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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño bueno, pero últimamente estaba muy triste. Sus ojos, que antes brillaban como dos estrellas, ahora parecían dos charcos grises. Ya no le apetecía jugar con sus amigos, ni comer su postre favorito, ni siquiera dibujar sus adorados dragones. Simplemente, se sentaba en la ventana, mirando al mundo pasar con una melancolía que no correspondía a su edad.
Un día, su abuela, una mujer sabia con arrugas que contaban historias, le dijo: "Mateo, ¿por qué no vas al río? Dicen que el río tiene el poder de llevarse las tristezas".
Mateo, sin mucha convicción, aceptó la sugerencia. Se despidió de su abuela y caminó lentamente hacia el río. El camino era polvoriento y el sol brillaba con fuerza, pero Mateo apenas lo notaba. Su corazón era una piedra pesada que le impedía disfrutar del paisaje.
Cuando llegó al río, se sentó en una roca grande, observando el agua fluir. El río era ancho y profundo, con un murmullo constante que parecía susurrar secretos. A lo lejos, vio un grupo de caballos bebiendo agua, sus crines ondeando al viento. Eran hermosos y libres, pero Mateo no sentía envidia, solo más tristeza.
De repente, vio a una mujer sentada en la orilla opuesta, con una caña de pescar en la mano. Parecía tranquila y concentrada, ajena al mundo que la rodeaba. Mateo la observó durante un rato, preguntándose qué estaría pensando.
Más adelante, río abajo, vio a un grupo de niños jugando. Reían, corrían y se salpicaban agua. Sus gritos de alegría resonaban en el aire, creando una melodía alegre y contagiosa. Mateo sintió una punzada de envidia. Él también quería sentirse así, libre y feliz.
Mientras observaba a los niños, un autobús escolar pasó por la carretera cercana. Era un autobús amarillo brillante, lleno de niños que cantaban a coro. Mateo recordó los días en que él también cantaba en el autobús, riendo con sus amigos y contando chistes. Ahora, esos días parecían lejanos y borrosos.
Mateo suspiró profundamente y lanzó una pequeña piedra al río. La piedra se hundió rápidamente, desapareciendo en la profundidad del agua. Pensó en su tristeza, en cómo lo estaba consumiendo por dentro. Deseaba poder deshacerse de ella tan fácilmente como se había deshecho de la piedra.
De repente, la mujer que pescaba gritó: "¡Lo tengo!" Tiró de su caña con fuerza y sacó un pez plateado del agua. El pez se retorcía y brillaba al sol. La mujer sonrió con satisfacción y lo metió en su cesta.
Mateo sintió curiosidad y se acercó a la mujer. "¿Qué vas a hacer con el pez?" le preguntó.
La mujer lo miró con una sonrisa amable. "Lo voy a llevar a casa para cenar", respondió. "¿Te gustaría verlo más de cerca?"
Mateo asintió tímidamente. La mujer le mostró el pez. Era un pez hermoso, con escamas brillantes y ojos grandes y redondos. Mateo nunca había visto un pez tan de cerca.
"¿Sabes?", dijo la mujer, "a veces, la vida se siente como este río. A veces es tranquila y apacible, y otras veces es turbulenta y agitada. Pero siempre sigue fluyendo, siempre sigue avanzando".
"Y a veces", continuó, "te sientes como este pez. Atrapado y asustado. Pero incluso entonces, hay esperanza. Siempre hay una oportunidad de escapar, de encontrar la libertad".
Mateo escuchó atentamente las palabras de la mujer. Sintió que algo se movía dentro de él, una pequeña chispa de esperanza. La mujer le devolvió el pez a la cesta y le sonrió.
"¿Por qué estás tan triste, niño?", le preguntó.
Mateo dudó por un momento, pero luego decidió contarle a la mujer sobre su tristeza. Le contó sobre cómo ya no disfrutaba de nada, sobre cómo se sentía solo y perdido.
La mujer lo escuchó con paciencia, sin interrumpirlo. Cuando Mateo terminó de hablar, la mujer le dijo: "La tristeza es como una sombra. Siempre está ahí, pero no tiene que controlarte. Puedes aprender a vivir con ella, a superarla".
"¿Cómo?", preguntó Mateo, con los ojos llenos de esperanza.
"Tienes que encontrar algo que te haga feliz", respondió la mujer. "Algo que te haga sentir vivo. Algo que te haga sonreír".
Mateo pensó en lo que la mujer había dicho. Pensó en sus dragones, en sus amigos, en su familia. Se dio cuenta de que todavía había muchas cosas en su vida que lo hacían feliz. Simplemente, había dejado que la tristeza lo cegara.
"Creo que sé qué hacer", dijo Mateo, con una sonrisa tímida.
Se despidió de la mujer y corrió hacia los niños que jugaban en el río. Se unió a ellos, riendo y salpicándose agua. Por primera vez en mucho tiempo, sintió la alegría correr por sus venas. La tristeza todavía estaba allí, pero ya no lo controlaba.
Esa tarde, Mateo regresó a casa con una sonrisa en el rostro. Le contó a su abuela sobre su día en el río y sobre la mujer que pescaba. Su abuela sonrió y le dijo: "Te lo dije, el río tiene el poder de llevarse las tristezas".
Mateo sabía que su tristeza no había desaparecido por completo, pero ahora tenía la esperanza de que algún día, podría superarla. Y sabía que, incluso en los días más oscuros, siempre podría encontrar la alegría en las pequeñas cosas de la vida, como el murmullo del río, la risa de los niños y la amabilidad de una extraña.
Y así, Mateo aprendió que la tristeza es parte de la vida, pero que también lo es la alegría. Y que, a veces, todo lo que necesitas es un río, unos caballos, una mujer pescando, unos niños jugando y un autobús escolar para recordarte que la vida es hermosa y que siempre vale la pena sonreír.
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