Escucha este cuento
Gratis · elige una vozEn el Jardín Alegre, las flores ya no cantaban y los columpios estaban mudos. ¡Qué tristeza! La alegría se había escapado, dejando un silencio aburrido. La Directora Dulce, con su delantal lleno de margaritas, estaba preocupada.
"¡Tenemos que hacer algo!", exclamó, con su voz suave como el algodón. "Los sonidos de la naturaleza han desaparecido. Sin el canto del gallo, el ladrido del perro, el croar de la rana, el trino de los pajaritos, el susurro del viento, el crujir de las hojas, el repiqueteo de la lluvia, ni el retumbo del trueno, el Jardín Alegre está… ¡silencioso!"
Tres pequeños exploradores, Sofía, Tomás y Valentina, alzaron sus manitas. "¡Nosotros iremos a buscarlos!", dijeron al unísono, con sus ojos brillantes de entusiasmo.
Sofía, la más aventurera, llevaba una mochila llena de caramelos de miel. Tomás, el más observador, tenía unos binoculares de cartón. Y Valentina, la más sensible, llevaba un cuaderno y un lápiz para dibujar todo lo que encontraran.
Así, los tres pequeños exploradores partieron en busca de los sonidos perdidos. Primero, llegaron a la granja del Tío Bartolo. El sol brillaba y las gallinas picoteaban el suelo, pero… ¡ningún gallo cantaba!
"¡Qué raro!", dijo Tomás, ajustando sus binoculares. "¿Dónde estará el gallo Kikirikí?"
Sofía ofreció un caramelo de miel a una gallina. "¿Sabes dónde está Kikirikí?", le preguntó amablemente. La gallina cacareó y señaló con su ala hacia el granero.
Dentro del granero, Kikirikí estaba sentado, triste y silencioso. "¿Qué te pasa, Kikirikí?", preguntó Valentina, con su voz dulce.
"He perdido mi voz", respondió Kikirikí, con un suspiro. "Ya no puedo cantar al amanecer."
Tomás recordó que su abuela le había contado que el jengibre era bueno para la garganta. Buscó en su mochila y sacó un pequeño trozo de jengibre confitado que su abuela le había dado. "¡Toma, Kikirikí!", le dijo. "Esto te ayudará."
Kikirikí comió el jengibre y, de repente, ¡Kikirikíííí! Su voz volvió a sonar, fuerte y clara. El Jardín Alegre sintió un pequeño latido de alegría.
Luego, los pequeños exploradores continuaron su viaje hacia la casa del perro Rufo. Rufo, normalmente juguetón y ruidoso, estaba acostado en su caseta, con la cola baja.
"¿Qué te pasa, Rufo?", preguntó Sofía, acariciando su cabeza.
"He perdido mi ladrido", gimió Rufo. "Ya no puedo ladrarle al cartero ni jugar con los niños."
Valentina recordó que a Rufo le encantaba jugar con la pelota. Sacó una pelota de tenis de su mochila y la lanzó. Rufo corrió tras ella y, sin querer, ¡Guau! Su ladrido había regresado.
El Jardín Alegre sintió otro latido de alegría, un poco más fuerte esta vez.
Los pequeños exploradores siguieron su camino hasta la laguna. Allí, la rana Renata estaba sentada sobre una hoja de nenúfar, con los ojos cerrados y sin hacer ruido.
"¿Qué te pasa, Renata?", preguntó Tomás, acercándose con cuidado.
"He perdido mi croar", suspiró Renata. "Ya no puedo cantar con mis amigas las ranas."
Sofía recordó que a Renata le encantaban las cosquillas. Le hizo cosquillas en la barriga y Renata soltó una pequeña risita… ¡Croac! ¡Croac! Su croar había vuelto.
El Jardín Alegre sintió otro latido de alegría, aún más fuerte.
Finalmente, los pequeños exploradores llegaron al bosque. Los pajaritos estaban callados, las hojas no crujían, el viento no soplaba, la lluvia no caía y el trueno no retumbaba. ¡Todo estaba en silencio!
Valentina sacó su cuaderno y su lápiz y empezó a dibujar un gran árbol con hojas brillantes, pajaritos cantando, viento soplando suavemente, lluvia cayendo alegremente y un trueno retumbando a lo lejos. Mientras dibujaba, cerró los ojos y se imaginó todos esos sonidos.
De repente, ¡Pío, pío! Los pajaritos empezaron a cantar. ¡Susurrar! El viento empezó a soplar. ¡Crujir, crujir! Las hojas empezaron a moverse. ¡Repiquetear, repiquetear! La lluvia empezó a caer. ¡Retumbar! El trueno retumbó a lo lejos.
El Jardín Alegre sintió un gran latido de alegría, ¡el más fuerte de todos! Los sonidos de la naturaleza habían regresado.
Sofía, Tomás y Valentina regresaron al Jardín Alegre. Kikirikí cantó con fuerza, Rufo ladró alegremente, Renata croó con entusiasmo, los pajaritos trinaron, el viento sopló, las hojas crujieron, la lluvia repiqueteó y el trueno retumbó a lo lejos. El Jardín Alegre volvió a estar lleno de alegría.
La Directora Dulce abrazó a los pequeños exploradores. "¡Lo lograron!", exclamó, con lágrimas de alegría en los ojos. "¡Han rescatado los sonidos del Jardín Alegre!"
Y así, el Jardín Alegre volvió a ser el lugar más feliz del mundo, gracias a la valentía y la sensibilidad de tres pequeños exploradores.
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