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Gratis · elige una vozUn forastero, con un sombrero demasiado grande y una sonrisa aún más grande, entró al mercado tribal. ¡Qué espectáculo! Canastas llenas de frutas exóticas, telas de colores vibrantes y el aire lleno de aromas desconocidos. Pero lo más extraño de todo era la forma en que la gente compraba y vendía. No usaban palabras, ¡solo gestos! Se tocaban la nariz, el codo, la oreja… Parecía un baile secreto. El forastero, con los ojos bien abiertos, observaba todo con asombro. Un cartel imaginario flotaba sobre su cabeza: “¿Qué clase de números son estos?”.
Decidido a probar suerte, se acercó a una vendedora seria, con un chal de flores y una mirada que parecía poder ver a través de él. Señaló un racimo de plátanos amarillos y jugosos. ¡Plátanos! Su fruta favorita. La vendedora, sin decir una palabra, se tocó la nariz y luego el codo. El forastero parpadeó. ¿Nariz y codo? ¿Eso significaba cuántos plátanos costaban? Confundido, sacó una moneda brillante de su bolsillo y la ofreció a la vendedora. La vendedora lo miró con sorpresa, y los otros compradores se detuvieron para observar la escena. Un cartel imaginario apareció: “¡Aquí no usamos eso!”. Con un gesto amable pero firme, la vendedora le indicó que se fuera. El forastero, avergonzado, se alejó con la moneda aún en la mano.
Se sentó en una piedra, con la cabeza entre las manos. ¡No entendía nada! De repente, sintió un pequeño tirón en su manga. Levantó la vista y vio a un niño local, con ojos brillantes y una sonrisa traviesa. El niño señaló los plátanos y luego se tocó la nariz y el codo, imitando a la vendedora. El forastero y el niño comenzaron a reír. El niño entendía su frustración. Entonces, el niño comenzó a enseñarle. Se tocó el dedo índice: “Uno”. Luego el pulgar: “Dos”. Después, con un movimiento gracioso, se tocó los dedos de los pies: “¡Veinte en los pies!”. Un mini montaje cómico se desarrolló: el forastero, torpe y con el sombrero tambaleándose, intentaba imitar los gestos del niño. Se caía, se tropezaba, pero nunca dejaba de reír. Aprendió que la nariz significaba cinco, el codo significaba diez, y los pies… bueno, ¡los pies eran muchos!
Con renovada confianza, el forastero volvió al mercado. Se acercó a la vendedora de plátanos y, con un gesto preciso, se tocó la nariz y el codo. La vendedora sonrió y le entregó los plátanos. ¡Éxito! Luego, fue a otro puesto y compró una colorida manta, usando solo gestos corporales. Se sentía como si hubiera aprendido un nuevo idioma. Un cartel imaginario apareció: “¡Ahora sí entiendo su lengua… corporal!”. Compró mangos, papayas y hasta un sombrero nuevo, más pequeño y más adecuado para el mercado. En cada transacción, usaba sus nuevos conocimientos, comunicándose con los vendedores a través de un divertido baile de gestos.
Recordando al niño que le había ayudado, el forastero regresó a la piedra donde lo había conocido. El niño estaba allí, jugando con un pequeño coche de madera. El forastero le ofreció uno de los plátanos que había comprado. El niño aceptó la fruta con una sonrisa radiante. Juntos, caminaron por el mercado, señalando partes del cuerpo y riendo. El forastero ya no era un extraño. Había aprendido algo valioso: que a veces, para contar, no se necesita hablar.
Un texto final apareció, escrito con letras grandes y amigables: “A veces, para contar, no se necesita hablar.” La música se desvaneció lentamente, dejando tras de sí una sensación de alegría y conexión.
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