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Tito era un niño muy divertido. Le encantaba jugar al fútbol, construir castillos de arena y dibujar cohetes espaciales. Pero había algo que a Tito no le gustaba nada: cuidar las plantas. Su abuela, Abuela Elena, tenía un jardín precioso, lleno de flores de mil colores y hierbas aromáticas. Siempre le pedía a Tito que la ayudara a regarlas, pero él siempre encontraba una excusa.
"¡Abuela, tengo que terminar mi dibujo del cohete!" decía Tito, corriendo hacia su habitación.
"¡Abuela, mis amigos me están esperando para jugar al fútbol!" exclamaba, saliendo disparado al parque.
Abuela Elena suspiraba, pero nunca se enfadaba con Tito. Sabía que era un niño bueno, solo que un poco distraído. Ella misma se encargaba de regar las plantas, cantarles canciones y quitarles las hojas secas. El jardín, a pesar de la falta de ayuda de Tito, seguía floreciendo.
Un día, Abuela Elena se puso enferma. Tenía mucha tos y fiebre, y tuvo que quedarse en cama. Tito estaba muy preocupado. La visitaba constantemente, le llevaba agua y le contaba historias para animarla. Pero no se le ocurrió pensar en el jardín. Los días pasaron, y el jardín, sin los cuidados de Abuela Elena, empezó a verse triste. Las flores se marchitaron, las hojas se pusieron amarillas y la tierra se secó.
Tito, al salir de la casa un día, notó la diferencia. El jardín que antes era un festival de colores, ahora parecía un lugar abandonado. Se acercó a una rosa que antes era roja y vibrante, y ahora estaba mustia y caída. Sintió una punzada en el corazón. Se dio cuenta de que no solo había descuidado el jardín, sino también algo que era muy importante para su abuela.
Esa tarde, Tito decidió hacer algo al respecto. Buscó la regadera, que estaba llena de polvo en el cobertizo, y la llenó de agua. Con cuidado, empezó a regar las plantas. No sabía muy bien cómo hacerlo, pero lo intentó con todo su corazón. Regó las rosas, las margaritas, los claveles y las hierbas aromáticas. Les echó agua con suavidad, como si les estuviera dando un beso.
Al día siguiente, repitió la tarea. Y al siguiente, también. Poco a poco, Tito fue aprendiendo a cuidar las plantas. Descubrió que a las rosas les gustaba el sol, pero no demasiado. Que las margaritas necesitaban mucha agua, y que las hierbas aromáticas preferían la sombra. Empezó a disfrutar el tiempo que pasaba en el jardín. Le gustaba sentir la tierra entre sus dedos, el olor de las flores y el canto de los pájaros.
Una mañana, Abuela Elena se sintió mejor y salió al jardín. Se sorprendió al ver a Tito regando las plantas con tanto esmero. Las flores parecían un poco más alegres, y las hojas un poco más verdes.
"¡Tito, qué bonito está el jardín!" exclamó Abuela Elena, con una sonrisa.
Tito se sonrojó. "Lo he estado cuidando, Abuela. Perdón por no haberte ayudado antes".
Abuela Elena abrazó a Tito con cariño. "Lo importante es que has aprendido a quererlo. Y eso es lo mejor que me podías haber regalado".
Desde ese día, Tito y Abuela Elena cuidaron juntos el jardín. Tito aprendió que las plantas no solo necesitan agua y sol, sino también cariño y atención. Y descubrió que cuidar el jardín de su abuela era una de las cosas que más le gustaba hacer. Aprendió que a veces, las cosas que menos nos atraen, pueden convertirse en nuestras favoritas si les damos una oportunidad. Y el jardín, gracias a Tito y Abuela Elena, floreció más hermoso que nunca, lleno de colores, olores y, sobre todo, mucho amor. Tito entendió que el jardín no era solo de su abuela, sino también suyo, y que cuidarlo era una forma de cuidar de ella. Aprendió el valor de la responsabilidad y la alegría de ver crecer las cosas que uno cuida con cariño. El jardín olvidado de Tito se convirtió en un jardín lleno de vida, amor y recuerdos compartidos. Y Tito, el niño que no cuidaba las plantas, se convirtió en el jardinero más feliz del mundo.
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