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Gratis · elegí una vozMateo era un niño como cualquier otro. Le encantaba jugar al fútbol, construir castillos de arena y comer helado de fresa. Un día, el sol brillaba con una intensidad inusual. Era un sol radiante, casi burlón, que parecía sonreír desde el cielo. Mateo salió a jugar al parque, lleno de energía. Se columpiaba tan alto que casi tocaba las nubes, corría tras las mariposas y reía a carcajadas.
De repente, sintió un escalofrío. No era un frío desagradable, sino una sensación extraña, como si algo se deslizara dentro de él. Miró al sol, que parecía aún más brillante, y una voz, no la suya, resonó en su cabeza. "¡Juguemos!", decía la voz, con un tono agudo y vibrante. Mateo se sintió confundido. No entendía qué estaba pasando. Intentó gritar, pero de su boca solo salieron risitas extrañas y una mirada que no era la suya.
Ese día, Mateo no era Mateo. Era algo más. Comenzó a hacer cosas que nunca haría normalmente. Le quitó la pelota a un niño pequeño y se la tiró lejos, rompió las flores del jardín y pintó con barro las paredes del parque. Los otros niños lo miraban con miedo y confusión. "¡Mateo, no hagas eso!", le gritaban. Pero Mateo, o lo que fuera que ocupaba su cuerpo, solo se reía y seguía haciendo travesuras.
La abuela de Mateo, Doña Elena, una mujer sabia y observadora, notó el cambio en el niño. Ella conocía las leyendas del pueblo, historias antiguas sobre espíritus del sol que a veces buscaban cuerpos para experimentar el mundo. Doña Elena entendió que el sol sonriente de ese día no era un sol cualquiera. Era algo más, algo que se había apoderado de su nieto.
Doña Elena corrió al parque, llevando consigo un collar de piedras de río y una ramita de romero. Cuando llegó, vio a Mateo corriendo como un loco, persiguiendo a una paloma. "¡Mateo, hijo!", gritó Doña Elena. Mateo se detuvo y la miró con ojos extraños, llenos de una luz brillante e inquietante. "No soy Mateo", dijo con una voz que no era la suya, "Soy el Sol, ¡y es muy divertido estar aquí!"
Doña Elena no se asustó. Sabía que tenía que ser valiente y encontrar una manera de liberar a su nieto. Se acercó a Mateo con cuidado y le mostró el collar de piedras de río. "Este collar está lleno de la energía de la tierra", dijo con voz firme. "La tierra es fuerte y te ayudará a encontrar tu camino de regreso".
Luego, agitó la ramita de romero frente a Mateo, recitando una antigua oración en voz baja. El aroma del romero llenó el aire, y la luz brillante en los ojos de Mateo comenzó a parpadear. El sol, o lo que fuera, parecía incómodo. "¡No me gusta esto!", gritó con la voz de Mateo, pero con un tono mucho más agudo. "¡Déjenme en paz!"
Doña Elena siguió recitando la oración, con más fuerza y convicción. El collar de piedras de río brillaba con una luz suave, y el aroma del romero se hizo aún más intenso. De repente, Mateo gritó y se desplomó en el suelo. Doña Elena lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo el cuerpo del niño temblaba.
Poco a poco, Mateo abrió los ojos. Estaba confundido y asustado. "¿Abuela? ¿Qué pasó?", preguntó con su voz normal. "Estabas jugando, cariño", respondió Doña Elena, sonriendo aliviada. "Pero te cansaste mucho y te desmayaste". Mateo no recordaba nada de lo que había pasado, pero se sentía extraño, como si hubiera estado en un sueño muy raro.
Doña Elena llevó a Mateo a casa y le preparó un chocolate caliente con galletas. Le contó una historia sobre un niño que se perdió en el bosque y encontró el camino de regreso gracias a la ayuda de los animales. Mateo escuchó atentamente, sintiéndose seguro y amado.
Desde ese día, Mateo tuvo más cuidado con el sol. Aprendió que el sol es hermoso y poderoso, pero que también puede ser peligroso. Y Doña Elena siempre llevaba consigo su collar de piedras de río y su ramita de romero, lista para proteger a su nieto de cualquier espíritu travieso que pudiera acechar en un día soleado. Y aunque nunca más volvió a pasar nada parecido, Mateo siempre recordaría el día en que el sol sonrió de una manera extraña, y el día en que aprendió el verdadero significado de la palabra "protección". Además, cada vez que veía un sol muy brillante, recordaba la historia de la abuela y la sonrisa se borraba de su rostro.
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