Escucha este cuento
Gratis · elige una vozRuperto era el rey de la colina. No era un rey muy serio, la verdad. Vivía en un gran castillo de piedra gris, con torres puntiagudas que parecían querer tocar el cielo. El castillo se alzaba orgulloso al lado de un río de aguas cristalinas, un río tan alegre que todos lo llamaban el Río Risueño.
Ruperto tenía una barriga redonda de tanto comer pastel de moras, una barba blanca que le llegaba hasta las rodillas y una corona que siempre llevaba torcida. Su mayor afición era contar chistes malos a sus consejeros, quienes, por supuesto, se reían a carcajadas, aunque a veces no entendieran ni una palabra.
Un día, el Río Risueño dejó de reír. Sus aguas, que antes cantaban melodías alegres, se volvieron turbias y silenciosas. Los peces, que solían saltar y jugar entre las rocas, se escondieron en el fondo. Los niños del pueblo, que amaban chapotear en sus orillas, ya no se acercaban.
Ruperto, aunque rey de la colina y amante de los chistes, era un hombre bueno. Al ver la tristeza del río, se sintió muy preocupado. "¡Algo terrible debe estar pasando!", exclamó, con la corona aún más torcida que de costumbre.
Llamó a sus consejeros, el sabio Don Prudencio y la valiente Doña Valentina. "¡Debemos descubrir qué le pasa al Río Risueño! ¡Ya no ríe!", les dijo con voz afligida.
Don Prudencio, con sus gafas redondas y su libro de hechizos, sugirió buscar la causa en los libros antiguos. Doña Valentina, con su espada brillante y su armadura reluciente, propuso explorar las orillas del río.
Ruperto, después de pensarlo un momento (mientras comía un trozo de pastel de moras, claro), decidió que lo mejor era hacer ambas cosas. Don Prudencio se encerró en la biblioteca del castillo, rodeado de pergaminos y polvo. Doña Valentina, montada en su fiel caballo Rocinante, partió río arriba. Y Ruperto… bueno, Ruperto decidió acompañar a Doña Valentina, pero en un carro tirado por seis ponis rechonchos. No era muy valiente, pero sí muy persistente.
Después de un largo viaje, llegaron a un lugar donde el río se estrechaba y se adentraba en un bosque oscuro. Allí encontraron a un viejo leñador, sentado en un tronco, con la cabeza entre las manos.
"¿Qué ocurre, buen hombre?", preguntó Ruperto, bajándose con dificultad del carro. "¿Por qué el Río Risueño está tan triste?"
El leñador levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas. "Es la bruja Berta", dijo con voz temblorosa. "Ha lanzado un hechizo sobre el río. Dice que le molestaba su risa."
Ruperto se puso pálido. La bruja Berta era famosa por sus malas pulgas y sus hechizos malvados. Doña Valentina desenvainó su espada, lista para luchar. Pero Ruperto tuvo una idea (¡sorprendente!).
"No podemos luchar contra ella", dijo Ruperto. "Es demasiado poderosa. Pero… ¡quizás podamos hacerla reír!"
Doña Valentina y el leñador lo miraron con incredulidad. "¿Hacer reír a la bruja Berta? ¡Es imposible! ¡Nunca sonríe!"
Pero Ruperto, rey de la colina y maestro de los chistes malos, no se rindió. Se acercó a la entrada del bosque, donde se suponía que vivía la bruja, y comenzó a contar chistes.
Contó chistes de calabazas, de fantasmas, de dragones que estornudaban fuego. Contó chistes tan malos, tan absurdos, tan ridículos, que Doña Valentina y el leñador no pudieron evitar reírse. Incluso Rocinante relinchó con una risita equina.
De repente, se escuchó una risa. Una risa seca, áspera, como el crujido de una rama seca. Era la bruja Berta.
Salió del bosque, con el pelo enmarañado y la nariz torcida. Pero en su rostro, ¡oh, milagro!, había una sonrisa. Una sonrisa pequeña, tímida, pero una sonrisa al fin y al cabo.
"¡Basta, basta!", dijo la bruja, secándose una lágrima con el dorso de la mano. "¡Esos chistes son horribles! ¡Pero no puedo evitar reírme!"
"Entonces, ¿levantarás el hechizo del Río Risueño?", preguntó Ruperto, con la corona a punto de caerse.
La bruja Berta asintió. "Sí, lo levantaré. Pero a cambio, ¡tendrás que venir a contarme chistes todos los martes!"
Ruperto aceptó encantado. La bruja Berta deshizo el hechizo y el Río Risueño volvió a cantar y a reír. Los peces volvieron a saltar y los niños volvieron a chapotear en sus orillas.
Y así, Ruperto, el rey de la colina, siguió contando chistes malos, pero ahora no solo a sus consejeros, sino también a la bruja Berta. Y aunque sus chistes seguían siendo horribles, al menos servían para hacer reír a la gente (y a los ríos). Y esa, al fin y al cabo, era la mejor magia de todas.
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