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Érase una vez, en un pueblito escondido entre montañas de algodón de azúcar y ríos de chocolate caliente, un patio muy, pero muy peculiar. Este patio, a diferencia de todos los demás, ¡respiraba por el trasero! Sí, sí, como lo oyen. En lugar de tener una nariz y una boca como cualquier patio decente, tenía un agujero redondo y arrugado en su parte posterior que se inflaba y desinflaba con cada respiración. Lo llamaban Don Patio Pedorrero, y era la comidilla de todo el pueblo.
Don Patio Pedorrero era un lugar alegre y colorido. En él crecían flores parlanchinas que contaban chistes picantes, árboles de piruletas que ofrecían sus dulces frutos a los niños, y un tobogán hecho de arcoíris que te llevaba directamente a la luna (bueno, casi). Los niños del pueblo adoraban jugar en Don Patio Pedorrero, aunque a veces se tapaban la nariz (no por el olor, ¡sino por las cosquillas que les hacían las flores parlanchinas!).
Un día, Don Patio Pedorrero se sintió muy, muy cansado. Suspiró profundamente (o más bien, *pedorreó* profundamente) y se sentó. Nunca antes se había sentado, porque ¿cómo se sienta un patio que respira por el trasero? Pero la fatiga era tanta que no pudo evitarlo. Se sentó… y, ¡puf! Dejó de respirar. El agujero en su parte trasera dejó de inflarse y desinflarse. Las flores parlanchinas enmudecieron. Los árboles de piruletas dejaron de ofrecer sus frutos. El tobogán de arcoíris perdió su brillo.
Los niños del pueblo, al ver a Don Patio Pedorrero inerte, se llenaron de tristeza. Lloraron ríos de lágrimas saladas que regaron las flores parlanchinas, pero nada parecía funcionar. Don Patio Pedorrero estaba… muerto.
Una niña llamada Luna, la más valiente y curiosa de todas, tuvo una idea. Recordó que su abuela, una anciana sabia y conocedora de los secretos del universo, le había contado una vez sobre la "Risa Cósmica", una energía poderosa capaz de resucitar hasta a los unicornios más gruñones. Pero, ¿cómo encontrar la Risa Cósmica?
Luna reunió a todos los niños del pueblo y les explicó su plan. Decidieron emprender un viaje en busca de la Risa Cósmica. Subieron al tobogán de arcoíris, que, aunque había perdido algo de brillo, aún funcionaba lo suficientemente bien como para llevarlos a la cima de la montaña más alta del pueblo. Desde allí, podían ver todo el mundo, o al menos, eso creían.
En la cima de la montaña, se encontraron con un viejo búho sabio que, al oír su historia, les dijo: "La Risa Cósmica no se encuentra, se crea. Está en el corazón de cada uno de vosotros. Debéis recordar los momentos más felices que habéis vivido en Don Patio Pedorrero y convertirlos en risas contagiosas".
Los niños, inspirados por las palabras del búho, comenzaron a recordar. Recordaron las carreras por el tobogán de arcoíris, las cosquillas de las flores parlanchinas, el sabor dulce de las piruletas, las historias divertidas que Don Patio Pedorrero les contaba a través del viento. Y, poco a poco, comenzaron a reír. Primero tímidamente, luego con más fuerza, hasta que sus risas resonaron por todo el valle.
La Risa Cósmica, nacida del amor y la alegría, viajó de vuelta al pueblo y envolvió a Don Patio Pedorrero. El agujero en su parte trasera comenzó a inflarse y desinflarse de nuevo. Las flores parlanchinas volvieron a contar chistes. Los árboles de piruletas ofrecieron sus frutos. El tobogán de arcoíris recuperó su brillo.
Don Patio Pedorrero estaba vivo otra vez. Pero algo había cambiado. Al sentarse, y luego resucitar con la Risa Cósmica, había aprendido una nueva habilidad: ¡volar! Ahora, Don Patio Pedorrero podía elevarse por los cielos, llevando a los niños en aventuras aún más emocionantes. Y aunque seguía respirando por el trasero, a nadie le importaba. Porque Don Patio Pedorrero era el patio más feliz y peculiar del mundo.
Y así, Don Patio Pedorrero, el patio que respiraba por el trasero, aprendió a volar y vivió feliz para siempre, llenando el mundo de risas y piruletas.
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