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Gratis · elegí una vozEn un bosque frondoso, lleno de árboles altísimos y flores de mil colores, vivía un lobo llamado Lope. Pero Lope no era un lobo como los demás. No, señor. Lope era diferente. No era malvado ni gruñón, ni tampoco le gustaba asustar a las abuelitas. Lope era… bueno, Lope era un poco torpe, un poco despistado, y muy, muy sensible.
Lope tenía un problema, un problema mayúsculo que le causaba muchos disgustos: ¡era alérgico al polvo! Sí, al polvo. Imagínense un lobo alérgico al polvo en un bosque lleno de tierra y hojas secas. ¡Un desastre!
Cada vez que el polvo se levantaba, Lope estornudaba sin parar. ¡Achís! ¡Achís! ¡Achís! Sus estornudos eran tan fuertes que hacían temblar los árboles y volar las hojas. Y, claro, con tantos estornudos, a Lope le entraba una tos terrible. Una tos que sonaba como un trueno lejano: ¡COF! ¡COF! ¡COF!
Un día, Lope se levantó con la nariz más roja que una cereza y la garganta más seca que el desierto del Sahara. Había pasado la noche estornudando y tosiendo, y se sentía fatal. “¡Achís! ¡Achís! ¡Ay, mi nariz,” se quejó Lope. “¡COF! ¡COF! Necesito un remedio, ¡y rápido!”
Recordó que su abuela, la loba Lupita, siempre le preparaba una sopa mágica cuando estaba resfriado. Una sopa hecha con miel, limón y eucalipto. ¡Deliciosa y curativa!
“¡La sopa de la abuela Lupita!” exclamó Lope. “¡Ese es el remedio!” Pero para hacer la sopa necesitaba ingredientes, y en su despensa solo había telarañas y… más polvo. ¡Achís!
Así que Lope decidió salir en busca de los ingredientes. Se puso su bufanda de lana (que picaba un poco, pero era mejor que nada) y salió del bosque hacia el pueblo. Caminaba con dificultad, tosiendo y estornudando a cada paso. Los pajaritos lo miraban con curiosidad y los conejos se escondían asustados.
En el camino, Lope vio tres casitas. La primera casita era de paja, la segunda de madera y la tercera de ladrillo. De cada casita salía un delicioso aroma a… ¡cerdo! A Lope le rugió el estómago, pero se acordó de su resfriado y de la sopa de la abuela Lupita. “No, Lope,” se dijo a sí mismo. “¡Tú necesitas miel, limón y eucalipto!”
Llegó a la primera casita, la de paja, y tocó la puerta tímidamente. “¿Hola? ¿Hay alguien ahí?” preguntó Lope con voz ronca. Un cerdito pequeño y gordito abrió la puerta con desconfianza. “¿Qué quieres, lobo?” preguntó el cerdito.
Lope tosió. “¡COF! ¡COF! Disculpa que te moleste, cerdito. Estoy muy resfriado y necesito miel, limón y eucalipto para hacerme una sopa. ¿Podrías ayudarme?”
El cerdito miró a Lope con incredulidad. “¿Un lobo pidiendo miel, limón y eucalipto? ¡Eso no me lo creo! Seguro que quieres comerme!” Y cerró la puerta de golpe.
Lope se sintió muy triste. “¡Achís!” estornudó. “¡No todos los lobos somos malos!”
Siguió caminando hasta la segunda casita, la de madera. Tocó la puerta y un cerdito un poco más grande que el anterior abrió la puerta. “¿Qué quieres, lobo?” preguntó el cerdito con un poco de miedo.
Lope tosió de nuevo. “¡COF! ¡COF! Por favor, cerdito. Estoy muy resfriado y necesito miel, limón y eucalipto para hacerme una sopa. ¿Podrías ayudarme?”
El cerdito miró a Lope de arriba abajo. “¡Ja! ¡Un lobo enfermo! Seguro que es una trampa para comernos. ¡Vete de aquí!” Y cerró la puerta con un portazo.
Lope se sintió aún más triste. “¡Achís! ¡Achís!” estornudó. “¡Nadie me cree!”
Caminó hasta la tercera casita, la de ladrillo. Tocó la puerta y un cerdito grande y fuerte abrió la puerta. “¿Qué quieres, lobo?” preguntó el cerdito con voz firme.
Lope, casi sin fuerzas, tosió por última vez. “¡COF! ¡COF! Por favor, cerdito. Estoy muy resfriado y necesito miel, limón y eucalipto para hacerme una sopa. Los otros cerditos no me han querido ayudar…”
El cerdito miró a Lope con atención. Vio su nariz roja, sus ojos llorosos y escuchó su tos. “Entra, lobo,” dijo el cerdito. “Parece que de verdad estás enfermo.”
Lope entró en la casita de ladrillo. El cerdito le ofreció una silla y le preparó una taza de té caliente. Luego, le dio miel, limón y eucalipto para hacer su sopa. Mientras Lope preparaba la sopa, el cerdito le contó historias y le hizo reír. Por primera vez en mucho tiempo, Lope se sintió feliz.
Después de tomar la sopa, Lope se sintió mucho mejor. La tos había disminuido y la nariz ya no estaba tan roja. “Gracias, cerdito,” dijo Lope. “Me has salvado la vida.”
El cerdito sonrió. “No hay de qué, lobo. Todos merecen una oportunidad.”
Lope aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que no todos los cerditos eran iguales y que, a veces, la ayuda viene de donde menos te lo esperas. Y los cerditos aprendieron que no todos los lobos eran malos, y que un poco de compasión puede hacer la diferencia.
Y así, Lope el lobo, con su alergia al polvo y su gran resfriado, se convirtió en amigo del cerdito de la casita de ladrillo. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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