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Gratis · elegí una vozSofía, una niña de rizos brillantes como el sol y piel color chocolate, vivía en una casita colorida en Soacha. Le encantaba jugar al escondite con sus amigos entre los puestos del mercado y perseguir mariposas amarillas en el parque. Un día, Sofía se sintió muy mal. Le dolía la garganta, tenía fiebre y le costaba respirar.
Su mamá, Doña Carmen, muy preocupada, recordó un jarabe que le había sobrado de otra enfermedad. “Este jarabe siempre me ayuda a mí,” pensó Doña Carmen. Le dio una cucharada a Sofía. Pero, en lugar de mejorar, Sofía se sintió peor. Ahora, además de la fiebre y el dolor de garganta, tenía un sarpullido rojo en todo el cuerpo.
Doña Carmen, aún más nerviosa, corrió a la casa de su vecina, Elena, que era de Venezuela. “¡Elena, ayúdame! Sofía está muy enferma y no sé qué hacer.” Elena, con su acento suave, le dijo: “Ay, Carmen, yo siempre le doy a mis hijos un té de… (Elena buscó en su memoria) …¡eucalipto! Es muy bueno para la tos. Pruébalo, seguro que le ayuda.”
Doña Carmen preparó el té de eucalipto y se lo dio a Sofía. Al poco rato, la carita de Sofía se hinchó y le costaba aún más respirar. ¡Tenía una reacción alérgica! Doña Carmen estaba desesperada. No sabía qué más hacer.
En el barrio también vivía una familia indígena que conocía muchos secretos de la naturaleza. Doña Carmen, con el corazón en la mano, fue a pedirles ayuda. La abuela de la familia, con su rostro sabio y arrugado, le dijo: “Tranquila, Carmen. Nosotros te podemos ayudar. Tenemos un ungüento especial hecho con hierbas de la montaña.” Le dio un frasco con un ungüento verde y oloroso. “Úntale esto en el pecho y la espalda,” le indicó la abuela.
Doña Carmen le aplicó el ungüento a Sofía. Al principio, pareció que la aliviaba un poco, pero después, Sofía empezó a quejarse de un fuerte picor en la piel. El ungüento le había irritado la piel.
Doña Carmen, con lágrimas en los ojos, se dio cuenta de que no podía seguir intentando remedios caseros sin saber qué le pasaba realmente a Sofía. Recordó lo que le había dicho su abuela: “Cuando uno está enfermo, lo mejor es ir al médico.”
Con la ayuda de otra vecina, Doña Carmen llevó a Sofía al centro de salud. El doctor, un hombre amable con gafas, examinó a Sofía con mucho cuidado. Después de hacerle algunas pruebas, el doctor le dijo a Doña Carmen: “Sofía tiene una infección en la garganta y también ha tenido reacciones alérgicas a los remedios que le ha dado. Necesita un tratamiento específico con antibióticos y antihistamínicos.”
El doctor le explicó a Doña Carmen cómo darle los medicamentos a Sofía y le advirtió que nunca debía automedicar a sus hijos ni seguir consejos sin consultar antes a un profesional. “Cada persona es diferente y lo que le sirve a uno no necesariamente le sirve a otro,” le explicó el doctor.
Doña Carmen siguió al pie de la letra las instrucciones del doctor. Poco a poco, Sofía empezó a sentirse mejor. La fiebre bajó, el dolor de garganta desapareció y el sarpullido se fue atenuando. En unos días, Sofía volvió a ser la niña alegre y juguetona de siempre.
Un día, mientras Sofía jugaba en el parque, Doña Carmen habló con las otras mamás del barrio. Les contó su experiencia y les explicó la importancia de llevar a los niños al médico cuando se enferman. “No hay remedio secreto ni consejo mágico que pueda reemplazar la opinión de un doctor,” les dijo Doña Carmen. “Los médicos estudian muchos años para saber cómo curarnos y protegernos. Debemos confiar en ellos.”
Desde ese día, Doña Carmen siempre llevaba a Sofía al médico cuando se sentía mal. Y Sofía, con su sonrisa brillante, sabía que la mejor medicina era el cuidado y la atención de un doctor. Aprendieron que la salud es un tesoro y que los médicos son los guardianes de ese tesoro. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Y ahora Sofía ayuda a todos a entender la importancia de ir al médico y seguir sus consejos.
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