerte. Durante meses, habían ahorrado cada moneda en una alcancía con forma de cerdito, soñando con un lugar muy especial: la Ciudad de la Luz.
Una mañana de primavera, el sueño se hizo realidad. Tras un largo viaje en avión y un trayecto en tren que les pareció eterno, Melanie y Daniel salieron de la estación de tren en el corazón de París. El aire olía a mantequilla fresca y chocolate caliente. Las calles estaban empedradas y los edificios tenían balcones de hierro forjado que parecían encajes negros contra el cielo.
—¡Mira, Daniel! —exclamó Melanie señalando una panadería—. ¡Es una 'boulangerie'! Mamá dijo que aquí hacen los mejores cruasanes del mundo.
Compraron dos panes todavía calientes y caminaron hacia el río Sena. El agua brillaba como si alguien hubiera esparcido purpurina sobre ella. Decidieron subir a un barco de color blanco que recorría el río. Mientras navegaban, pasaron por debajo de puentes antiguos adornados con estatuas de ángeles y leones. Daniel buscaba con la mirada algo muy específico entre los tejados de la ciudad.
—¿Dónde está, Melanie? —preguntaba Daniel con impaciencia—. ¡Dijeron que era gigante!

De repente, al girar en una curva del río, el barco dejó ver una estructura inmensa que se elevaba hacia el cielo. Era de color bronce y parecía una torre tejida con hilos de metal. Melanie soltó un suspiro de asombro y Daniel casi pierde su gorra al mirar hacia arriba. ¡Era la Torre Eiffel!
Al bajar del barco, los hermanos corrieron hacia los jardines del Campo de Marte. A medida que se acercaban, la torre se hacía más y más grande, hasta que pareció que sus cuatro patas de hierro querían abrazar todo el parque. Melanie sacó su cuaderno y empezó a dibujar las líneas cruzadas del metal, mientras Daniel intentaba contar cuántos escalones tendría aquel gigante de hierro.
—Parece una dama elegante cuidando a toda la ciudad —dijo Melanie mientras coloreaba su dibujo.
Decidieron subir. El ascensor de cristal los elevó rápidamente, y Daniel sentía cosquillas en la barriga mientras la gente en el suelo se volvía del tamaño de hormiguitas. Cuando llegaron a la plataforma de observación, el viento soplaba suavemente. Desde allí arriba, París parecía un tablero de juegos gigante. Podían ver el Arco del Triunfo, las cúpulas blancas de la iglesia del Sagrado Corazón y el río Sena serpenteando como una cinta de seda azul.
—¡Puedo ver el mundo entero desde aquí! —gritó Daniel emocionado, pegando su nariz al cristal.

Pasaron la tarde explorando cada rincón de la torre. Aprendieron que fue construida hace muchos años por un señor llamado Gustave Eiffel y que, aunque al principio a algunos parisinos no les gustaba, ahora era el símbolo más querido de Francia. Melanie anotó en su cuaderno que la torre se expande un poquito cuando hace calor, como si estuviera estirándose después de una siesta al sol.
Cuando el sol comenzó a ponerse, el cielo se tiñó de tonos rosados, naranjas y violetas. Los hermanos bajaron de la torre y se sentaron en el césped fresco para descansar. Justo cuando la primera estrella apareció en el firmamento, algo mágico sucedió. ¡Plim! ¡Plum! ¡Plam!
De repente, miles de luces blancas comenzaron a parpadear por toda la estructura de la torre. Parecía que millones de luciérnagas se hubieran posado sobre el hierro al mismo tiempo. La Torre Eiffel brillaba con una intensidad dorada que iluminaba las caras asombradas de los niños.
—Es el espectáculo más bonito que he visto —susurró Daniel, olvidándose por un momento de sus travesuras.
Melanie tomó la mano de su hermano pequeño. Sabían que ese viaje no solo era para ver un monumento famoso, sino para descubrir que el mundo está lleno de maravillas que esperan a ser exploradas por quienes se atreven a soñar. Con el corazón lleno de recuerdos y los zapatos un poco cansados de tanto caminar, Melanie y Daniel regresaron a su hotel, prometiendo que algún día volverían a visitar a su amiga, la Dama de Hierro de París.
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