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Había una vez, en un agujero chiquitito debajo de la alacena, un ratoncito llamado Roquefort. Roquefort era un ratón muy feliz, especialmente cuando tenía un buen trozo de queso para roer. Pero un día, ¡oh, no!, su preciado queso no estaba donde lo había dejado. Roquefort miró a la derecha, miró a la izquierda, ¡pero nada! Su queso favorito, un delicioso queso gruyer con agujeros grandes y pequeños, ¡había desaparecido!
"¡Ay, mi quesito! ¿Dónde estás?", gritó Roquefort, con su vocecita temblorosa. Empezó a buscar por todos lados. Revisó debajo de la cama, detrás de los libros, incluso dentro de su calcetín rayado. Nada. El queso no aparecía por ningún lado. Roquefort estaba muy triste. Sin su queso, el día parecía gris y aburrido.
Mientras Roquefort buscaba desesperadamente, escuchó un pequeño "miau" proveniente de la esquina de la cocina. Se acercó con cautela y ¡oh, sorpresa!, allí estaba un gatito chiquitito, más pequeño incluso que Roquefort. El gatito tenía un pelaje suave como el algodón y unos ojos grandes y brillantes. Se llamaba Michi.
Michi miró a Roquefort con una sonrisa traviesa. "Escondí tu quesito, ratoncito", dijo con su vocecita dulce. "Buscalo y lo encontrarás luego de un ratito".
Roquefort se sintió un poco aliviado. Al menos sabía que su queso no se había evaporado. "¿De verdad lo escondiste?", preguntó Roquefort. "¿Por qué harías eso?".
Michi simplemente sonrió y movió su colita. "Es un juego", dijo. "Si lo encuentras, te lo puedes comer todo, todo, todo".
Roquefort, a pesar de estar un poco desconfiado, decidió aceptar el desafío. Después de todo, ¡amaba el queso más que nada en el mundo! Empezó a buscar de nuevo, esta vez con más entusiasmo. Revisó debajo de la mesa, detrás de las cortinas, incluso intentó trepar a la silla. Nada. El queso seguía escondido.
"¡Está muy bien escondido!", pensó Roquefort, rascándose la cabeza con una patita. Siguió buscando y buscando. De repente, sintió un olor delicioso, un olor inconfundible a queso gruyer. El olor venía de detrás de un jarrón grande con flores.
Con el corazón latiendo con fuerza, Roquefort se acercó sigilosamente al jarrón. ¡Allí estaba! Su quesito gruyer, brillando a la luz del sol. Roquefort gritó de alegría y corrió hacia su tesoro.
Pero… ¡oh, no! Detrás del quesito, escondido entre las flores, estaba Michi, con una mirada hambrienta en sus ojos. ¡Michi tenía un plancito, un plancito chiquitito! Su plan era usar el queso como cebo para atrapar al ratoncito y… ¡comérselo!
Roquefort se dio cuenta del peligro en el último segundo. Retrocedió rápidamente, justo a tiempo para evitar que Michi lo atrapara con sus afiladas garras. "¡Oh, no, gatito travieso!", gritó Roquefort. "¡Eso no es justo!".
Michi, al ver que su plan había fallado, puso una cara de puchero. "¡Quería jugar!", dijo con voz lastimera. "Pero no quería hacerte daño, de verdad".
Roquefort se quedó mirando a Michi. Sabía que los gatos cazaban ratones, pero este gatito era tan pequeño y parecía tan arrepentido… Roquefort sintió un poco de lástima por él.
"Está bien, Michi", dijo Roquefort. "Pero la próxima vez, si quieres jugar, no uses el queso como trampa. Podemos jugar a las escondidas, o a las carreras, o… ¡a lo que quieras!".
Michi sonrió de nuevo, esta vez una sonrisa sincera. "¿De verdad?", preguntó. "¿Podemos ser amigos?".
Roquefort asintió con la cabeza. "Claro que sí. Pero prométeme que nunca más intentarás comerme".
Michi prometió no volver a intentar comerse a Roquefort. A partir de ese día, Roquefort y Michi se convirtieron en los mejores amigos. Jugaban juntos todos los días, explorando la cocina y buscando nuevas aventuras. Roquefort incluso compartía un poquito de su queso con Michi, aunque solo un poquito, ¡porque el queso era su tesoro más preciado!
Y así, el ratoncito y el gatito, que al principio eran enemigos, aprendieron que la amistad es mucho más valiosa que cualquier trozo de queso o cualquier plan secreto. Y vivieron felices para siempre, jugando y compartiendo aventuras en la cocina, debajo de la alacena, en su pequeño mundo lleno de alegría y amistad. Roquefort siempre recordaba el día que perdió su queso, no por la tristeza, sino por la alegría de haber encontrado un amigo inesperado.
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