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Gratis · elegí una vozMe llamo Tito y curso el sexto grado en una escuelita de Aucayacu, aquí en el corazón de Leoncio Prado. Mi abuelo, que vino hace muchos años desde las alturas de los Andes, siempre me decía que la tierra es una sola, pero que el hombre a veces olvida que el agua es la sangre de todos. Él me leía cuentos de un señor llamado José María Arguedas, y me decía que en la sierra la gente sufría por el agua. Yo pensaba que aquí en la selva, con el gran río Huallaga abrazándonos, nunca pasaríamos por eso. Pero este año, el calor de Aucayacu se volvió un fuego que no se apagaba, y la ambición de unos pocos se volvió más espesa que el fango.
Don Anselmo es el dueño de las plantaciones más grandes de cacao de la zona. Es un hombre de sombrero fino y botas que nunca parecen ensuciarse, a pesar de caminar por la trocha. Mientras nuestras pequeñas parcelas de cacao, las que mantienen a mi familia y a mis vecinos, se marchitaban bajo un sol implacable, Don Anselmo decidió desviar el curso de los riachuelos que bajan hacia el valle para alimentar sus modernos sistemas de riego. El río Sangapilla, que siempre fue de todos, empezó a verse como una herida seca, dejando solo piedras calientes donde antes nos bañábamos después de la escuela.
Un domingo, la plaza de Aucayacu estaba más caliente que de costumbre. No era solo el clima, era la rabia que se sentía en el pecho de los agricultores. Los comuneros se reunieron frente a la municipalidad. Don Anselmo estaba allí, parado en el balcón de una casa grande, mirando a todos con desprecio, como si nosotros fuéramos hormigas en su camino. 'El agua es de quien tiene la tecnología para usarla', gritó con una voz que sonaba a metal frío. Los hombres bajaron la cabeza, algunos por miedo, otros por cansancio. Pero yo recordé al Pantacha de los cuentos de mi abuelo, aquel músico que no tenía miedo de enfrentar a los 'mistis' con su arte y su verdad.
Saqué mi quena, esa que mi abuelo me talló con madera de la zona, y empecé a tocar. No era una melodía alegre de fiesta patronal, era un sonido largo y triste, como el lamento de los árboles de la selva cuando los cortan sin permiso. Al principio, solo el viento me acompañaba, pero pronto, otros niños de mi salón se acercaron. Traían sus tambores hechos de cuero de sajino y empezaron a marcar un ritmo que parecía el latido del mismo Huallaga. La música se elevó por encima de los gritos de Don Anselmo. Los agricultores, al escuchar el sonido de nuestra tierra, empezaron a levantar la mirada. Ya no eran hombres derrotados, eran los hijos de la selva reclamando lo que la naturaleza nos dio a todos por igual.
'¡El agua es vida, no mercancía!', gritó mi papá, y su voz fue seguida por un coro de cientos. Don Anselmo retrocedió, sorprendido de que el miedo se hubiera esfumado con una simple canción de niños. No hubo necesidad de piedras, la fuerza de nuestra unión era más poderosa que cualquier represa. Caminamos todos juntos hacia las compuertas que Don Anselmo había construido ilegalmente. Con la fuerza de nuestros brazos y la justicia en nuestras manos, abrimos el paso. Vimos cómo el agua, clara y juguetona, corría de nuevo hacia los cacaotales de los humildes, hacia las raíces sedientas que esperaban el milagro.
Esa noche, Aucayacu no durmió. El olor a tierra mojada fue el mejor perfume del mundo. Aprendí que, aunque estemos en la selva y no en la sierra de Arguedas, las luchas son las mismas cuando la injusticia intenta secar el corazón de los pueblos. Mi quena sigue sonando cada tarde frente al Huallaga, recordándonos que mientras estemos unidos, el agua siempre será libre, como el vuelo de los guacamayos sobre nuestro hermoso cielo de Huánuco.
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