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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, una niña llamada Lily. Lily era conocida por su curiosidad y por su gran corazón. Una tarde de otoño, mientras buscaba piedras brillantes en el jardín de su casa, escuchó un suave sollozo que venía de detrás de un gran arbusto de rosas. Al apartar las ramas, sus ojos se abrieron de par en par. Allí, acurrucado sobre el musgo, había un dragón. Pero no era un dragón enorme y feroz como los de los libros. Era un dragón diminuto, del tamaño de un gatito, con escamas de color azul zafiro y unos ojos grandes y tristes.
—¿Qué te pasa, pequeñín? —preguntó Lily con voz dulce.
El dragoncito levantó la vista. Su nombre era Spark. Intentó batir sus alas, pero se veían apagadas. En su espalda, donde normalmente deberían brillar cinco estrellas doradas, solo quedaban unos huecos oscuros y vacíos.
—He perdido mis estrellas —susurró Spark con una vocecita que sonaba a campanillas—. Sin ellas, no puedo iluminar el camino de regreso a mi hogar en las nubes, y mi fuego es solo una pequeña chispa fría.
Lily no lo pensó dos veces. —No te preocupes, Spark. Yo te ayudaré a encontrarlas.
Lily llamó a su mejor amigo, Ben, un niño valiente que siempre llevaba una mochila llena de herramientas útiles. Juntos, los tres se dirigieron hacia el Bosque de los Susurros, un lugar donde los árboles eran tan altos que tocaban el cielo y las hojas cambiaban de color según el humor del viento.
Al entrar en el bosque, se encontraron con un campo de flores gigantes que no dejaban de hablar. Eran las Margaritas Parlanchinas. —¡Oh, miren! —exclamó una margarita de pétalos rosas—. Unos humanos y un dragón sin brillo. ¡Qué curiosa combinación!

—Disculpen —dijo Ben con cortesía—, ¿han visto alguna estrella caída por aquí?
—Vimos algo brillar en lo alto del Gran Sauce —respondió otra flor—, pero para que el Sauce les dé lo que guarda, deben hacerlo reír. El pobre está muy triste porque nadie le cuenta historias nuevas.
Lily recordó una historia divertida que su abuelo le contaba siempre. Se acercó al sauce gigante y, con mucha gracia, narró las aventuras de un ratón que quería ser cocinero. El árbol comenzó a vibrar, sus ramas se sacudieron y, de repente, una carcajada profunda retumbó en el bosque. De entre sus hojas plateadas, cayó la primera estrella: la Estrella de la Alegría. Al colocarla en la espalda de Spark, un pequeño brillo dorado comenzó a emanar de su piel.
Continuaron su viaje hasta llegar a un abismo profundo. No había puente, solo una masa de nubes blancas que flotaban entre los dos extremos. —Es el Puente de Nubes —dijo Spark—. Solo aquellos que confían el uno en el otro pueden cruzarlo.
Lily y Ben se tomaron de la mano y, con Spark sentado en el hombro de Lily, dieron el primer paso. Las nubes se volvieron firmes bajo sus pies, como si caminaran sobre algodón de azúcar gigante. A mitad del camino, encontraron la segunda estrella atrapada en un trozo de nube. Era la Estrella de la Confianza. Spark ahora brillaba con más fuerza y sus alas recuperaron un poco de color.
Sin embargo, la búsqueda no era fácil. Al otro lado del puente, el bosque se volvió más denso y oscuro. Llegaron a una cueva donde el eco repetía cada palabra. En el fondo de la cueva, un viejo búho sabio custodiaba un pedestal de cristal. —Para obtener las estrellas restantes —dijo el búho—, deben resolver el acertijo de la cueva. 'Es algo que no pesa nada, pero que puede iluminar la habitación más oscura. ¿Qué es?'.
Ben pensó y pensó, pero fue Lily quien encontró la respuesta. —¡Es una sonrisa! —exclamó. El búho asintió con la cabeza y el pedestal se abrió, revelando la Estrella de la Sabiduría y la Estrella de la Valentía.

Solo faltaba una estrella: la Estrella de la Bondad. Buscaron por todas partes, pero no la encontraban. Spark empezó a desanimarse. —Tal vez nunca vuelva a ser un dragón completo —dijo con tristeza.
En ese momento, vieron a un pequeño erizo atrapado en una red de enredaderas espinosas. Estaba asustado y no podía soltarse. Sin dudarlo, Lily y Ben usaron sus manos y las herramientas de la mochila para liberar al animalito, ignorando los pequeños pinchazos en sus dedos. Spark, viendo el esfuerzo de sus amigos, usó su pequeño aliento de fuego para calentar las ramas y hacerlas más flexibles.
Cuando el erizo finalmente quedó libre, un resplandor cegador surgió del corazón de la selva. La última estrella no estaba escondida en un árbol ni en una cueva; apareció justo allí, fruto del acto desinteresado de ayudar a otros. Era la Estrella de la Bondad.
Al colocar la quinta estrella, Spark se transformó por completo. Sus escamas brillaban como mil diamantes bajo el sol y sus alas se volvieron majestuosas. El dragón se elevó en el aire, dejando un rastro de polvo estelar a su paso. Pero no se fue de inmediato. Bajó y abrazó a Lily y a Ben con sus alas cálidas.
—Gracias, amigos —dijo Spark—. Me han enseñado que la verdadera magia no está en las estrellas, sino en el corazón de quienes ayudan a los demás.
Spark voló hacia el cielo nocturno, convirtiéndose en el faro más brillante de la constelación del Dragón. Lily y Ben regresaron a casa cansados pero felices. Desde aquella noche, cada vez que miraban al cielo y veían una estrella parpadear con especial fuerza, sabían que Spark les estaba enviando un saludo.
Lily aprendió una lección que nunca olvidaría: incluso un pequeño acto de bondad, como ayudar a un dragón perdido o a un erizo asustado, tiene el poder de traer luz a todo el mundo. Y así, con el corazón lleno de magia, los niños durmieron profundamente, soñando con nuevas aventuras bajo la luz de las estrellas.
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