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Alexandra bostezaba, un bostezo grandísimo que parecía querer tragarse toda la habitación. Tenía mucho, mucho sueño. Sus ojitos querían cerrarse como dos cortinas al final de una obra de teatro. Soñaba con el momento de meterse en la cama, bajo su toldillo azul, un toldillo lleno de estrellas brillantes que parecían pequeñas luciérnagas atrapadas en la tela. Pero… ¡ay! Algo no estaba bien. Algo la mantenía despierta, muy despierta.
Sentía un dolor extraño en la espalda, justo en la parte de la cintura. Era un dolor raro, punzante, como si alguien le estuviera dando pequeños pellizcos con una pinza invisible. ¡Y dolía mucho! Alexandra estaba muy estresada. Había tenido un día largo jugando con sus amigos en el parque, corriendo tras las mariposas amarillas y construyendo castillos de arena gigantes. Estaba cansada, muy cansada, y solo quería dormir.
Pero ese dolor… ella sabía que no era un dolor normal. No era el dolor de haber corrido demasiado, ni el dolor de haberse caído jugando. Era un dolor diferente, un dolor que la asustaba un poquito. Intentó acostarse en el suelo, con la esperanza de que el frío del piso la aliviara, pero nada. El dolor seguía ahí, como un pequeño duendecillo travieso que le hacía cosquillas dolorosas en la espalda.
Sus ojitos, que antes suplicaban por la almohada, ahora estaban bien abiertos, observando el techo. Ya no sentía tanto sueño. La almohadita, suave y esponjosa, parecía lejana, como un sueño imposible. Y entonces, como siempre que algo no salía como ella quería, Alexandra empezó a llorar. Unas lágrimas grandes, redondas y brillantes empezaron a rodar por sus mejillas.
"¡Mami! ¡Me duele la espalda! ¡Quiero dormir!" gritó, con la voz entrecortada por el llanto.
Su mamá, que estaba preparando la cena en la cocina, corrió preocupada al oírla. "¿Qué pasa, mi amor? ¿Dónde te duele?"
Alexandra, entre hipidos, señaló su espalda. Su mamá la ayudó a sentarse y con mucho cuidado le levantó la camiseta. "A ver, mi princesa…".
La mamá de Alexandra miró y miró, pero no vio nada raro. La piel de Alexandra estaba lisa y suave, sin moretones ni marcas. "No veo nada, mi amor. ¿Estás segura de que te duele aquí?"
Alexandra asintió con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. "Sí, mami. Me duele mucho. Como si me estuvieran pinchando con agujas".
La mamá de Alexandra pensó un momento. Sabía que a veces los niños inventaban dolores para llamar la atención, pero conocía a su hija y sabía que no estaba mintiendo. "A ver, vamos a ponerte un poquito de crema para el dolor y te voy a dar un masajito, ¿sí?"
Alexandra asintió, aliviada. Su mamá le puso una crema fresquita en la espalda y empezó a masajearla suavemente. Sus manos eran mágicas, pensó Alexandra. Poco a poco, el dolor fue disminuyendo. El masajito era tan agradable que Alexandra empezó a sentirse relajada y somnolienta.
"¿Mejor?" preguntó su mamá.
Alexandra sonrió. "Sí, mami. Mucho mejor".
"A lo mejor te has puesto en una mala postura jugando hoy en el parque", dijo su mamá. "Vamos, te voy a leer un cuento y después te acuestas en tu toldillo".
Alexandra se acurrucó junto a su mamá en el sofá y escuchó atentamente el cuento de la princesa que vivía en una nube de algodón. El cuento era tan relajante que pronto empezó a bostezar de nuevo. Esta vez, los bostezos eran de sueño, de verdad.
Después del cuento, su mamá la llevó a la cama, la arropó bien y le dio un beso en la frente. "Que duermas bien, mi amor. Si te duele algo más, me llamas, ¿vale?"
Alexandra asintió, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño. El dolor había desaparecido por completo. Se sintió segura y protegida bajo su toldillo de estrellas. Soñó con mariposas amarillas, castillos de arena gigantes y las manos mágicas de su mamá.
A la mañana siguiente, Alexandra se despertó fresca como una lechuga. Ya no sentía ningún dolor. Se levantó de la cama, corrió a la cocina y abrazó a su mamá. "¡Gracias, mami! Ya no me duele nada".
Su mamá le sonrió. "Me alegro mucho, mi amor. A veces, los dolores vienen y se van como las nubes en el cielo".
Alexandra desayunó un tazón de cereales con leche y salió corriendo a jugar al parque. El misterio del dolor de espalda había desaparecido tan rápido como había llegado, dejando solo un recuerdo lejano. Y Alexandra, feliz y contenta, volvió a disfrutar de un día lleno de aventuras.
Pero, ¿de dónde vino realmente ese dolor? Nadie lo supo. Tal vez fue un duendecillo travieso, tal vez una mala postura, o tal vez… ¡un pequeño misterio para recordar!
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