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Había una vez, en un rincón escondido del mundo, una ciudad llamada Villa Lío. En Villa Lío no existía ni una sola regla. Los niños desayunaban helado de chocolate sobre los tejados, los carruajes circulaban en todas direcciones al mismo tiempo y nadie sabía nunca a qué hora abrirían las tiendas. A primera vista, parecía divertido, pero la verdad es que los habitantes estaban agotados. Si alguien plantaba un jardín, otro caminaba sobre las flores sin querer; si alguien quería dormir, el vecino decidía tocar la trompeta a medianoche.
Un día, caminando por el sendero de los sauces, llegó un hombre de aspecto amable, con una casaca sencilla y ojos que brillaban con curiosidad. Su nombre era Jean-Jacques Rousseau. Al entrar en Villa Lío, tuvo que saltar para esquivar un pastel que volaba por los aires y luego se hizo a un lado cuando un grupo de patos cruzó la calle principal persiguiendo a un panadero.
—¡Vaya alboroto! —exclamó Jean-Jacques con una sonrisa paciente.
Los ciudadanos se acercaron a él. Estaban cansados de los malentendidos. Un hombre llamado Thomas, que venía de una ciudad vecina muy estricta, gritó:
—¡Esto es un desastre! Un viejo amigo mío, el señor Hobbes, siempre decía que los seres humanos somos malvados por naturaleza. Decía que somos como lobos para otros hombres y que solo un rey muy fuerte con un látigo puede obligarnos a portarnos bien. ¡Necesitamos un jefe que nos mande!

Jean-Jacques negó con la cabeza suavemente y se sentó en un banco de madera bajo el gran roble de la plaza.
—Querido Thomas, mi amigo Hobbes estaba un poco equivocado —dijo Rousseau con voz melodiosa—. Yo creo que el hombre es bueno por naturaleza. Mirad a vuestro alrededor: no os peleáis porque seáis malos, sino porque estáis perdidos. Sois como hermosas flores silvestres que crecen en un campo sin guía. El problema no es vuestro corazón, sino que habéis olvidado cómo vivir juntos.
Los niños y adultos se sentaron en la hierba, fascinados. Rousseau les explicó que, en el principio de los tiempos, los humanos eran libres y felices en la naturaleza. Pero al empezar a vivir en grupos, las cosas se complicaron.
—No necesitamos a un rey que nos asuste —continuó Jean-Jacques—. Lo que necesitamos es un 'Contrato Social'.
—¿Un contrato? —preguntó una niña llamada Sofía—. ¿Como un papel aburrido lleno de firmas?

—No exactamente, pequeña Sofía —respondió el sabio—. El Contrato Social es una Gran Promesa. Es cuando todos decidimos, por voluntad propia, unir nuestras fuerzas. En lugar de que cada uno haga lo que quiera sin pensar en el otro, todos nos ponemos de acuerdo en reglas que nosotros mismos inventamos. Al obedecer esas reglas, no estamos perdiendo nuestra libertad, ¡al contrario! Estamos ganando una libertad mucho mejor: la libertad de vivir en paz.
Rousseau les explicó que la 'Voluntad General' era como el director de una orquesta. Cada músico es libre de tocar su instrumento, pero si todos siguen la misma partitura, crean una música maravillosa en lugar de solo ruido.
—Si todos prometemos no pisar las flores del vecino —ejemplificó Jean-Jacques—, entonces todos podremos disfrutar de jardines hermosos. No lo hacemos por miedo al castigo, sino porque amamos la armonía.
Los habitantes de Villa Lío empezaron a hablar entre ellos. Se dieron cuenta de que Rousseau tenía razón. No eran lobos; eran vecinos que querían ser felices. Esa misma tarde, se reunieron en la plaza y redactaron su Gran Promesa. Decidieron que las calles tendrían sentidos para circular, que la música alta tendría su horario y que todos ayudarían a cuidar el parque.
Con el tiempo, Villa Lío cambió su nombre a Villa Armonía. Ya no necesitaban a nadie que les gritara qué hacer, porque cada ciudadano llevaba la ley en su propio corazón, sabiendo que al cuidar a los demás, se cuidaban a sí mismos. Jean-Jacques Rousseau se despidió una mañana soleada, dejando tras de sí una ciudad donde la libertad y el respeto caminaban de la mano, demostrando que somos buenos por naturaleza cuando elegimos vivir en comunidad.
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