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Gratis · elige una vozDon Ricardo llegó con su maleta, silbando una melodía alegre. ¡Por fin, su nuevo hogar! Pero al abrir la puerta, el silbido se le atascó en la garganta. El apartamento estaba completamente vacío. Ni una silla, ni una mesa, ¡nada! Era un espacio blanco, inmenso y resonante.
Pero lo más extraño eran las puertas. ¡Había puertas por todas partes! Algunas, abiertas de par en par, revelaban pasillos oscuros que parecían no tener fin. Otras, estaban cerradas, pintadas de colores chillones y extraños: un verde lima ácido, un naranja furioso, un violeta profundo como la noche. Lo peor de todo, había puertas que… ¡no llevaban a ningún lado! Simplemente estaban pegadas a la pared, como si alguien las hubiera olvidado allí.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Don Ricardo. El aire se sentía pesado, como si algo invisible lo observara. Intentó sacudirse la sensación. “Bah, es solo un apartamento viejo”, se dijo. “Seguro que tiene sus peculiaridades”.
Se acercó a una de las puertas abiertas, la que daba a un pasillo más oscuro. La curiosidad pudo más que el miedo. Con cautela, se adentró en la oscuridad. El pasillo era largo y estrecho, con paredes cubiertas de polvo y telarañas. A cada paso, el silencio se hacía más profundo, interrumpido solo por el eco de sus propios zapatos.
De repente, escuchó un susurro. Un sonido suave, como el murmullo del viento. Se detuvo, conteniendo la respiración. ¿Había sido su imaginación? Volvió a caminar, y el susurro regresó, esta vez más claro. “¡Ayuda…!”
Don Ricardo sintió un vuelco en el corazón. ¿Alguien necesitaba ayuda? Siguió el sonido, que lo guió hasta una puerta al final del pasillo. Era una puerta pequeña, casi escondida, pintada de un azul celeste desteñido. La abrió y se encontró en una habitación llena de juguetes viejos: un caballito de madera sin una pata, una muñeca con el rostro borrado, un tren de hojalata oxidado.
Y en el centro de la habitación, sentado en el suelo, estaba un niño fantasma. Era transparente y triste, con ojos grandes y melancólicos.
“¿Quién eres?”, preguntó Don Ricardo, con la voz temblorosa.
“Soy Martín”, respondió el niño fantasma. “Este era mi cuarto. Pero me perdí y no puedo encontrar la salida”.
Don Ricardo entendió entonces el misterio del apartamento. Las puertas que no llevaban a ningún lado eran recuerdos, fragmentos del pasado atrapados en las paredes. Y Martín, el niño fantasma, era el guardián de esos recuerdos.
“Te ayudaré a encontrar la salida”, prometió Don Ricardo.
Juntos, recorrieron el laberinto de pasillos y puertas. Don Ricardo le contó historias a Martín, historias de su infancia, de sus aventuras, de sus sueños. Y a medida que hablaba, las puertas cerradas comenzaron a abrirse, revelando nuevas habitaciones, nuevos recuerdos.
Encontraron una cocina llena de ollas y sartenes brillantes, donde una abuela horneaba galletas de jengibre. Encontraron un jardín secreto, lleno de flores de colores y mariposas danzantes. Encontraron un ático polvoriento, lleno de libros antiguos y mapas misteriosos.
Cada habitación, cada recuerdo, hacía a Martín un poco más sólido, un poco más feliz. Hasta que, finalmente, llegaron a la puerta principal del apartamento. La puerta que Don Ricardo había abierto al llegar.
Martín respiró hondo. “Creo que estoy listo”, dijo.
Don Ricardo abrió la puerta y Martín, con una sonrisa radiante, salió corriendo al mundo exterior. Al instante, el apartamento vacío se llenó de luz y color. Las puertas extrañas desaparecieron, dejando solo paredes lisas y blancas.
Don Ricardo sonrió. Ya no sentía miedo ni inquietud. Había ayudado a Martín a encontrar la salida y, al hacerlo, había encontrado su propio hogar.
Al día siguiente, Don Ricardo amuebló el apartamento con alegría. Compró una silla cómoda, una mesa robusta y una lámpara brillante. Y en la pared, colgó un cuadro de un niño jugando en un jardín lleno de flores. Un recordatorio del misterio del apartamento sin fin y de la amistad inesperada que había encontrado entre sus paredes.
Ahora, cada vez que Don Ricardo silbaba su melodía alegre, podía jurar que escuchaba un eco, un susurro suave, una risa feliz, que venía de algún lugar entre las paredes. Era Martín, jugando en el jardín de los recuerdos, libre al fin.
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