Escucha este cuento
Gratis · elige una vozTito era un niño muy testarudo. Le encantaba jugar al aire libre, incluso cuando el viento soplaba como un lobo hambriento y las hojas bailaban una loca danza otoñal. Su mamá, Doña Elena, siempre le decía: "Tito, ¡abrígate! Hace frío y te vas a resfriar."
Pero Tito, con su nariz respingona y sus ojos brillantes, siempre respondía: "¡Pero mamá, no tengo frío! ¡Soy fuerte como un oso!" Y salía corriendo, dejando a Doña Elena suspirando en la puerta.
Un día, el viento soplaba con más fuerza que nunca. Las nubes grises cubrían el sol y algunas gotas de lluvia traviesas ya empezaban a caer. Doña Elena le gritó desde la ventana: "¡Tito, ponte la bufanda y el gorro! ¡Por favor!"
Tito, jugando a las escondidas con su perro, Max, simplemente agitó la mano y gritó: "¡Luego, mamá!" Siguió corriendo, escondiéndose detrás de los árboles y saltando sobre los charcos. No le importaba el frío ni la lluvia. Se sentía invencible.
Esa noche, Tito no pudo dormir. Su nariz cosquilleaba y sentía un picor en la garganta. Estornudó una, dos, ¡muchas veces! "¡Achís! ¡Achís! ¡Achís!" Max, preocupado, se acurrucó a su lado en la cama. Doña Elena entró en la habitación, con cara de preocupación. "¿Qué pasa, mi niño?", preguntó.
Tito, con voz ronca, respondió: "Creo que… creo que tengo frío, mamá."
Doña Elena le tocó la frente. "¡Ay, Tito! ¡Tienes fiebre! Te dije que te abrigaras." Le preparó una taza de té caliente con miel y limón, y le puso un paño húmedo en la frente. Tito bebió el té a sorbos y se acurrucó bajo las mantas. Se sentía muy mal. El "frío" no era tan divertido como él pensaba. Era pegajoso, molesto y lo hacía sentir débil.
Al día siguiente, Tito estaba aún peor. No podía jugar, no podía correr, ni siquiera podía leer su libro favorito. Estaba atrapado en la cama, con la nariz roja y los ojos llorosos. Doña Elena lo cuidó con mucho cariño, leyéndole cuentos y cantándole canciones. Max se quedó a su lado todo el tiempo, lamiéndole la mano y moviendo la cola para animarlo.
"¿Por qué me siento tan mal, mamá?", preguntó Tito, con voz débil.
"Porque te resfriaste, Tito. No te abrigaste cuando hacía frío y ahora tu cuerpo está luchando contra los gérmenes", explicó Doña Elena.
Tito se sintió muy arrepentido. Se dio cuenta de que su mamá tenía razón. Debía haberla escuchado. "Lo siento, mamá", dijo. "Prometo que la próxima vez que haga frío, me abrigaré."
Doña Elena lo abrazó fuerte. "Lo sé, mi niño. Y pronto te sentirás mejor." Le dio un beso en la frente y le dijo que descansara.
Durante los siguientes días, Tito tuvo que quedarse en casa. Echaba mucho de menos jugar con Max y correr por el parque. Pero poco a poco, con el cuidado de su mamá y el amor de su perro, empezó a sentirse mejor. El resfriado, que él llamaba "el resfriado saltarín", porque saltaba de un estornudo a otro, empezó a desaparecer.
Un día, cuando el sol brillaba con fuerza y el viento soplaba suavemente, Tito se despertó sintiéndose completamente bien. Saltó de la cama, corrió hacia la ventana y gritó: "¡Mamá, ya estoy bien! ¡Puedo jugar!"
Doña Elena sonrió. "¡Qué bien, Tito! Pero recuerda, abrígate. Aunque haga sol, el aire aún está fresco." Le puso un chaleco ligero y le ató una bufanda alrededor del cuello.
Tito, con una sonrisa de oreja a oreja, salió corriendo al jardín. Max lo esperaba, moviendo la cola con entusiasmo. Jugaron a la pelota, corrieron por el césped y se divirtieron como nunca. Pero esta vez, Tito se aseguró de no quitarse el chaleco ni la bufanda. Había aprendido su lección.
Desde ese día, Tito siempre escuchó a su mamá. Se abrigaba cuando hacía frío y se cuidaba para no resfriarse. Porque sabía que la mejor manera de jugar y divertirse era estando sano y fuerte. Y aunque a veces se olvidaba, siempre recordaba la sensación incómoda y molesta del "resfriado saltarín", y eso era suficiente para convencerlo de ponerse el gorro y la bufanda.
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