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Gratis · elige una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, dos hermanos llamados Tomás y Sofía. Tomás era un poco mayor, con el pelo castaño despeinado y una sonrisa traviesa. Sofía, por su parte, tenía el pelo negro como la noche y ojos grandes y brillantes. Se querían mucho, sí, pero también ¡cómo peleaban! Por el último trozo de pastel, por el mejor juguete, por el lado de la ventana en el coche… ¡todo era motivo de discusión!
Un día, mientras jugaban en el bosque cerca de su casa, la discusión llegó a su punto máximo. Tomás le había quitado la varita mágica de Sofía, un simple palo que ella había adornado con hojas y flores. Sofía, furiosa, intentó arrebatársela. Empujones, gritos, lágrimas… el bosque retumbaba con su pelea.
De repente, un ruido extraño interrumpió su disputa. Un crujido de ramas, un resoplido pesado… y entonces, ¡apareció el Monstruo Come-Peleas! Era una criatura enorme, con la piel cubierta de musgo y ramas, ojos amarillos que brillaban en la penumbra y una boca enorme llena de dientes afilados. Pero lo más peculiar era su olor: olía a rancio, a polvo y, extrañamente, ¡a calcetines sucios!
El Monstruo Come-Peleas no rugió ni gruñó. Simplemente abrió su enorme boca y, con una voz grave y resonante, dijo: “¡Me encantan las peleas! ¡Son mi comida favorita!”. Y antes de que Tomás y Sofía pudieran reaccionar, ¡los atrapó con sus largas y pegajosas manos de rama y los metió en su boca!
Pero no los tragó. No, no. En su lugar, los depositó en una especie de saco que tenía en su estómago. Era un lugar oscuro y húmedo, lleno de otras parejas de hermanos y amigos que también estaban peleando cuando el monstruo los capturó. Tomás y Sofía se encontraron rodeados de niños lloriqueando y discutiendo. El saco olía aún peor que el monstruo mismo.
“¡Esto es horrible!”, exclamó Sofía, tosiendo.
“¡Es culpa tuya!”, replicó Tomás, con el ceño fruncido. “Si no hubieras insistido tanto con la varita…”
“¡Tú me la quitaste!”, gritó Sofía.
Pero entonces, una niña pequeña, con el pelo rojo enmarañado y un vestido sucio, se acercó a ellos. “No sirve de nada pelear aquí”, dijo con voz temblorosa. “El Monstruo Come-Peleas se alimenta de nuestras discusiones. Cuanto más peleemos, más fuerte se hace y más tiempo estaremos atrapados aquí”.
Tomás y Sofía se miraron. Era cierto. Cada vez que discutían, el saco parecía hacerse más pequeño y el hedor se intensificaba. Empezaron a entender que su pelea no solo los afectaba a ellos, sino también a los demás niños atrapados.
Tomás respiró hondo. “Sofía, lo siento. No debí quitarte la varita”, dijo con sinceridad.
Sofía lo miró sorprendida. “Yo también lo siento, Tomás. No debí gritarte así”.
Se abrazaron, y en ese momento, algo extraño sucedió. El saco se hizo un poco más grande y el hedor disminuyó ligeramente. Los demás niños los miraban con esperanza.
“¿Qué podemos hacer?”, preguntó Tomás.
La niña pelirroja sonrió tímidamente. “Tenemos que dejar de pelear. Tenemos que encontrar algo en común, algo que nos guste a todos. Tenemos que… ¡cantar!”.
Al principio, los niños se mostraron reacios. Pero poco a poco, empezaron a cantar. Una canción tonta sobre un perro que perseguía una ardilla. Luego, otra sobre un barco que navegaba por el río. Y mientras cantaban, el saco se hacía más grande, la luz se filtraba a través de las paredes y el hedor desaparecía por completo.
Finalmente, el saco se abrió de golpe y los niños se encontraron de nuevo en el bosque. El Monstruo Come-Peleas estaba allí, pero se veía mucho más pequeño y débil. Ya no daba miedo. Parecía… triste.
Tomás se acercó al monstruo. “Ya no vamos a pelear”, dijo con firmeza. “Vamos a ser amigos”.
El Monstruo Come-Peleas lo miró con incredulidad. Luego, una lágrima, una lágrima de musgo y barro, rodó por su mejilla. “¿Amigos?”, preguntó con voz ronca.
Sofía asintió. “Sí, amigos. Podemos enseñarte a jugar, a cantar, a compartir… a no pelear”.
El Monstruo Come-Peleas sonrió, una sonrisa tímida y llena de esperanza. Y desde ese día, el Monstruo Come-Peleas dejó de comer peleas y se convirtió en el amigo de todos los niños del valle. Aprendió a jugar a las escondidas, a construir castillos de arena y, lo más importante, aprendió que la amistad es mucho más sabrosa que cualquier discusión.
Tomás y Sofía, por supuesto, siguieron teniendo sus diferencias. Pero ahora, antes de que la discusión escalara, recordaban el saco oscuro y el hedor nauseabundo. Recordaban al Monstruo Come-Peleas y su triste lágrima de musgo. Y entonces, respiraban hondo, se pedían perdón y encontraban una solución pacífica. Porque sabían que la amistad, al final, es el tesoro más valioso de todos.
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