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Mateo tenía diez años y sentía que su cabeza estaba a punto de estallar. Frente a él, el cuaderno de matemáticas parecía un campo de batalla lleno de enemigos invencibles. El tema del día eran las potencias, y para Mateo, esos pequeños números que flotaban arriba de los grandes eran como mosquitos molestos que no sabía cómo espantar. —Es imposible —suspiró Mateo, dejando caer su lápiz sobre el escritorio—. ¿Por qué un tres pequeñito encima de un dos no puede ser simplemente un cinco? ¿Por qué tiene que ser un ocho? ¡No tiene sentido!
De repente, la puerta de su habitación se abrió con un estruendo. Allí estaba Leo, su hermano pequeño de apenas cinco años. Leo no era un niño común; desde que aprendió a hablar, había mostrado una fascinación extraña por los patrones y las formas. En la familia, bromeaban diciendo que Leo tenía el superpoder de las matemáticas, pero Mateo, en su frustración, solo veía a un niño con una camiseta amarilla de rayo y el pelo muy rizado.
—¿Problemas con los Gigantes y sus Jefes, Mateo? —preguntó Leo con una sonrisa traviesa. Se acercó al escritorio y observó el cuaderno. Mateo lo miró confundido. —¿Gigantes y Jefes? Leo, son potencias. Es aburrido y difícil.
Leo se subió a una silla y sus ojos parecieron brillar con una luz dorada especial. —No es aburrido si lo ves como un equipo de superhéroes. Mira, el número grande es el Gigante. Es fuerte, pero no sabe qué hacer solo. El número pequeñito de arriba es el Jefe. El Jefe no pelea, solo da órdenes. Su única orden es: '¡Clónate!'.

Mateo frunció el ceño. —¿Clonarse? Leo asintió con entusiasmo y tomó un puñado de canicas que Mateo tenía en una estantería. —Si tienes un dos con un tres arriba, el Gigante es el dos. El Jefe es el tres. El Jefe le dice al dos: 'Quiero que aparezcas tres veces y te multipliques'. Entonces, no es dos más tres, Mateo. Es el dos encontrándose con sus clones.
Leo colocó las canicas en grupos sobre la alfombra. —Primero tienes un dos. Luego lo multiplicas por otro dos, y tienes cuatro. Pero el Jefe dijo tres veces, así que multiplicas ese cuatro por otro dos... ¡y pum! Tienes ocho. El Gigante creció muy rápido porque el Jefe es muy exigente.
De repente, algo hizo clic en la mente de Mateo. La habitación pareció transformarse. Gracias a la imaginación de Leo y su extraño don, los números en el papel cobraron vida. Mateo ya no veía aburridas cifras negras sobre papel blanco. Veía a los Gigantes duplicándose a una velocidad asombrosa bajo el mando de los pequeños Jefes brillantes.
—¡Entiendo! —exclamó Mateo—. Entonces, si tengo cinco elevado a la dos, el Gigante es el cinco y el Jefe dice que aparezca dos veces. Cinco por cinco... ¡veinticinco!

Leo aplaudió, y por un momento, unas chispas de luz parecieron saltar de sus manos. —¡Exacto! El Jefe siempre indica cuántas veces el Gigante debe multiplicarse por sí mismo. Es como una máquina de crecimiento instantáneo.
Pasaron la tarde entera practicando. Mateo descubrió que cuando el Jefe era un cero, el Gigante se convertía mágicamente en un uno, como si se escondiera bajo una capa de invisibilidad. Cuando el Jefe era un uno, el Gigante se quedaba igual, porque no tenía con quién multiplicarse. Leo saltaba por la habitación, creando visualizaciones con sus juguetes para explicar cómo las potencias de diez hacían que los números ganaran ceros como si fueran medallas de honor.
Al terminar, Mateo miró su cuaderno. Lo que antes era un caos de símbolos incomprensibles, ahora era un mapa claro de una aventura matemática. Se sentía poderoso, como si él también hubiera adquirido una parte del don de su hermano. El miedo al examen del día siguiente se había evaporado, reemplazado por la curiosidad de ver qué tan grandes podían llegar a ser sus Gigantes.
—Gracias, pequeño genio —dijo Mateo, dándole un choque de manos a Leo. Leo, con su cabello rubio revuelto y su energía inagotable, solo le guiñó un ojo. —Las matemáticas son solo otro lenguaje para contar historias, Mateo. Mañana, diles a esos Gigantes quién es el verdadero Jefe.
Esa noche, Mateo soñó con torres de números que llegaban hasta las estrellas, todas construidas gracias a las órdenes de los pequeños Jefes. Se dio cuenta de que no importaba la edad que tuvieras, siempre había algo nuevo que aprender, especialmente si tenías a un hermano pequeño con superpoderes para guiarte en el camino.
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