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Era una tarde de martes en la Escuela Primaria de los Girasoles, y el sol brillaba con una intensidad dorada sobre el patio central. José, Liliana y Nair estaban sentados en un banco de madera, rodeados de libros de texto y cuadernos abiertos. Tenían una misión difícil: estudiar los verbos irregulares para el examen del día siguiente. Sin embargo, las palabras parecían saltar de las páginas, confundiéndolos a cada paso.
—No lo entiendo —suspiró Liliana, pasando una mano por su cabello rizado—. ¿Por qué no podemos decir 'yo sabí' en lugar de 'yo supe'? ¡Sería mucho más sencillo!
José asintió, frustrado. —O 'yo hací' en lugar de 'yo hice'. Es como si las palabras tuvieran mente propia y decidieran cambiar de forma solo para molestarnos.
Nair, que siempre era la más observadora, levantó la mano para pedir silencio. —¡Escuchen! —susurró—. ¿Oyen eso?
Desde algún lugar del patio, una melodía suave empezó a flotar en el aire. No era una canción que hubieran escuchado antes. Era una mezcla de un saxofón juguetón, una guitarra rítmica y un tambor que latía como un corazón. La música no venía de los altavoces de la escuela, sino que parecía brotar de los arbustos y de los rayos de sol.
De repente, un hombre mayor con un sombrero de paja y un chaleco lleno de notas musicales bordadas apareció caminando por el pasillo. Llevaba una radio antigua que emitía esa música maravillosa. Se detuvo frente a los niños y les guiñó un ojo.

—La gramática es como el jazz, mis pequeños amigos —dijo el hombre con una voz que sonaba a miel y madera—. Si intentas seguir solo las reglas rígidas, te pierdes la belleza del ritmo. Los verbos irregulares son las notas azules del idioma; son las sorpresas que hacen que hablar sea una danza.
Los niños se miraron, asombrados. El hombre subió el volumen de su radio. De repente, la música cambió. El tambor marcó un ritmo fuerte: ¡PUM-ba-PUM!
—¡Digan conmigo! —exclamó el músico—. ¡Yo TENGO, pero ayer yo TUVE! ¡Yo VENGO, pero ayer yo VINE!
Liliana, impulsada por el ritmo, empezó a dar palmaditas en sus rodillas. —¡Yo tengo, yo tuve! ¡Yo vengo, yo vine! —cantó ella, siguiendo la melodía del saxofón. Se dio cuenta de que, al cantar, la irregularidad del verbo no se sentía como un error, sino como un giro elegante en una canción.
José se puso de pie y empezó a marcar el paso con sus pies. —¡Yo DIGO, yo DIJE! ¡Yo TRAIGO, yo TRAJE! —gritó con una sonrisa. Cada vez que pronunciaba un verbo irregular, una nota musical de color brillante salía de su boca y flotaba en el aire del patio.
Nair se unió al baile. —¡Yo QUEPO, yo CUPE! ¡Yo SÉ, yo SUPE! —exclamó mientras giraba. Las palabras ya no eran enemigos en un papel blanco; ahora eran compañeras de baile. El patio de la escuela se transformó en un escenario vibrante. Otros niños se asomaron por las ventanas de los salones, contagiados por la alegría de los tres amigos.

El músico del sombrero de paja comenzó a tocar una flauta invisible que sonaba en perfecta armonía con la radio. —Recuerden —les dijo mientras desaparecía lentamente entre los árboles del patio—, la irregularidad es lo que nos hace únicos. No teman a los cambios, abrácenlos como abrazan una buena canción.
Cuando la música finalmente se desvaneció, el patio volvió a su calma habitual. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos rosados y violetas. José, Liliana y Nair se sentaron de nuevo en el banco, pero esta vez no tenían el ceño fruncido.
—¿Saben? —dijo Nair, cerrando su cuaderno—. Creo que nunca olvidaré el verbo 'caber'. El ritmo de 'yo quepo' todavía suena en mi cabeza como un pequeño tambor.
—Y yo ya no tengo miedo de 'hacer' —añadió José—. 'Hice' suena como un paso de baile final, muy firme y seguro.
Liliana recogió sus lápices, sintiéndose ligera y feliz. —Mañana en el examen, en lugar de escribir, voy a tararear las respuestas en mi mente. Los verbos irregulares ya no son un misterio, son nuestra propia música.
Los tres amigos regresaron a casa caminando al unísono, marcando un ritmo secreto con sus zapatos sobre la acera, sabiendo que el lenguaje, al igual que la vida, es mucho más divertido cuando te atreves a bailar fuera de las líneas marcadas.
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