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Gratis · elegí una vozSofía era una niña alegre que vivía en Soacha, Cundinamarca, con su mamá y su abuela. Tenía la piel color chocolate y unos rizos brillantes como el sol. A Sofía le encantaba jugar en el patio, corriendo tras las mariposas amarillas y recogiendo piedritas de colores. Un día, mientras jugaba debajo del gran árbol de aguacate, a Sofía le empezó a picar mucho, ¡muchísimo! Primero en un brazo, luego en la pierna, y después en la barriguita. Era un rasqui-rasqui insoportable.
"¡Mamá, me pica! ¡Me pica mucho!" lloriqueó Sofía, rascándose con fuerza.
La mamá de Sofía, preocupada porque no quería que su hijita sufriera, buscó en el botiquín. Encontró una crema que había usado para una picadura hace mucho tiempo. "Esto te ayudará, mi amor", le dijo, untándole la crema en las partes donde le picaba. Pero en lugar de mejorar, a Sofía le picaba ¡aún más! El rasqui-rasqui se volvió un rasqui-rasqui furioso.
"¡Ay, no!" exclamó la mamá, sintiéndose culpable. "Voy a preguntarle a la vecina, Doña Elena. Ella sabe de remedios". Doña Elena era de Venezuela y siempre tenía una solución para todo.
Doña Elena escuchó atentamente a la mamá de Sofía. "Ay, mija", dijo con su acento dulce. "A mi Miguel le dio algo parecido una vez. Le puse esta pastillita molida en agua y le ayudó mucho. Pruébale a Sofía". La mamá de Sofía le dio a Sofía la pastillita molida, pero el rasqui-rasqui seguía ahí, ¡más fuerte que nunca! Sofía lloraba desconsolada.
La abuela de Sofía, que había estado observando todo, dijo con sabiduría: "Mija, esto necesita algo más fuerte. Vamos a visitar a la Sabedora del barrio. Ella conoce los secretos de la naturaleza". La Sabedora vivía en una casita rodeada de plantas medicinales. Le preparó a Sofía un engüento verde con hierbas que olían a tierra mojada. "Esto calmará la picazón, mi niña", le aseguró la Sabedora, untándole el engüento con cuidado. Pero ¡ay, no! El engüento no funcionó. La piel de Sofía se puso roja y le picaba aún más que antes. El rasqui-rasqui se había transformado en un rasqui-rasqui volcánico.
La mamá de Sofía, desesperada, corrió a la droguería. Le explicó al farmacéutico lo que le pasaba a Sofía. El farmacéutico, sin pensarlo mucho, le vendió una loción rosada. "Esta loción es muy buena para las picaduras", le dijo. Pero cuando la mamá le puso la loción a Sofía, ¡la niña gritó de dolor! La piel de Sofía se puso aún más roja y se le llenó de ronchitas. El rasqui-rasqui se había convertido en un rasqui-rasqui infernal.
La mamá de Sofía, con lágrimas en los ojos, se dio cuenta de que había cometido un error. Había intentado curar a Sofía con remedios caseros y consejos de otras personas, pero solo había empeorado las cosas. "¡Tenemos que ir al doctor!", exclamó, tomando a Sofía en brazos.
En el consultorio, el doctor examinó cuidadosamente a Sofía. Le preguntó a la mamá qué le había puesto en la piel. La mamá, avergonzada, le contó todo. El doctor sonrió con amabilidad. "Entiendo", dijo. "Pero a veces, lo mejor es consultar a un profesional. Sofía tiene una reacción alérgica. Le voy a recetar una crema especial y un jarabe para la picazón".
El doctor le untó a Sofía una crema blanca y le dio un poco de jarabe. ¡Y como por arte de magia! El rasqui-rasqui empezó a desaparecer. La piel de Sofía dejó de estar roja y las ronchitas se fueron desvaneciendo. Sofía suspiró aliviada.
"¡Gracias, doctor!", dijo Sofía con una sonrisa.
La mamá de Sofía aprendió una lección muy importante: cuando alguien está enfermo, lo mejor es ir al doctor. Los remedios caseros pueden ser útiles a veces, pero no siempre son la solución. Y Sofía, después de su aventura con el rasqui-rasqui, volvió a jugar feliz en el patio, pero ahora, ¡con mucho cuidado de no acercarse demasiado al árbol de aguacate! Desde ese día, Sofía y su mamá siempre consultaban al doctor cuando se sentían mal. Y aprendieron que la salud es lo más importante y que los doctores están ahí para ayudarnos a sentirnos mejor.
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