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Había una vez, en el pequeño pueblo de Villa Escondida, rodeado de montañas altísimas que parecían gigantes dormidos, una casa vieja y abandonada. La gente del pueblo la llamaba "La Casa Susurrante", y todos la evitaban como si tuviera una enfermedad contagiosa. Los abuelos contaban historias escalofriantes de un niño que había vivido allí hacía muchos, muchos años. Decían que una noche, sin dejar rastro, ¡puf!, simplemente desapareció. Nadie supo nunca qué le había pasado, y la casa quedó vacía, llena de polvo y secretos.
Un día de verano, cuando el sol brillaba con fuerza y los pájaros cantaban melodías alegres, un grupo de amigos, encabezados por la valiente Sofía y el curioso Mateo, decidieron que ya era hora de desentrañar el misterio de La Casa Susurrante. Estaban hartos de los rumores y las leyendas. Querían saber la verdad. "¡Vamos!", exclamó Sofía, con los ojos brillantes de aventura. "¡Demostremos que no tenemos miedo!".
Así que, armándose de valor (y de unas cuantas linternas potentes), se acercaron a la casa. La puerta principal estaba entreabierta, como invitándolos a entrar. El aire se volvió frío y pesado al cruzar el umbral. El vestíbulo era oscuro y polvoriento. Las paredes crujían como si estuvieran contando historias antiguas, y un viento extraño soplaba a través de las ventanas rotas, silbando melodías tristes.
Con el corazón latiendo a mil por hora, los amigos avanzaron. Llegaron a una vieja habitación que parecía haber sido un cuarto de juegos. ¡Oh, la la! Juguetes rotos y desgastados estaban dispersos por el suelo: un caballito de madera sin una pata, una muñeca con un ojo perdido, un tren de hojalata oxidado. Parecía como si alguien hubiera estado jugando allí… ¡recientemente! Un escalofrío recorrió la espalda de Mateo.
De repente, una risita suave, casi imperceptible, se escuchó desde el pasillo. Era una risita infantil, dulce pero… ¡inquietante! Los amigos se miraron entre sí, confundidos y un poco asustados. ¿Había alguien más en la casa? Pensaron que quizás era una broma de alguno de ellos, pero la risa siguió, cada vez más cerca, como si se acercara lentamente.
Lucas, el más valiente (o quizás el más curioso), decidió investigar. Con la linterna en mano, caminó lentamente hacia el sonido. El pasillo era oscuro y estrecho, y las sombras jugaban trucos con sus ojos. Al asomarse a la siguiente habitación, vio algo que lo dejó helado. Allí, sentado frente a una ventana rota que dejaba entrar la luz de la luna, estaba una figura pequeña. Era un niño, vestido con ropa antigua, pantalones cortos y una camisa de cuello alto, como los que usaban los niños hace muchísimos años.
El niño miró a Lucas. Sus ojos eran grandes y vacíos, como dos pozos profundos. Su rostro era pálido y triste. Lentamente, abrió la boca y susurró con una voz suave y débil: "¿Quieren jugar conmigo?".
Antes de que Lucas pudiera responder, o siquiera parpadear, el niño… ¡desapareció! Se desvaneció entre las sombras, como si nunca hubiera estado allí. Solo quedó el eco de su risita en el aire.
Lucas retrocedió, tropezando con sus propios pies. Corrió de vuelta con sus amigos, gritando: "¡Lo vi! ¡Vi al niño! ¡Está aquí!".
Asustados, temblando de miedo, los amigos corrieron fuera de la casa tan rápido como pudieron. No se detuvieron hasta que llegaron a la plaza del pueblo, donde la luz de las farolas les devolvió un poco de calma.
Desde ese día, nadie, ni siquiera los más valientes, se atrevió a acercarse a La Casa Susurrante. La casa volvió a quedar en silencio, envuelta en su misterio. Pero cada noche, al caer el sol y cuando el pueblo entero se sumía en la oscuridad, si alguien escuchaba con atención, muy, muy atentamente, aún podía oír una suave risa proveniente de la casa abandonada. Una risa triste y solitaria, que susurraba: "¿Quieren jugar conmigo?". Y así, el misterio de La Casa Susurrante continuó, para siempre.
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