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Gratis · elegí una voz“¡MAMÁ!” gritó Sofía desde el jardín. Era un día soleado y brillante, perfecto para jugar. Su hermano, Tomás, estaba construyendo un castillo de arena gigante.
“¿Qué pasa, mi amor?” respondió Mamá desde la cocina, con las manos llenas de harina. Estaba horneando galletas de chocolate, el olor llenaba toda la casa.
Sofía corrió hacia la cocina, con el pelo suelto y los ojos brillantes de emoción. “Hoy es… ¿qué día es hoy?” preguntó Sofía, con una arruga en la frente.
Tomás entró detrás de ella, dejando un rastro de arena en el suelo. “¡Sí, Mamá! ¿Qué día es hoy?” preguntó él también, intrigado.
Mamá se rio. “¡Qué pregunta más rara! Hoy es… ¡martes!” dijo ella, sonriendo. “¿Por qué preguntan?”
Sofía y Tomás se miraron con preocupación. “¡No!” dijo Sofía. “¡No es martes! ¡Ayer fue martes! ¡Hoy es… es…!”
Tomás asintió con la cabeza. “¡Sí! ¡Hoy es un día perdido! ¡No sabemos qué día es!”
Mamá soltó una carcajada. “¡No sean tontos! No se puede perder un día. Hoy es martes, y punto.”
Pero Sofía y Tomás estaban convencidos de que algo extraño estaba pasando. ¡Tenían la sensación de que un día entero se había esfumado!
“¡Yo tengo una idea!” dijo Sofía de repente. “¡Preguntémosle a la abuela! Ella siempre sabe todo.”
Así que los dos hermanos corrieron a casa de la abuela, que vivía al final de la calle. La abuela estaba sentada en su mecedora, leyendo un libro con un gato dormido en su regazo.
“¡Abuela! ¡Abuela!” gritó Tomás, entrando corriendo en la casa. “¡Hemos perdido un día!”
La abuela levantó la vista por encima de sus gafas y sonrió. “¿Perdido un día? ¡Qué tontería! ¿Qué quieres decir?”
Sofía explicó la situación. “Ayer era martes, y hoy… ¡no sabemos qué día es! ¡Sentimos que un día ha desaparecido!”
La abuela se rio entre dientes. “¡Ah, ya veo! ¡Están preocupados por el día perdido!”
“¿Tú tienes una idea de lo que ha pasado, abuela?” preguntó Tomás, con los ojos llenos de esperanza.
La abuela pensó por un momento, acariciando al gato que dormía. “Mmm… ¡Quizás el día se fue de vacaciones!” dijo ella, con una sonrisa traviesa.
Sofía y Tomás se miraron, sorprendidos. “¿De vacaciones?” preguntaron al mismo tiempo.
“¡Sí! ¡Quizás el día martes estaba cansado de ser martes y decidió tomarse un día libre! ¡Se fue a la playa a tomar el sol o a la montaña a esquiar!” explicó la abuela, guiñando un ojo.
Tomás se rio. “¡Qué divertido! ¡Un día de vacaciones!”
Sofía, sin embargo, seguía preocupada. “Pero… ¿qué día es hoy entonces?” preguntó ella.
La abuela se levantó de su mecedora y los llevó al jardín. “Miren a su alrededor,” dijo ella. “¿Qué ven?”
Sofía y Tomás miraron a su alrededor. Vieron las flores floreciendo, los pájaros cantando y el sol brillando.
“Veo flores,” dijo Sofía. “Veo pájaros. Veo el sol.”
“Y… ¿qué te dice eso?” preguntó la abuela.
Tomás pensó por un momento. “Me dice que es un día bonito,” dijo él.
“¡Exacto!” dijo la abuela. “¡No importa qué día del calendario sea! ¡Lo importante es que es un día para ser feliz y disfrutar!”
Sofía y Tomás sonrieron. La abuela tenía razón. No importaba si sabían o no qué día era. Lo importante era disfrutar del día que tenían frente a ellos.
“¡Voy a seguir construyendo mi castillo de arena!” dijo Tomás, corriendo de vuelta a casa.
“¡Y yo voy a ayudar a Mamá a hornear galletas!” dijo Sofía, siguiendo a su hermano.
Antes de irse, Sofía volvió a mirar a la abuela. “Abuela, ¿tú no tienes miedo de haber perdido un día?” preguntó ella.
La abuela sonrió. “No, mi amor. Yo no tengo miedo. Porque yo sé que cada día es un regalo, ¡y hay que disfrutarlo al máximo!”
Sofía sonrió y corrió tras su hermano. Aunque todavía no sabían qué día era, sabían que era un día perfecto para jugar, reír y disfrutar de la compañía de su familia.
Y así, Sofía y Tomás aprendieron que lo más importante no es saber qué día es, sino vivir cada día con alegría y gratitud. El misterio del día perdido nunca se resolvió por completo, pero al final, ¡no importó en absoluto!
Al llegar a casa, Mamá les esperaba con un plato lleno de galletas de chocolate recién horneadas. “¡Miren! ¡Ya tengo las galletas!” exclamó Mamá.
Sofía y Tomás se lanzaron sobre el plato, tomando cada uno una galleta. “¡Gracias, Mamá!” dijeron al unísono.
Mientras comían las galletas, Sofía le preguntó a Mamá: “Mamá, ¿crees que el día martes se fue de vacaciones?”
Mamá se rio. “¡Qué ocurrencias tienes, Sofía! Pero si eso te hace feliz, entonces sí, ¡creo que el día martes se fue de vacaciones!”
Tomás asintió con la cabeza. “¡Y se lo está pasando muy bien!” dijo él.
Y así, con el sol brillando, el olor a galletas de chocolate en el aire y la alegría en sus corazones, Sofía y Tomás disfrutaron de su día perdido, ¡o mejor dicho, de su día encontrado!
Desde ese día, cada vez que sentían que un día era aburrido o rutinario, recordaban la historia del día perdido y se esforzaban por encontrar algo especial y divertido en cada momento. Porque, al final, cada día es una aventura, ¡solo hay que saber buscarla!
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