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Cada tarde, Don Ernesto abría la ventana de su cocina y dejaba que el sol de otoño acariciara las cortinas. Pero lo que más esperaba era que el viento trajera consigo ese olor inconfundible: el de las peras maduras.
Vivía solo desde hacía años, en una casita escondida al final del pueblo. Sin embargo, no se sentía solo del todo. Porque cada vez que olía las peras, volvía a verla. A Clara, con su vestido amarillo y su risa como campanas.
Ella solía hornear tortas de pera cuando recién se casaron. El dulce aroma llenaba toda la casa y también su corazón. “Una casa sin olor a fruta no es hogar”, decía ella, mientras colocaba una ramita de canela sobre la masa.
Don Ernesto recordaba aquellos días con una sonrisa melancólica. Clara siempre tenía las manos llenas de harina y la nariz cubierta de azúcar glas. Cantaba canciones alegres mientras el horno calentaba, y él la miraba, enamorado, sabiendo que había encontrado su hogar en sus brazos.
Los años pasaron, y la vida, como un río caudaloso, los llevó por diferentes caminos. Clara se fue, dejando un vacío enorme en la vida de Don Ernesto. La casa se sintió fría y silenciosa, y el olor a peras horneadas se convirtió en un recuerdo lejano.
Él intentó seguir adelante, pero le costaba. Las tardes se hacían largas y las noches aún más. Se dedicó a cuidar su jardín, pero ni siquiera las flores más hermosas lograban llenar el hueco que Clara había dejado.
Una tarde, el viento trajo ese aroma con más fuerza. Intrigado, Don Ernesto salió y siguió el perfume hasta el árbol del jardín. Para su sorpresa, estaba lleno de peras, aunque no recordaba haberlas plantado.
El árbol era robusto, con ramas gruesas y hojas verdes que danzaban con la brisa. Las peras, de un color dorado intenso, parecían brillar bajo el sol de la tarde. Don Ernesto no entendía cómo había podido crecer un árbol así en su jardín sin que él lo notara.
Con manos temblorosas, tomó una y la mordió. El sabor era justo como el de las de Clara: dulce, suave, con un toque de melancolía. Lloró en silencio, no de tristeza, sino de gratitud.
Cada bocado era como un viaje en el tiempo, una vuelta a aquellos días felices en los que Clara estaba a su lado. El sabor de la pera le recordaba su risa, su cariño y su amor incondicional.
Desde entonces, cada tarde se sienta bajo el peral. Lee su periódico, observa a los pájaros y disfruta del dulce aroma que impregna el aire. A veces, cierra los ojos e imagina que Clara está a su lado, contándole historias y riendo a carcajadas.
Los niños del pueblo, curiosos, se acercan a menudo a Don Ernesto. Les gusta escuchar sus historias y admirar el árbol lleno de peras brillantes.
Una tarde, una niña llamada Sofía se atrevió a preguntarle:
—Don Ernesto, ¿por qué siempre se sienta bajo ese árbol?
Don Ernesto sonrió y le respondió:
—Porque hay aromas que no solo perfuman el aire… también perfuman el alma.
Sofía no entendió del todo, pero sintió que las palabras de Don Ernesto eran especiales. Se acercó al árbol y olió una de las peras. El aroma era dulce y reconfortante, como un abrazo cálido.
Con el tiempo, Sofía también aprendió a amar el peral de los recuerdos. A menudo se sentaba junto a Don Ernesto, escuchando sus historias y compartiendo el dulce sabor de las peras.
Un día, Don Ernesto le regaló a Sofía una pequeña rama del peral.
—Plántala en tu jardín, Sofía—le dijo—. Para que siempre tengas un pedacito de este árbol y recuerdes que el amor y los recuerdos nunca mueren.
Sofía plantó la rama con cuidado y la regó todos los días. Con el tiempo, la rama creció y se convirtió en un hermoso peral, lleno de peras dulces y jugosas.
Y así, el peral de los recuerdos siguió perfumando el aire y el alma de todos los que lo conocían, recordando que el amor verdadero nunca se olvida.
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