Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblecito escondido entre montañas nevadas, un papá muy peculiar. Se llamaba Don Cabezón, pero, ¡oh, la ironía!, era famoso por ser el papá… sin cabeza. No es que literalmente no tuviera cabeza, claro. La tenía, ¡y bien grande!, pero siempre la perdía. No la perdía en el sentido literal de extraviarla, sino que se le olvidaba dónde la había puesto, o se distraía tanto que parecía que no la usaba.
Sus dos hijos, Sofía y Tomás, de ocho y seis años respectivamente, estaban acostumbrados a las excentricidades de su papá. A veces lo encontraban buscando su cabeza (figurativamente hablando, claro) en el refrigerador, o tratando de usar un zapato como sombrero. Era un caos adorable.
Una noche, la noche antes del gran festival del pueblo, Sofía y Tomás estaban preocupados. El festival era muy importante, y Don Cabezón había prometido construir la carroza más espectacular de todas. El tema de la carroza era "Monstruos Divertidos", y Don Cabezón había estado trabajando en un monstruo gigante con seis brazos y una nariz que hacía burbujas de jabón. Pero… ¡ay!, la carroza estaba incompleta. Faltaba… ¡la cabeza del monstruo!
"¡Papá, no encontramos la cabeza del monstruo!" exclamó Sofía, con los ojos llenos de preocupación.
Don Cabezón se rascó la cabeza (la que sí tenía, por suerte). "¡Ay, caramba! ¡La cabeza! ¡La cabeza! ¿Dónde la habré puesto? ¡He estado tan ocupado con los brazos burbujeantes que se me olvidó por completo!"
Tomás sugirió: "¿La buscamos en el jardín? Tal vez la dejaste ahí cuando estabas probando los motores de las burbujas".
Salieron al jardín, linternas en mano. La noche era oscura y silenciosa, solo interrumpida por el canto de los grillos. Buscaron debajo de los rosales, detrás del espantapájaros, e incluso dentro de la casita del perro, pero nada. La cabeza del monstruo no aparecía por ningún lado.
De repente, Sofía escuchó un ruido proveniente del granero. "¡Escuchad! ¿Qué es eso?"
Se acercaron al granero con cautela. La puerta estaba entreabierta, y una luz tenue escapaba por la rendija. Empujaron la puerta y… ¡sorpresa! En el centro del granero, iluminada por una bombilla que colgaba del techo, estaba… ¡la cabeza del monstruo! Pero no estaba sola. Un grupo de ratones la estaba usando como tobogán. Se deslizaban por la nariz burbujeante, soltando chillidos de alegría.
Sofía y Tomás no pudieron evitar reírse. Los ratones, al verlos, salieron corriendo, dejando la cabeza del monstruo libre.
"¡Mira, papá! ¡La encontramos! ¡Estaba en el granero, y los ratones la estaban usando como parque de atracciones!" dijo Tomás, todavía riendo.
Don Cabezón se acercó y examinó la cabeza del monstruo. "¡Vaya, vaya! ¡Parece que mis creaciones tienen más éxito del que pensaba! ¡Pero necesitamos limpiar esto un poco!"
Pasaron el resto de la noche limpiando la cabeza del monstruo y colocándola en la carroza. Al final, la carroza era aún más espectacular de lo que habían imaginado. Los seis brazos del monstruo se movían, la nariz hacía burbujas de jabón de colores, y la cabeza, aunque un poco usada por los ratones, lucía imponente.
Al día siguiente, en el festival, la carroza de Don Cabezón ganó el primer premio. Todos se rieron y se maravillaron con el monstruo divertido. Y Don Cabezón, aunque seguía siendo un poco despistado, se sintió muy orgulloso de sus hijos y de su creación. Aprendió que incluso los papás sin cabeza (figurativamente hablando, claro) pueden hacer cosas increíbles, especialmente con la ayuda de sus hijos. Y también aprendió a no dejar la cabeza de un monstruo gigante en el granero, ¡o los ratones se la robarán para jugar! Desde ese día, el festival se conoció como "La Noche de las Risas", en honor a la divertida aventura de encontrar la cabeza perdida del monstruo y la peculiaridad de Don Cabezón, el papá sin cabeza que siempre encontraba una manera de hacer reír a sus hijos y a todo el pueblo.
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