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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un mundo no muy lejano, un niño llamado Tomás que amaba las computadoras más que a las galletas. Pasaba horas jugando videojuegos, dibujando con programas de diseño y explorando internet. Su computadora, una vieja pero confiable máquina llamada "Trueno", era su mejor amiga.
Una noche, mientras Tomás jugaba un juego de aventuras espaciales, notó algo extraño. El cursor, esa flechita blanca que siempre obedecía sus órdenes, ¡desapareció! Buscó por toda la pantalla, moviendo el ratón frenéticamente, pero nada. El cursor se había esfumado como un fantasma en la noche.
"¡Trueno, Trueno! ¿Dónde está el cursor?" preguntó Tomás a su computadora, como si esta pudiera responderle. La pantalla parpadeó ligeramente, como si estuviera respondiendo, pero nada más.
Tomás intentó reiniciar Trueno, pero el cursor seguía sin aparecer. Empezó a sentir un escalofrío. No era el frío de la noche, sino un frío que venía de adentro, un frío de miedo. Sin el cursor, no podía hacer nada. No podía jugar, no podía dibujar, no podía siquiera apagar la computadora correctamente.
De repente, un pequeño mensaje apareció en la pantalla, escrito en letras temblorosas y verdes: "Estoy hambriento…".
Tomás se quedó boquiabierto. ¿Una computadora hambrienta? Eso era ridículo. Pero el mensaje siguiente lo hizo temblar aún más: "Quiero… ¡PÍXELES!".
Tomás recordó una vieja leyenda urbana que había leído en internet. Decía que a veces, en las computadoras muy antiguas, podía aparecer un pequeño monstruo hecho de código, un monstruo que se alimentaba de los píxeles de la pantalla. ¿Sería eso lo que le estaba pasando a Trueno?
"¿Quién eres?" preguntó Tomás, tecleando con dificultad, adivinando dónde estaban las letras en el teclado.
"Soy… el Monstruo del Cursor Desaparecido," respondió el mensaje verde. "Y necesito comer. ¡Dame píxeles o me llevaré toda la pantalla!"
Tomás estaba aterrorizado. ¿Qué podía hacer? No tenía píxeles para darle al monstruo. Miró alrededor de su habitación, buscando desesperadamente una solución. Entonces, sus ojos se posaron en su caja de pinturas. ¡Pinturas! ¡Colores! ¡Píxeles… en la vida real!
Corrió hacia la caja y sacó todos los colores que pudo encontrar. Luego, con un pincel y un vaso de agua, comenzó a pintar frenéticamente sobre una hoja de papel. Pintó cuadrados pequeños, de todos los colores imaginables: rojo, azul, verde, amarillo, morado… ¡píxeles reales!
Cuando terminó, acercó el dibujo a la pantalla de Trueno. "Aquí tienes," dijo Tomás con voz temblorosa. "Píxeles. ¡Cómelos!"
El mensaje verde parpadeó. "¿Píxeles… reales?" preguntó el Monstruo del Cursor Desaparecido, con evidente sorpresa.
Tomás asintió. El monstruo pareció dudar por un momento, y luego, de repente, un pequeño brazo hecho de código salió de la pantalla y agarró uno de los píxeles de papel. Se lo metió en lo que parecía ser una boca pixelada y… ¡hizo un ruido de satisfacción!
"¡Más!" exigió el Monstruo del Cursor Desaparecido.
Tomás siguió pintando, sin parar, hasta que la hoja de papel estuvo completamente cubierta de píxeles. El monstruo los devoró uno por uno, con un ruido de masticación digital.
Finalmente, cuando el último píxel desapareció, el Monstruo del Cursor Desaparecido suspiró. "Estoy… lleno," dijo el mensaje verde. "Gracias, niño."
Y entonces, como por arte de magia, el cursor de Trueno reapareció en la pantalla. Tomás lo movió de un lado a otro, sintiendo un alivio inmenso. El monstruo, satisfecho, se había marchado.
"¿Te irás para siempre?" preguntó Tomás, tecleando rápidamente.
"Tal vez," respondió el mensaje verde, que ahora parecía mucho más amigable. "Pero si vuelvo a tener hambre… ¡ya sabes dónde encontrarme!"
El mensaje desapareció y Tomás apagó Trueno. Esa noche, soñó con píxeles de todos los colores y con un pequeño monstruo hambriento. Al día siguiente, siguió usando su computadora, pero ahora con un poco más de respeto. Sabía que incluso las máquinas más confiables podían guardar secretos… ¡y monstruos hambrientos!
Desde ese día, Tomás siempre tenía a mano una caja de pinturas y una hoja de papel. Por si acaso… el Monstruo del Cursor Desaparecido volvía a tener hambre.
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