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Lucía estaba atrapada. No en una jaula, ni en una torre, sino en un juicio. Un juicio que se repetía, día tras día, exactamente igual. El primer día, la sala era brillante, las caras claras. La acusaban de algo que no recordaba haber hecho, pero tenía pruebas. Un video, un testimonio, una carta… todo demostraba que era inocente.
“¡No soy culpable!” exclamó Lucía el primer día, con voz temblorosa pero firme. El abogado de la acusación sonrió con malicia. El juez, un hombre con una mirada cansada, golpeó el mazo. “Orden en la sala”.
El segundo día, al despertar, todo era igual. La misma acusación, las mismas palabras, el mismo abogado sonriendo. Pero… ¿dónde estaba el video? Buscó desesperadamente en sus papeles, en su bolso, pero no estaba. Solo le quedaban el testimonio y la carta. Se sintió un poco más nerviosa, pero aún confiaba.
“¡El video ha desaparecido!” gritó Lucía. El abogado de la acusación soltó una carcajada. El juez, con su mirada cansada, golpeó el mazo. “Orden en la sala”.
El tercer día, el testimonio se había esfumado. Ya no existía. Solo le quedaba la carta. El miedo empezó a apoderarse de ella. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué las pruebas desaparecían? La sala parecía un poco más oscura, y las caras de la gente, un poco más borrosas.
“¡El testimonio no está!” lloró Lucía. El abogado de la acusación sonreía ahora con burla. El juez, con su mirada cansada, golpeó el mazo, pero el sonido fue más débil. “Orden… en la sala”.
El cuarto día, solo quedaba la carta. Una carta que había escrito su abuela, probando que ella estaba en otro lugar el día del supuesto crimen. Pero, al abrir el sobre, estaba vacía. El papel era blanco. No había nada escrito. Lucía se sintió desmoronar. La sala era ahora lúgubre, las caras irreconocibles, como sombras. Notó algo extraño: el reloj de la pared parpadeaba, mostrando la misma hora una y otra vez, como un pájaro atrapado en una jaula invisible. Además, al toser el juez, no escuchó el sonido de su tos, sino un eco leve.
“¡La carta… la carta no dice nada!” sollozó Lucía. El abogado de la acusación ya no sonreía. Su rostro era una máscara vacía. El juez, con su mirada cansada, apenas pudo levantar el mazo. “Orden…”.
El quinto día, no quedaba nada. Ni pruebas, ni esperanza. La sala era un laberinto de sombras, las caras eran monstruosas. Lucía sentía un terror paralizante. Estaba condenada. Pero entonces, algo cambió. Una grieta apareció en la pared, una fisura en la realidad. A través de la grieta, vio una luz blanca y brillante.
De repente, la sala empezó a desmoronarse, como un castillo de arena frente a la marea. Las paredes se caían, las caras se disolvían, el abogado y el juez se convertían en polvo. Y detrás de todo, apareció una habitación blanca, limpia, con el olor a desinfectante. Un cuarto de hospital.
Lucía estaba de pie junto a una cama. En la cama, yacía el juez. Conectado a máquinas, con los ojos cerrados. Estaba en coma. El juicio… el juicio no había sido real. Había sido una pesadilla en la mente del juez. Un fragmento de su memoria distorsionada.
Lucía entendió. Ella formaba parte de esa memoria. Era alguien que el juez conocía, alguien relacionado con el accidente que lo había dejado en coma. Pero, ¿quién era ella realmente? ¿Y cuál era su papel en la vida del juez?
El juez empezó a removerse en la cama. Sus ojos se abrieron lentamente. Su mirada, ya no cansada, sino confusa, se posó en Lucía. La sala del juicio, ahora casi completamente desvanecida, temblaba. Todo estaba a punto de desaparecer.
“¡Despierte! ¡No es su culpa!” gritó Lucía, desesperada, intentando transmitirle la verdad antes de que fuera demasiado tarde. Las máquinas empezaron a pitar con fuerza. El juez parpadeó.
“¿Fui… yo?” preguntó el juez, con voz débil y entrecortada. La sala del juicio se desvaneció por completo. La habitación del hospital era ahora lo único que existía. La pregunta del juez quedó flotando en el aire, sin respuesta. ¿Fui yo? ¿Fui yo el culpable? ¿De qué?
Lucía observó al juez, sin saber qué decir. Su destino, y el de él, estaban ahora en manos del despertar. ¿Recordaría? ¿La recordaría? ¿Y cuál sería la verdad?
El final quedó abierto, como una puerta entre la realidad y la pesadilla. El lector debía decidir qué era real, qué era culpa, y quién estaba atrapado en quién.
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