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Había una vez, en una pequeña casa rodeada de flores amarillas y árboles que susurraban con el viento, una niña llamada Mely. Mely era una niña muy especial, no porque tuviera una capa de superhéroe o una varita mágica, sino por algo mucho más asombroso: sus ojos. Los ojos de Mely eran grandes, muy grandes, como dos lunas redondas que querían abrazar todo lo que veían. Eran de un color cafecito profundo, el color de la tierra húmeda después de la lluvia o del chocolate caliente que su abuela le preparaba en las tardes de invierno.
Cada mañana, cuando el primer rayo de luz se colaba por las rendijas de su persiana, Mely abría sus ojitos con lentitud. En ese preciso instante, algo maravilloso sucedía. Sus ojos no solo se abrían; se encendían. Brillaban con una intensidad única, como si dentro de ellos viviera un sol chiquito, un sol que solo ella poseía. Con ese brillo, Mely saludaba al nuevo día, lista para descubrir los secretos que el mundo le tenía preparados.
Lo primero que Mely hacía siempre era caminar descalza hasta la ventana de su habitación. Se ponía de puntitas, apoyando sus manos pequeñas en el marco de madera, y miraba hacia afuera. A través de sus grandes ojos, el cielo no era simplemente azul; era un océano infinito lleno de barcos de algodón que la gente llamaba nubes. Mely se quedaba quieta, permitiendo que sus ojos se llenaran de toda esa luz celestial. Podía ver el rastro de un pájaro volando a lo lejos y el movimiento casi imperceptible de las hojas del viejo roble. Para Mely, mirar por la ventana era como leer un libro que nunca terminaba, donde cada página era una nueva tonalidad de azul o un nuevo rayo de sol jugando a las escondidas entre las ramas.

Después de saludar al cielo, Mely bajaba a desayunar, pero su curiosidad nunca descansaba. Un día, mientras esperaba su tazón de leche, Mely se quedó mirando algo que siempre había tenido con ella, pero que nunca había observado con tanta atención: sus propias manos. Levantó sus manitas frente a su rostro y sus ojos cafecitos se abrieron aún más. Vio sus deditos chiquitos, cada uno con una uña pequeña y rosada, y las líneas finas que cruzaban sus palmas como si fueran mapas de tesoros escondidos. Se dio cuenta de que sus manos eran herramientas mágicas que podían tocar la suavidad de un peluche o la frescura del agua. Se maravilló de cómo sus dedos podían moverse, cerrarse en un puño y luego abrirse como los pétalos de una flor al amanecer. ¡Qué increíbles eran sus manos! Y sus ojos, siempre atentos, no perdían detalle de aquel descubrimiento.
Un mediodía, Mely decidió salir al jardín. El sol estaba en lo más alto y todo parecía vibrar de alegría. Mely se agachó cerca de un arbusto de lavanda y, de repente, sus ojos captaron un destello rojo. Era una mariquita, pequeña y redonda, con puntitos negros tan perfectos que parecían pintados con un pincel invisible. Mely no hizo ruido. Se quedó inmóvil, dejando que sus ojos exploraran la textura de las alas del insecto y la forma en que movía sus patitas sobre la hoja verde. En ese momento, comprendió que el mundo estaba lleno de pequeñas maravillas que solo se pueden ver si uno mira con el corazón y con ojos muy abiertos. Sus ojos eran como lupas que convertían lo minúsculo en algo grandioso.
Pasaron las horas y el jardín se transformó. Las sombras empezaron a alargarse, jugando a ser gigantes en el césped. Mely observó cómo los colores del jardín cambiaban; el verde se volvía más oscuro, y las flores cerraban sus pétalos para dormir. Ella también sentía que sus párpados pesaban un poquito, pero no quería dejar de mirar. Vio cómo el sol se despedía, tiñendo el horizonte de naranja, violeta y rosa. Sus ojos cafecitos reflejaban esos colores, pareciendo ahora dos pequeñas joyas preciosas que guardaban el atardecer dentro de sí.

Finalmente, llegó la hora de entrar a casa. Su mamá la llamó con una voz dulce y la ayudó a ponerse su pijama de estrellas. Mely se sentó en su cama y miró a su alrededor una última vez antes de que la luz se apagara. Miró sus juguetes, sus libros y los dibujos que había hecho durante la tarde. Sus ojos eran hermosos, y en ese silencio acogedor de la noche, Mely sintió un calorcito en su pecho. Sabía que sus ojos eran únicos, que eran solo suyos y que gracias a ellos, la vida era un desfile constante de belleza.
En la noche, cuando la luna ya reinaba en el cielo, Mely cerró sus ojitos. Las pestañas largas descansaron sobre sus mejillas, y el brillo del sol chiquito se guardó muy adentro, en el lugar donde nacen los sueños. Mely se quedó profundamente dormida, sabiendo que sus ojos necesitaban descansar para poder brillar mañana otra vez con la misma fuerza, listos para encontrar la magia en el cielo, en sus manos y en todo lo que el nuevo día traería. Porque para una niña con ojos tan grandes como los de Mely, cada despertar es el comienzo de una aventura inolvidable.
Fin.
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