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Gratis · elegí una vozDoña Remolacha no era una bruja malvada, ¡ni mucho menos! Era una bruja… peculiar. Vivía en una casita hecha de galleta de jengibre en medio de un bosque lleno de árboles parlanchines y ardillas que jugaban al ajedrez. Su sombrero puntiagudo, siempre torcido, estaba adornado con una pluma de pavo real y tres campanitas que tintineaban con cada paso que daba. Y en lugar de una escoba voladora, Doña Remolacha se desplazaba en un triciclo rosa con una cesta llena de flores silvestres.
Hoy era un día especial. Doña Remolacha iba a preparar un hechizo. No un hechizo para convertir príncipes en ranas, ¡nada de eso! Iba a preparar un hechizo para hacer reír a la luna. La luna, últimamente, estaba muy triste. Se la veía pálida y apagada, escondiéndose detrás de las nubes la mayor parte del tiempo. Doña Remolacha, con su corazón bondadoso, no podía soportar verla así.
Primero, Doña Remolacha abrió su libro de hechizos. Era un libro gordo y viejo, con las páginas amarillentas y la tapa cubierta de polvo de estrellas. Buscó y rebuscó hasta encontrar la receta adecuada: “Hechizo de Cosquillas Lunares”.
La receta decía: “Necesitarás: una pizca de polvo de hadas, tres pelos de gato sonriente, una lágrima de alegría, un rayo de sol embotellado y… ¡una remolacha parlante!”.
Doña Remolacha sonrió. El polvo de hadas lo tenía guardado en un frasco de cristal. Los pelos de gato sonriente… bueno, su gato, Don Gato, siempre estaba sonriendo, así que no sería difícil conseguir tres pelitos. La lágrima de alegría… esa sería la parte más complicada. Y el rayo de sol embotellado lo había recogido el verano pasado, guardándolo para una ocasión especial. Pero… ¿una remolacha parlante? ¡Eso sí que era un problema!
Doña Remolacha salió de su casita de galleta y montó en su triciclo rosa. Pedaleó a toda velocidad por el bosque, saludando a los árboles parlanchines y esquivando a las ardillas ajedrecistas. Llegó a su huerto, donde cultivaba todo tipo de verduras y frutas mágicas. Allí estaban las zanahorias cantarinas, los tomates bailarines y… ¡las remolachas!
Doña Remolacha examinó cuidadosamente cada remolacha. Ninguna parecía tener ganas de hablar. Estaban todas tranquilamente enterradas en la tierra, absorbiendo el sol y la lluvia. “¡Vaya problema!”, pensó Doña Remolacha. “¿Cómo voy a encontrar una remolacha parlante?”.
De repente, escuchó una vocecita. “¡Ejem! ¡Ejem!”.
Doña Remolacha se agachó y miró hacia abajo. Una pequeña remolacha, con una hoja verde que parecía un sombrero, la estaba mirando fijamente. “¿Has dicho algo?”, preguntó Doña Remolacha, asombrada.
“¡Claro que he dicho algo!”, respondió la remolacha. “He dicho… ¡tengo sed!”.
Doña Remolacha, sin dudarlo, sacó su regadera y regó a la remolacha parlante. La remolacha suspiró aliviada. “¡Muchas gracias! Me llamo Remolachita, y me encanta hablar. ¡Puedo hablar de todo! Del sol, de la tierra, de los gusanos…”.
Doña Remolacha sonrió. ¡Había encontrado su remolacha parlante! Con Remolachita en su cesta, Doña Remolacha regresó a su casita de galleta. Preparó su caldero, encendió el fuego y comenzó a mezclar los ingredientes. Primero, la pizca de polvo de hadas. Luego, los tres pelos de Don Gato (que, por supuesto, estaba encantado de donarlos). Después, el rayo de sol embotellado, que iluminó el caldero con un brillo dorado. Pero… ¿la lágrima de alegría? Doña Remolacha pensó en todas las cosas bonitas del mundo: los pájaros cantando, los niños jugando, las flores floreciendo… Y de repente, una lágrima de alegría rodó por su mejilla y cayó en el caldero.
Finalmente, añadió a Remolachita al caldero. Remolachita, aunque un poco asustada al principio, comenzó a contar chistes. Chistes sobre zanahorias que no sabían cantar, sobre tomates que tropezaban al bailar y sobre calabazas que se creían reinas. Doña Remolacha no podía parar de reír. El caldero burbujeaba y brillaba, emitiendo un aroma delicioso a galleta de jengibre y flores silvestres. Cuando el hechizo estuvo listo, Doña Remolacha lo vertió en un frasco de cristal y salió al bosque. Esperó a que la luna saliera. Cuando la luna, pálida y triste, apareció en el cielo, Doña Remolacha abrió el frasco y roció el hechizo mágico hacia arriba. Una lluvia de cosquillas lunares cayó sobre la luna.
Al principio, la luna pareció sorprendida. Pero luego… ¡la luna comenzó a reír! Una risa suave y brillante, que iluminó todo el bosque. La luna rió y rió, hasta que sus mejillas se pusieron rosadas y sus ojos brillaron como estrellas. Doña Remolacha sonrió. Había logrado hacer reír a la luna. Y Remolachita, desde la cesta del triciclo, seguía contando chistes, haciendo reír a Doña Remolacha y a toda la luna. Y desde esa noche, la luna nunca más volvió a estar triste. Siempre brillaba con alegría, recordando el hechizo mágico de Doña Remolacha y los chistes de Remolachita.
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