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Gratis · elegí una vozSofía, una niña con coletas castañas y ojos brillantes como dos canicas, se despertó una mañana con un pequeño gruñido. No era un gruñido de mal humor, sino uno de molestia. Algo le pinchaba la oreja izquierda.
"¡Mamá! ¡Me duele la oreja!" exclamó Sofía, sentándose en la cama y frotándose la oreja con la manita.
Su mamá, una mujer con el pelo recogido en un moño y una sonrisa cálida, se acercó rápidamente. "A ver, mi amor," dijo, inclinándose para examinar la oreja de Sofía. "Uy, sí, parece un poquito roja. ¿Te duele mucho?"
"¡Como si tuviera un duende bailando dentro!" respondió Sofía, haciendo una mueca.
La mamá de Sofía le tocó la frente. "No parece que tengas fiebre. Vamos a desayunar y luego vemos si mejora. Tal vez sea solo un poquito de agua que se quedó atrapada después del baño de ayer."
Sofía se comió su tostada con miel sin mucho entusiasmo. El "duende bailarín" en su oreja no paraba de molestarla. Después del desayuno, su mamá intentó ponerle unas gotitas tibias en la oreja, pero Sofía gritó: "¡No! ¡No quiero! ¡Me da miedo!"
"Tranquila, mi amor," dijo su mamá, abrazándola. "No te voy a obligar. Pero si no mejora, tendremos que ir al doctor."
La idea de ir al doctor no le gustaba nada a Sofía. Ella prefería jugar en el jardín con su gato, Michi, o dibujar con sus crayones de colores. Pero el dolor de oído no la dejaba en paz. Intentó ver la televisión, pero el sonido le molestaba. Intentó leer un libro, pero no podía concentrarse. Incluso Michi, que normalmente se acurrucaba en su falda, parecía notar que algo no andaba bien y se limitaba a observarla con sus grandes ojos amarillos.
"¡Esto es horrible!" exclamó Sofía, con lágrimas en los ojos. "¡No quiero que me duela más!"
Su abuela, que había venido a visitarlos, la escuchó y se acercó. La abuela de Sofía era una mujer sabia y cariñosa, con el pelo blanco como la nieve y arrugas que parecían contar mil historias.
"¿Qué te pasa, mi niña?" preguntó la abuela, sentándose a su lado y tomándole la mano.
Sofía le contó sobre el "duende bailarín" en su oreja y sobre el miedo que le daba ir al doctor.
La abuela sonrió. "A veces, los duendes bailarines son solo pequeñas bacterias que se sienten solas y necesitan ayuda para irse," dijo. "Y los doctores son como magos que saben cómo deshacerse de ellos."
"¿De verdad?" preguntó Sofía, con los ojos brillantes.
"¡Claro que sí!" respondió la abuela. "Pero antes de llamar al mago, ¿por qué no probamos un truco de la abuela?"
La abuela fue a la cocina y regresó con una cebolla. "Este es un truco antiguo," dijo. "Cortaremos un trocito de cebolla y lo calentaremos un poquito en el microondas. Luego, lo pondremos en un trapito y lo aplicaremos en tu oreja. El calor y los vapores de la cebolla ayudarán a que el duende bailarín se calme."
Sofía, aunque un poco escéptica, aceptó probar el truco de la abuela. El trapito con la cebolla caliente olía un poco fuerte, pero el calor era agradable. Cerró los ojos y se imaginó al duende bailarín asustado por el olor de la cebolla y huyendo de su oreja.
Después de un rato, la abuela retiró el trapito. "¿Cómo te sientes ahora?" preguntó.
Sofía abrió los ojos y sonrió. "¡Creo que el duende se fue! ¡Ya no me duele tanto!"
La mamá de Sofía, sorprendida, le examinó la oreja. "¡Es verdad! Parece que está menos roja. ¡Qué truco tan bueno, abuela!"
Aunque el dolor no desapareció por completo, mejoró mucho. Sofía pudo jugar un poco en el jardín con Michi y dibujar un arcoíris gigante. Por la noche, antes de dormir, su mamá le puso unas gotitas en la oreja, esta vez sin resistencia, y le prometió que si no mejoraba del todo, irían al doctor al día siguiente.
A la mañana siguiente, Sofía se despertó sin ningún dolor. El duende bailarín se había ido para siempre. Corrió a abrazar a su abuela y le dio las gracias por su truco mágico.
"No siempre funciona," dijo la abuela, guiñándole un ojo. "Pero a veces, los remedios de la abuela son la mejor medicina."
Sofía aprendió ese día que a veces, incluso los dolores más molestos tienen una solución, y que el amor y el cuidado de la familia son la mejor cura de todas.
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