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En un rinconcito alegre de Medellín, hay un centro infantil donde el sol siempre entra primero por la ventana. Dicen que es porque le gusta ver cómo juegan los niños.
Cada mañana, llegan pasitos de muchos colores: algunos vienen con mochilas llenas de cuentos, otros con sonrisas de arepita y palabras de sus casas.
Ese día, el patio se llenó de emoción... pero también de dudas. Algunos niños querían correr, otros miraban desde la sombra. Juanito hablaba de la lleva, Mariana decía que prefería cuidar una lata, y Anasü giraba solita como una flor en el viento. No se entendían muy bien.
Juanito pensaba que su juego era el mejor, Mariana creía que los demás jugaban raro, y Anasü se sentía diferente, como si viniera de otro lugar. Por un momento, se sintieron distintos... como si vinieran de mundos lejanos
Pero entonces, Juanito tocó suavemente a Mariana y la congeló. Anasü la descongeló con una carcajada. Y sin darse cuenta, todos estaban corriendo, riendo, tocando y salvando. Jugaban la lleva congelada, un juego donde, al tocarte, te vuelves estatua, y solo un parcero puede liberarte. ¡Era divertido ver a todos moverse como robots congelados y luego reír juntos!
Más tarde, Mariana trajo una lata brillante, la puso en el suelo y todos comenzaron a correr. Ella cuidaba la lata, y los demás trataban de pisarla sin ser atrapados. ¡Era chévere! El sonido de la lata hacía reír hasta al sol que los miraba desde arriba.
Después, Anasü se levantó con los brazos abiertos. Caminaba en círculos, como si fuera el viento, y Juanito y Mariana la imitaron. Jugaban a la Yonna, un baile-juego antiguo, con pasos suaves y giros que recordaban a los animales del desierto. Anasü se llamaba así por el sol, ese que brilla fuerte en la Guajira, ese mismo que calentaba sus pies mientras bailaban.
Después de tanto juego, llegó la hora de compartir. En una manta en el suelo, aparecieron cosas ricas: arepitas con quesito tibio, como las que hace la mamá de Juanito. Arepitas dulces, redonditas y suaves, como las que trae Mariana en su lonchera. Y pedacitos de mango, amarillo y jugoso, que trajo Anasü, el sabor del sol.
Mientras comían, alguien dijo: "¡Qué bueno tener parceros para jugar!"
Entonces, cada uno quiso contar cómo se decía "amigo" en su casa. Juanito sonrió y pensó: "Parcero" es como le decimos en Medellín a los amigos de verdad. Mariana dijo que en su casa, en Venezuela, le dicen "pana" a quien siempre está ahí para jugar o ayudar. Y Anasü, con una voz suave como el viento, explicó que entre los wayú, un amigo se llama "jaai".
Así, entre risas, bocados y palabras nuevas, se dieron cuenta de que, aunque cada uno lo dice distinto... todos querían decir lo mismo: amigo.
Los niños comieron juntos, sentados en ruedita. Algunos venían de aquí, otros de allá, y otros de más allá todavía. Pero ahí, en el patio del sol, todos eran uno solo: un grupo de niños que juega, comparte y crece juntico. Y el sol, feliz, se quedó un rato más.
Al día siguiente, el patio del sol amaneció aún más brillante. Los niños, ansiosos, corrían para jugar, no solo a sus juegos favoritos, sino a los juegos de los demás. Juanito intentaba bailar la Yonna, aunque se reía de sus propios pasos torpes. Mariana aprendía a decir "Parcero" y a jugar a la lleva congelada con una sonrisa. Y Anasü, feliz de compartir su cultura, les enseñaba palabras en wayuunaiki mientras jugaban con la lata.
Un día, llegó un niño nuevo llamado Samuel. Era tímido y no hablaba mucho. Se quedó sentado a un lado, observando a los demás. Juanito, recordando cómo se había sentido Anasü al principio, se acercó a Samuel y le ofreció una arepita con quesito. Mariana le sonrió y lo invitó a jugar a la lata. Anasü le mostró cómo girar en la Yonna, tomándolo de la mano con suavidad.
Samuel, poco a poco, se fue uniendo al juego. Descubrió que, aunque al principio le daba miedo, era divertido correr, reír y compartir con los demás. Aprendió palabras nuevas y les enseñó a los otros niños a jugar al dominó, un juego que le había enseñado su abuelo.
El patio del sol se convirtió en un lugar aún más especial. Ya no solo era un lugar donde se jugaba, sino un lugar donde se aprendía a respetar y a valorar las diferencias de cada uno. Cada niño aportaba algo único y especial, creando un arcoíris de amistad que llenaba de alegría el corazón de todos.
Un día, la maestra les preguntó a los niños qué era lo que más les gustaba del centro infantil. Juanito dijo: "Me gusta jugar con mis parceros". Mariana respondió: "Me gusta aprender cosas nuevas de mis panas". Y Anasü, con una sonrisa radiante, dijo: "Me gusta compartir mi cultura con mis jaai". Samuel, tímidamente, añadió: "Me gusta tener amigos".
La maestra sonrió y les dijo: "Eso es lo más importante. En este patio del sol, todos somos diferentes, pero todos somos iguales. Todos somos amigos".
Y el sol, desde arriba, brillaba con más fuerza que nunca, iluminando el patio lleno de risas, juegos y amistad. Porque sabía que, en ese rinconcito de Medellín, la interculturalidad era el ingrediente secreto para una felicidad verdadera.
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