Escucha este cuento
Gratis · elige una vozManuel amaba los robots. Tenía robots que caminaban, robots que bailaban y robots que hacían luces. Pero su robot favorito, por lejos, era Rosita. Rosita no era un robot nuevo, ni siquiera era muy sofisticado. Era un robot pequeño, de plástico rosado, con un solo botón en su pecho. Cuando presionabas el botón, Rosita decía, con una voz ligeramente chirriante: "¡Hola! ¡Soy Rosita! ¡Juguemos!"
Manuel había tenido a Rosita desde que era muy pequeño. Su abuela se la había regalado en su quinto cumpleaños. Al principio, Manuel jugaba con Rosita todo el tiempo. La llevaba al parque, le contaba historias y hasta le preparaba la cena (pequeñas porciones de plastilina, por supuesto). Pero a medida que Manuel crecía, sus intereses cambiaban. Los videojuegos se volvieron más emocionantes, los deportes más desafiantes, y Rosita, poco a poco, fue quedando olvidada en el fondo de la caja de juguetes.
Un día, Manuel estaba ordenando su habitación. La caja de juguetes estaba desbordada, llena de cosas que ya no usaba. "Tengo que deshacerme de algunas cosas," pensó Manuel. Empezó a sacar juguetes, separando los que podía donar de los que estaban demasiado rotos. De repente, allí estaba Rosita, cubierta de polvo y con una antena ligeramente doblada. Manuel la tomó en sus manos y sintió una punzada de nostalgia.
Presionó el botón. Nada. Lo presionó de nuevo. Silencio. "Oh, no," pensó Manuel. "La batería se ha agotado." Se sintió un poco triste. Recordó las horas que había pasado jugando con Rosita, inventando aventuras y riendo con su voz chirriante. Decidió que no podía simplemente tirarla. "La voy a arreglar," se dijo a sí mismo.
Manuel fue a la cocina y le pidió a su mamá que le ayudara a cambiar la batería de Rosita. Su mamá, siempre dispuesta a ayudar, buscó un destornillador pequeño y una batería nueva. Juntos, abrieron la parte de atrás de Rosita y reemplazaron la batería vieja. Manuel contuvo la respiración y presionó el botón.
"¡Hola! ¡Soy Rosita! ¡Juguemos!" dijo Rosita con su voz familiar. Manuel sonrió de oreja a oreja. "¡Funciona!" exclamó.
En ese momento, su prima Sofía entró en la habitación. Sofía tenía la misma edad que Manuel y siempre estaban compitiendo por todo. "¿Qué es eso?" preguntó Sofía, señalando a Rosita.
"Es mi robot, Rosita," respondió Manuel.
Sofía se acercó y examinó a Rosita con detenimiento. "Es viejo y feo," dijo con desdén. "Yo tengo un robot mucho mejor, con luces y sonido y que hasta habla varios idiomas."
Manuel sintió un pinchazo de orgullo herido. "Rosita es especial," dijo. "La tengo desde que era muy pequeño."
"Bah," dijo Sofía. "Es solo un juguete. ¿Por qué no me lo das? Seguro que yo le daría un mejor uso."
Manuel frunció el ceño. "No, no te lo voy a dar," dijo. "Rosita es mío."
"¡Pero yo lo quiero!" gritó Sofía. "¡Siempre te quedas con todo lo bueno!"
"No es cierto," respondió Manuel. "Y aunque lo fuera, Rosita es mío y no te lo voy a dar."
Sofía cruzó los brazos y puso cara de enfado. "¡Eres muy egoísta, Manuel!" dijo. "¡No quieres compartir nada con nadie!"
Manuel se sintió mal. No quería ser egoísta. Pero tampoco quería darle Rosita a Sofía. Era su robot, su amigo, parte de su infancia. Se quedó pensando un momento. Entonces, tuvo una idea.
"Sofía," dijo, "¿quieres jugar con Rosita?"
Sofía lo miró con sorpresa. "¿En serio?" preguntó.
"Sí," dijo Manuel. "Podemos jugar juntos. Podemos inventar historias y construirle una casa de cartón."
Sofía sonrió. "¡Sí! ¡Me gusta esa idea!" dijo.
Juntos, Manuel y Sofía pasaron la tarde jugando con Rosita. Le construyeron una casa de cartón, le hicieron un collar de cuentas y hasta le cantaron una canción. Manuel se dio cuenta de que compartir a Rosita con Sofía no lo hacía menos especial. Al contrario, lo hacía aún más divertido.
Al final del día, Sofía le dio un abrazo a Manuel. "Gracias por dejarme jugar con Rosita," dijo. "Es un robot muy divertido."
Manuel sonrió. "De nada," dijo. "Quizás mañana podamos jugar de nuevo."
Esa noche, Manuel guardó a Rosita en su caja de juguetes, pero esta vez no la dejó en el fondo. La puso en la parte superior, para que fuera lo primero que viera al abrir la caja al día siguiente. Sabía que Rosita siempre sería su robot especial, pero ahora también era un robot para compartir con su prima Sofía. Y eso, pensó Manuel, era aún mejor.
Manuel aprendió que a veces, compartir algo que amas no significa perderlo, sino hacerlo aún más valioso. Rosita, el robot rosado con una voz chirriante, le enseñó a Manuel una valiosa lección sobre la amistad y la generosidad.
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