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Estaba paralizado, con mucho miedo, y no me podía mover. En frente de mí, estaba una criatura espeluznante. Tenía ojos grandes y brillantes, como dos faroles en la oscuridad, y una boca enorme llena de... ¿dientes? No, ¡eran gomitas de colores! Su cuerpo era una mezcla extraña de peluche y plastilina, y de su cabeza salían antenas que chispeaban con lucecitas.
Me llamo Sofía, y tengo ocho años. Estaba explorando el bosque detrás de mi casa, un lugar que normalmente me encantaba. Pero esta vez, algo era diferente. El aire estaba más denso, y las sombras parecían moverse por sí solas. Había seguido un sendero que nunca antes había visto, uno lleno de flores que brillaban con una luz tenue. Y al final del sendero... ¡estaba él! El monstruo sonriente.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Quería gritar, correr, esconderme... pero mis piernas no respondían. Estaba atrapada, frente a la criatura más rara y aterradora (y extrañamente dulce) que jamás había visto.
De repente, el monstruo habló. Su voz era como un suave zumbido de abejas. "¡Hola! ¿Quieres un caramelo?", dijo, extendiendo una mano hecha de plastilina. En su palma, reposaba una gomita gigante con forma de corazón.
Estaba tan sorprendida que logré articular una palabra. "¿Caramelo?"
"¡Sí! Son mis favoritos. Los hago yo mismo", respondió el monstruo, con una sonrisa aún más grande. Parecía genuinamente feliz de ofrecerme un caramelo.
Me armé de valor. Tal vez no era tan aterrador después de todo. Quizás solo era… peculiar. Lentamente, extendí mi mano y tomé la gomita. Era suave y pegajosa, y olía a fresas.
"Gracias", murmuré.
"¡De nada! Me llamo Risitas", dijo el monstruo. "¿Y tú?"
"Sofía", respondí.
"¡Encantado de conocerte, Sofía! ¿Quieres ver mi casa? Está llena de caramelos y juguetes brillantes", dijo Risitas, agitando sus antenas con entusiasmo.
Aunque todavía sentía un poco de miedo, la curiosidad me venció. "Está bien", dije.
Risitas me llevó a una cueva escondida detrás de una cascada. Dentro, la cueva brillaba con luces de colores. Había montones de caramelos, juguetes de peluche, y libros con portadas brillantes. Era como un paraíso de dulces y diversión.
"¡Bienvenida a mi humilde morada!", exclamó Risitas, extendiendo sus brazos.
Pasé la tarde jugando con Risitas. Descubrí que no era un monstruo aterrador, sino un amigo solitario que amaba los dulces y los juguetes. Jugamos a las escondidas entre los montones de caramelos, leímos cuentos de hadas a los peluches, e incluso construimos una torre gigante con gomitas.
Antes de darme cuenta, el sol empezaba a ponerse. Era hora de volver a casa. Me despedí de Risitas con un abrazo. "Gracias por la tarde más divertida de mi vida", le dije.
"¡Vuelve cuando quieras, Sofía! Siempre hay caramelos y juegos para compartir", respondió Risitas, con una sonrisa brillante.
Regresé a casa corriendo, con el corazón lleno de alegría. Le conté a mis padres sobre mi nueva amiga, Risitas, el monstruo sonriente del bosque. Al principio, no me creyeron, pero cuando les mostré la gomita gigante que Risitas me había regalado, se quedaron boquiabiertos.
Desde ese día, visité a Risitas todos los días después de la escuela. Aprendí que las apariencias pueden engañar, y que a veces, los monstruos más espeluznantes pueden ser los amigos más dulces. Y también aprendí que los caramelos con forma de corazón saben mucho mejor cuando se comparten con un amigo.
Un día, mientras jugábamos con bloques de construcción hechos de malvaviscos, Risitas me contó que se sentía muy solo antes de conocerme. No tenía a nadie con quien jugar ni con quien compartir sus dulces. Se había escondido en el bosque porque pensaba que todos le tendrían miedo.
"Pero tú no me tienes miedo, Sofía", dijo Risitas, mirándome con sus grandes ojos brillantes.
"Claro que no, Risitas", le respondí. "Eres mi mejor amigo".
Decidí que Risitas necesitaba conocer a otros niños. Así que, al día siguiente, invité a algunos de mis amigos a acompañarme al bosque. Al principio, estaban un poco asustados, pero cuando vieron a Risitas y su cueva llena de caramelos y juguetes, se emocionaron mucho.
Risitas se hizo amigo de todos mis amigos. Jugábamos juntos en el bosque, compartíamos caramelos, y nos reíamos hasta que nos dolía la barriga. Risitas ya no estaba solo. Tenía una familia de amigos que lo querían por quien era, un monstruo sonriente con un corazón de oro (y una debilidad por las gomitas).
Y así, el bosque detrás de mi casa se convirtió en un lugar mágico, lleno de risas, amistad, y, por supuesto, muchos, muchos caramelos. Y todo gracias a un monstruo espeluznante, pero increíblemente dulce, llamado Risitas.
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