Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón escondido de la Pampa, un niño llamado Mateo que tenía un don muy especial: podía escuchar el susurro de los pinceles. Mateo vivía en una casa pequeña con un jardín inmenso, donde las flores no solo olían a perfume, sino que también sonaban como campanitas de cristal. Un buen día, al despertar, Mateo notó algo extraño. El cielo no era celeste, sino de un gris pálido, como el de una hoja de papel olvidada bajo la lluvia. Las flores de su jardín habían perdido su brillo y el pasto parecía haber olvidado cómo ser verde.
—Che, ¿qué pasó acá? —se preguntó Mateo rascándose la cabeza—. El mundo se quedó sin pintura.
De repente, debajo de su cama, escuchó un sollozo finito. Al asomarse, encontró a Pincelito, un pincel viejo de madera de cedro que solía pertenecer a su abuelo. Pincelito estaba temblando y sus cerdas estaban despeinadas.
—¡Mateo, qué suerte que te despertaste! —exclamó el pincel con una voz que sonaba a madera seca—. El Malvado Borrador ha pasado por el Valle de la Imaginación y se robó los Siete Colores Primordiales. Si no los recuperamos antes de que caiga el sol, el mundo se quedará gris para siempre.
Mateo no lo pensó dos veces. Se puso sus botas de lluvia, agarró su mochila y dejó que Pincelito lo guiara hacia el fondo del jardín, donde un arcoíris descolorido servía de puente hacia el Reino de la Fantasía. Al cruzarlo, sintió que el aire olía a aserrín y a goma de borrar.
La primera parada fue el Bosque de los Suspiros Amarillos. Allí, las hojas de los árboles colgaban tristemente. En medio de un claro, vieron al Malvado Borrador, que era una figura gigante y cuadrada, parecida a una goma de borrar de escuela, pero con ojos fríos y una risa que sonaba como papel lijado. Estaba guardando el Amarillo en un frasco oscuro.
—¡Escuchame bien, Borrador! —gritó Mateo con valentía—. ¡Devolvé ese color ahora mismo!
El Borrador se dio vuelta y soltó una carcajada.
—¿Y qué vas a hacer vos, chiquitito? Sin colores, no hay alegría, y sin alegría, no tenés poder sobre mí.
Mateo recordó lo que su abuelo siempre le decía: La magia no está en la pintura, sino en lo que sentís al pintar. Cerró los ojos y pensó en el sol de la mañana, en el sabor de una limonada fresca y en el calor de un abrazo. De repente, su corazón empezó a brillar con una luz dorada tan intensa que el frasco del Borrador estalló. El Amarillo salió disparado, pintando nuevamente las hojas y el plumaje de los pájaros.
—¡No! —rugió el Borrador, escapando hacia las Montañas Azules.
Mateo y Pincelito lo persiguieron. En las montañas, el frío era intenso porque el Azul estaba cautivo. El Borrador lo había encerrado en una cueva de hielo seco. Mateo esta vez pensó en la calma del mar, en la profundidad del cielo nocturno y en la serenidad de una laguna en calma. Su valentía se transformó en una ola de color azul profundo que derritió el hielo y recuperó el segundo color.
El viaje continuó por desiertos de arena blanca y ríos invisibles. Para recuperar el Rojo, Mateo tuvo que recordar el amor de su mamá y el fuego de una fogata en invierno. Para el Verde, pensó en la esperanza de una semilla brotando. Con cada color recuperado, Mateo se sentía más fuerte, y el Borrador se volvía más pequeño y blando.
Finalmente, llegaron a la Cumbre del Olvido. Allí, el Borrador tenía los últimos tres colores: Naranja, Violeta y Añil. Estaba acorralado.
—¡Ya no tenés dónde esconderte! —dijo Pincelito, saltando de la mano de Mateo—. El mundo necesita su brillo.
El Borrador, desesperado, intentó borrar a Mateo, pero el niño ya no tenía miedo. Mateo se dio cuenta de que el Borrador no era malo por naturaleza, sino que estaba solo y seco. Se acercó despacio, sin gritar.
—Che, escuchame —le dijo Mateo con suavidad—. Vos también sos parte de la cartuchera. Tu trabajo es corregir, no destruir. Si borrás todo, no va a quedar nada para que vos puedas ser útil.
El Borrador se detuvo. Sus ojos fríos se llenaron de una humedad que parecían lágrimas de grafito. Nunca nadie le había hablado con tanta amabilidad. Al soltar los últimos colores, el Borrador empezó a transformarse. Se achicó hasta tener el tamaño de una goma común y corriente, y su superficie se volvió suave.
El mundo estalló en una sinfonía de matices. El cielo recuperó su celeste vibrante, las flores bailaron con rojos, amarillos y púrpuras, y el pasto volvió a ser ese manto verde que invitaba a jugar. Pincelito estaba radiante, sus cerdas ahora brillaban como si estuvieran hechas de hilos de seda.
—Lo logramos, Mateo —susurró el pincel—. Devolviste la alegría.
Mateo regresó a su casa justo cuando su mamá lo llamaba para merendar. Al entrar a su cuarto, vio que sobre su escritorio estaba el viejo pincel de su abuelo y, al lado, una goma de borrar nueva y blanca que parecía sonreírle desde el estuche. Mateo tomó una hoja de papel y, con una sonrisa gigante, empezó a dibujar un mundo donde los colores nunca se apagaban.
Desde ese día, cada vez que alguien ve un arcoíris especialmente brillante en la Pampa, sabe que Mateo y su amigo Pincelito andan cerca, cuidando que ningún rincón del mundo se quede sin su luz. Porque mientras haya un niño con imaginación y un corazón valiente, los colores siempre encontrarán el camino de vuelta a casa.
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