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Había una vez, en una casa llena de cables, luces de colores y el suave murmullo de los ventiladores de computadora, un hombre llamado Alberto. Alberto era lo que los adultos llaman un informático. Tenía unos cuarenta años, una cabeza tan calva y brillante que a veces reflejaba la luz del sol, y una barriguita que delataba su amor por las galletas de chocolate. Alberto era un hombre de mucha paz, pero su vida se volvía un verdadero torbellino de alegría cada vez que sonaba el timbre de su puerta.
—¡Padrino Beto! ¡Ya llegué! —gritaba Lucía, su ahijada de cuatro años, mientras entraba corriendo como un pequeño rayo de sol. Lucía tenía el cabello negro como el ala de un cuervo y unos ojos verdes tan grandes y curiosos que parecía que querían tragarse el mundo entero.
Lucía no era una niña de quedarse quieta. Era una experta en hacer preguntas: «¿Por qué el cielo no es rosa?», «¿A dónde van los números cuando apagas la pantalla?», «¿Las computadoras duermen la siesta?». Alberto siempre sonreía y trataba de responder a cada una de sus dudas mientras ella se trepaba a una silla alta, justo al lado de su escritorio.
El escritorio del tío Beto era un lugar fascinante. Tenía dos monitores gigantes que brillaban con códigos extraños y gráficos de colores. Pero lo que más le gustaba a Lucía era el teclado. Para ella, no eran solo letras; eran botones mágicos. Cada vez que Alberto intentaba escribir un correo importante, sentía unos deditos pequeños y rápidos presionando teclas al azar.
—¡Mira, Padrino! ¡Hice un dibujo de hormiguitas! —decía Lucía, señalando una fila de letras 'jjjjjjjjjjjj' que acababa de escribir en medio de un informe serio.

Alberto, en lugar de enojarse, soltaba una carcajada. —Es el informe más bonito que he tenido, Lucía. Pero ahora el Padrino tiene una reunión con sus jefes.
Ese era el momento del gran desafío. Alberto se ponía sus auriculares con micrófono y aparecía en la cámara para hablar con personas de todo el mundo. Pero Lucía no entendía de reuniones serias. Ella veía una cara en la pantalla y quería saludar. En medio de una explicación sobre bases de datos, la cabecita de Lucía aparecía de repente frente a la cámara.
—¡Hola, señores de la tele! —gritaba ella, agitando la mano con entusiasmo—. ¡Padrino, ponme mis dibujitos! ¡Ponme los de los gatitos que bailan!
Los compañeros de Alberto, al otro lado de la conexión, no podían evitar reírse al ver a la niña de ojos verdes y al hombre calvo tratando de mantener la compostura. Alberto, con la paciencia de un santo, aplicaba su truco de magia favorito: el truco de los dos mundos. Usando sus dos monitores, en el de la izquierda seguía trabajando y hablando con sus colegas, mientras que en el de la derecha, le ponía a Lucía sus dibujos animados favoritos.
Así, el despacho se convertía en un lugar compartido. De un lado, había gráficos y finanzas; del otro, gatitos cantando y bosques encantados. Lucía se quedaba hipnotizada, moviendo sus pies al ritmo de la música, mientras Alberto, con una mano en el ratón y la otra a veces acariciando la cabeza de su ahijada, seguía con sus labores.

Cuando el trabajo se ponía muy pesado, Alberto sabía que era hora de un descanso. —¡Hora de la merienda de programadores! —anunciaba con voz solemne.
Se iban juntos a la cocina. Alberto, a pesar de ser un hombre de números, era un excelente cocinero de meriendas. Cortaba frutas en formas divertidas, hacía sándwiches con caras de animales o preparaba una leche con chocolate que tenía la espuma perfecta. Lucía hablaba y hablaba, contándole historias sobre sus juguetes, mientras Alberto la escuchaba como si ella fuera la persona más sabia del planeta.
—Padrino, cuando sea grande, quiero tener una computadora con mil pantallas para ver todos los dibujos del mundo —decía Lucía con la boca llena de manzana.
—Y yo estaré ahí para ayudarte a conectarlas todas, pequeña —respondía él, dándole un beso en la frente.
Al final del día, cuando Lucía se marchaba, la casa de Alberto volvía a quedar en silencio. Él regresaba a su escritorio, miraba las marcas de los deditos de Lucía en su pantalla y la fila de 'jjjjjjjjjjjj' en su documento. Suspiraba con felicidad. Aunque su trabajo era crear programas para computadoras, sabía que el mejor programa que había instalado en su vida era el amor de su sobrina, un código que no necesitaba pantallas para brillar.
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