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Gratis · elige una vozDoña Rosa era una señora muy, muy peculiar. Vivía en una casita pequeña con un tejado rojo brillante, y le encantaba arreglar cosas. No importaba si era una gotera, una teja suelta o incluso una antena torcida, Doña Rosa siempre estaba dispuesta a subirse al tejado con su caja de herramientas.
Un día soleado, mientras los pajaritos cantaban y las mariposas revoloteaban, Doña Rosa notó que una teja de su tejado se había movido. "¡Ay, caramba!", exclamó. "No puedo permitir que esa teja se quede así. ¡Podría causar una gotera!"
Sin pensarlo dos veces, Doña Rosa sacó su escalera de madera y la apoyó contra la pared de su casa. Con mucho cuidado, comenzó a subir los escalones, llevando su caja de herramientas llena de martillos, clavos y un rollo de cinta adhesiva de colores. Llegó al tejado y, con agilidad sorprendente para su edad, se arrastró hasta la teja suelta.
"¡Aquí está la culpable!", dijo Doña Rosa, examinando la teja con atención. Parecía que un viento fuerte la había movido de su sitio. Doña Rosa sacó su martillo y un clavo, lista para arreglar el problema. Pero, ¡ay no! Justo cuando estaba a punto de clavar la teja, un gato travieso, llamado Bigotes, saltó sobre el tejado.
Bigotes era el gato del vecino, un gato gordo y perezoso al que le encantaba tomar el sol en los lugares más inesperados. Al ver a Doña Rosa, Bigotes se emocionó y corrió hacia ella, maullando alegremente. Doña Rosa se asustó con el repentino movimiento de Bigotes y, ¡ay, caramba otra vez!, perdió el equilibrio.
"¡Aaaah!", gritó Doña Rosa mientras caía del tejado. Afortunadamente, no cayó directamente al suelo. En lugar de eso, ¡cayó en un montón gigante de hojas secas que el jardinero había amontonado cerca de la casa! El montón de hojas amortiguó su caída, pero aun así, Doña Rosa estaba un poco aturdida.
Bigotes, al ver a Doña Rosa en el montón de hojas, se acercó a ella y comenzó a ronronear, frotándose contra su pierna como si nada hubiera pasado. Doña Rosa, a pesar del susto, no pudo evitar sonreír. "¡Qué gato más travieso!", dijo, sacudiéndose las hojas.
Los vecinos, al escuchar el grito de Doña Rosa, salieron corriendo de sus casas para ver qué había pasado. Vieron a Doña Rosa sentada en el montón de hojas, con Bigotes ronroneando a su lado. Al principio, se asustaron mucho, pero al ver que Doña Rosa estaba bien, comenzaron a reírse aliviados.
"¿Estás bien, Doña Rosa?", preguntó el vecino, Don Pepe, con una sonrisa.
"Sí, Don Pepe, estoy bien. Solo un poco llena de hojas", respondió Doña Rosa, riendo también.
Don Pepe y otros vecinos ayudaron a Doña Rosa a levantarse del montón de hojas. Don Pepe, que era muy bueno con las herramientas, se ofreció a arreglar la teja suelta. Doña Rosa aceptó agradecida su ayuda. Mientras Don Pepe subía al tejado con su propia escalera, Doña Rosa se sentó en una silla en su jardín, observando con atención.
Bigotes, como si supiera que había causado problemas, se acurrucó a los pies de Doña Rosa, ronroneando suavemente. Doña Rosa le acarició la cabeza y le dijo: "La próxima vez, Bigotes, ¡tendrás que tener más cuidado!"
Don Pepe arregló la teja en un abrir y cerrar de ojos. Al bajar del tejado, le dijo a Doña Rosa: "¡Listo! La teja está segura como una roca".
Doña Rosa le agradeció mucho a Don Pepe por su ayuda. Los vecinos se quedaron un rato más, charlando y riendo. Doña Rosa aprendió una valiosa lección ese día: a veces, es mejor pedir ayuda que intentar hacerlo todo sola. Y Bigotes, el gato travieso, aprendió que no siempre es buena idea saltar sobre los tejados cuando alguien está trabajando.
Al final del día, Doña Rosa se sentó en su sillón, bebiendo una taza de té caliente. Miró por la ventana y vio el tejado rojo brillante de su casa, con la teja arreglada. Sonrió y pensó: "¡Qué día tan peculiar! Pero al menos, ahora tengo una buena historia que contar". Y Bigotes, acurrucado a sus pies, ronroneó en señal de acuerdo. Desde ese día, Doña Rosa siempre pedía ayuda para arreglar su tejado, y Bigotes aprendió a tomar el sol en el jardín, lejos de las tejas sueltas y las señoras trabajadoras. La casita con el tejado rojo brillante volvió a estar en paz, y Doña Rosa y Bigotes vivieron felices para siempre… ¡o al menos hasta la próxima aventura!
Esa noche, Doña Rosa soñó que volaba por el cielo montada en Bigotes, arreglando tejados con un martillo hecho de caramelo y clavos de chocolate. ¡Fue el sueño más dulce y divertido que había tenido en mucho tiempo!
FIN
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