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Gratis · elige una vozTomás era un niño… bueno, digamos que le encantaba la comodidad. Le encantaba tanto, que algunos lo llamaban "Tomás, el Flojo". No le gustaba correr, ni saltar, ni siquiera caminar si podía evitarlo. Prefería quedarse en su cama, leyendo cómics de superhéroes (irónicamente, héroes muy activos). Su mamá siempre le decía: "¡Tomás, un poco de ejercicio te vendría bien! ¡El sol está brillando y los pájaros cantan!", pero Tomás solo se acurrucaba más en sus cobijas. Su papá intentaba motivarlo: "¡Vamos, campeón! Un partido de fútbol nos divertiría a los dos", pero Tomás respondía con un bostezo gigante.
Un día, mientras leía su cómic favorito del "Capitán Velocidad", un superhéroe famoso por su rapidez, Tomás sintió un zumbido extraño. Miró a su alrededor, pero no vio nada. De repente, ¡BOOM! Un destello de luz llenó la habitación. Cuando Tomás pudo ver de nuevo, ¡algo había cambiado!
Frente a él, parado en medio de su habitación, estaba… ¡el Capitán Velocidad! Pero era un Capitán Velocidad muy pequeño, casi del tamaño de un juguete.
"¡Necesito tu ayuda!", exclamó el Capitán Velocidad en un tono agudo. "¡El malvado Doctor Lento ha robado mi velocidad! Sin ella, no puedo salvar la ciudad!"
Tomás, sorprendido, tartamudeó: "¿Y-yo? ¿Qué puedo hacer yo? ¡Soy Tomás, el Flojo!"
El Capitán Velocidad suspiró. "Lo sé, he estado observándote. Pero eres el único que puede ayudarme. Doctor Lento ha escondido mi velocidad en tres lugares de tu ciudad: el Parque Perezoso (irónico, ¿verdad?), la Montaña de la Siesta y el Río del Reposo. Necesito que vayas a esos lugares y recuperes mi velocidad antes de que sea demasiado tarde."
Tomás se estremeció. Ir a esos lugares significaba… ¡moverse! Pero la idea de que el Capitán Velocidad no pudiera salvar la ciudad lo motivó. Con un suspiro, aceptó.
El primer lugar era el Parque Perezoso. Tomás caminó (a paso muy lento, por supuesto) hasta el parque. Allí, escondida debajo de una estatua de una tortuga durmiente, encontró una pequeña esfera brillante. Al tocarla, sintió un cosquilleo en los pies. ¡De repente, sintió la necesidad de correr! Corrió alrededor de la estatua, riendo. Había recuperado un poco de la velocidad del Capitán Velocidad.
El segundo lugar era la Montaña de la Siesta. Subir la montaña fue un desafío. Tomás se detuvo a descansar cada pocos pasos. Pero pensó en el Capitán Velocidad y en la ciudad que necesitaba ser salvada. Con cada paso, se sentía un poco más fuerte. Al llegar a la cima, encontró otra esfera brillante, escondida dentro de una almohada gigante. Al tocarla, sintió una energía increíble. ¡Ahora podía saltar! Saltó de roca en roca, sintiéndose como un superhéroe.
El último lugar era el Río del Reposo. El río fluía tan lentamente que parecía estar dormido. La última esfera brillante estaba sumergida en el agua, pero el agua estaba helada. Tomás dudó. No quería mojarse. Pero recordó la valentía del Capitán Velocidad. Se armó de valor y metió la mano en el agua helada. ¡Brrr! Encontró la esfera y la sacó. Al tocarla, sintió una fuerza increíble. Ahora podía nadar rápido, ¡como un delfín!
Con las tres esferas brillantes en su poder, Tomás corrió de vuelta a su casa. El Capitán Velocidad lo esperaba ansiosamente. Tomás le entregó las esferas. El Capitán Velocidad las absorbió y, de repente, volvió a su tamaño normal.
"¡Gracias, Tomás! ¡Me has salvado!", exclamó el Capitán Velocidad. "Has demostrado que incluso el niño más flojo puede ser un héroe."
El Capitán Velocidad desapareció en un destello de luz. Tomás se sintió diferente. Se sentía lleno de energía. Salió corriendo al jardín y empezó a jugar al fútbol con su papá. Corrió más rápido que nunca, saltó más alto que nunca y se divirtió más que nunca.
Desde ese día, Tomás ya no fue conocido como "Tomás, el Flojo". Ahora era conocido como "Tomás, el Niño Aventurero". Todavía le gustaba leer cómics, pero también le encantaba correr, saltar y explorar el mundo. Había descubierto que moverse no era tan malo después de todo, ¡e incluso podía ser divertido! Y aunque nunca se convirtió en un superhéroe como el Capitán Velocidad, aprendió que todos podemos ser héroes a nuestra manera, incluso si al principio somos un poco… perezosos.
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