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¡Rriiing! ¡Rriiing! El timbre de la escuela sonó con una fuerza alegre. Era el primer día de clases después de las vacaciones de verano. Los pasillos olían a cera fresca y a lápices nuevos. ¡Tac, tac, tac! Los zapatos de los niños corrían por el suelo brillante. Se escuchaban risas, gritos de sorpresa y el sonido de las mochilas al chocar entre sí. ¡Zas! ¡Pum! Todo era movimiento.
Leo estaba muy emocionado. Su mochila verde brillaba bajo la luz del sol. Durante el verano, Leo había ido a la playa. Tenía la piel un poco tostada y muchas historias que contar sobre castillos de arena y olas gigantes. ¡Splash! ¡Cof, cof! Se reía al recordar cómo el agua le había entrado por la nariz una tarde de julio.
—¡Hola, Leo! —gritó Sofía—. ¡Mira mis zapatillas nuevas! ¡Tienen luces!
—¡Qué geniales! —respondió Leo—. Yo aprendí a nadar sin flotadores. ¡Fue increíble!
Pronto, el salón de segundo grado se llenó de niños. Todos hablaban al mismo tiempo. Hablaban de viajes a la montaña, de helados de tres bolas y de películas en el cine. ¡Bla, bla, bla! El ruido era como el de una colmena llena de abejas felices. Pero en medio de tanto ruido, Leo notó algo extraño. Al fondo del salón, en el último pupitre, estaba Mateo.
Mateo no estaba hablando. Mateo no estaba riendo. Mateo tenía la cabeza apoyada en sus manos y miraba fijamente una pequeña mancha de pintura en su mesa. Su mochila azul se veía triste, un poco gastada y vacía. ¡Shhh! El silencio de Mateo era tan grande que Leo pudo sentirlo a pesar de los gritos de los demás.
—¿Qué le pasará a Mateo? —pensó Leo—. Quizás se olvidó su merienda. O quizás no quiere hacer matemáticas.
La maestra, la señorita Clara, entró al salón con una gran sonrisa.
—¡Bienvenidos, mis valientes exploradores! —dijo con voz dulce—. Cuéntenme, ¿quién tuvo las mejores vacaciones de su vida?
Todos levantaron la mano. ¡Yo, yo, yo! Las manos se agitaban en el aire como banderas al viento. Todos menos Mateo. Él hundió los hombros y se hizo pequeñito, como un caracol que se esconde en su concha.

Leo sintió un cosquilleo en la barriga. No era un cosquilleo de hambre, era un cosquilleo de preocupación. Se acordó de cuando él perdió su juguete favorito y nadie se dio cuenta. Se sintió solo. Se sintió invisible. Entonces, Leo se preguntó: «¿Cómo se sentirá estar en los zapatos de Mateo?».
En el recreo, todos salieron corriendo al patio. ¡Yuju! ¡A jugar! Leo vio a Mateo sentarse solo en un banco de madera, bajo la sombra de un gran roble. Leo dejó su pelota de fútbol y caminó despacio hacia él. ¡Pas, pas, pas! Sus pasos sobre la arena eran suaves.
—Hola, Mateo —dijo Leo, sentándose a su lado—.
Mateo no levantó la vista. Solo dibujó un círculo en la tierra con la punta de su zapato.
—Hola, Leo —susurró.
—¿No te gustan los columpios hoy? Están yendo muy alto. ¡Fiuuu! —intentó animarlo Leo.
Mateo suspiró. Un suspiro largo y pesado.
—Es que... todos hablan de viajes. De aviones y de hoteles. Yo no fui a ningún lado, Leo. Mi abuelita estuvo enferma y nos quedamos en casa cuidándola. Mi verano fue de jarabes, termómetros y silencio. No tengo nada divertido que contar.
Leo se quedó callado un momento. Cerró los ojos y trató de imaginar un verano sin playa, un verano cuidando a alguien, con olor a hospital y no a mar. ¡Mmm! Entendió que Mateo no estaba aburrido, estaba cansado y un poco triste porque sentía que su verano no había sido tan «especial» como el de los demás.
—Pues yo creo que tu verano fue el más especial de todos —dijo Leo con firmeza.

Mateo levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Por qué dices eso? —preguntó.
—Porque ser valiente y cuidar a alguien que amas es mucho más importante que nadar con delfines —explicó Leo—. Eres como un superhéroe de la familia. ¡Zas! El superhéroe de la abuela.
Una pequeña chispa apareció en los ojos de Mateo. Una pequeña sonrisa, casi invisible, asomó en su cara.
—Ella ya está mejor —dijo Mateo—. Me enseñó a jugar a las cartas y a hacer barquitos de papel mientras descansaba.
—¡Eso es genial! —exclamó Leo—. ¿Me enseñas a hacer esos barquitos? Mi verano fue divertido, pero no tengo ni un solo barco de papel.
Mateo sacó una hoja de su cuaderno. Sus manos se movieron con rapidez. ¡Crac, crac! El papel se doblaba y tomaba forma. En pocos minutos, un hermoso barco de papel blanco estaba listo.
Cuando volvieron al salón, la señorita Clara preguntó si alguien quería compartir algo diferente. Leo levantó la mano y señaló a Mateo. Mateo se puso de pie, con el barco en la mano, y contó cómo había cuidado a su abuela y los juegos que habían inventado juntos.
De repente, el salón ya no era una colmena de abejas ruidosas. Era un lugar lleno de oídos atentos. Los otros niños se dieron cuenta de que no necesitaban grandes viajes para tener grandes historias. Sofía se acercó y le dijo que ella también se había quedado en casa una vez porque su perro estaba malito.
Al final del día, cuando el timbre volvió a sonar —¡Rriiing!—, Mateo ya no caminaba mirando sus zapatos. Caminaba al lado de Leo, hablando de los colores que usarían para su próximo barco. Leo se sentía muy bien. Había aprendido que, a veces, para ayudar a un amigo, solo hace falta dejar de hablar de uno mismo y ponerse, por un momento, en el lugar del otro.
¡Qué gran primer día! Un día de empatía, de barcos de papel y de nuevos amigos de verdad.
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