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Sofía tenía un corazón tan grande como un melón. Cada día, su mamá le preparaba un bocadillo delicioso: a veces de jamón y queso, otras de crema de cacahuete y plátano, ¡incluso uno especial con nutella los viernes! Pero casi nunca lo probaba. ¿Por qué? Por Miguel. Miguel era un niño de su clase que nunca, jamás, tenía almuerzo.
Al principio, Sofía sintió mucha pena. Lo veía con la mirada triste durante el recreo, observando a los demás niños comiendo. Así que, sin pensarlo dos veces, la primera vez que lo vio así, le ofreció la mitad de su sándwich. Miguel lo devoró en segundos, dándole las gracias con una sonrisa tímida.
Al día siguiente, Miguel volvió a no tener almuerzo. Y Sofía, sin que él se lo pidiera, le ofreció su bocadillo entero. Y al día siguiente, y al siguiente… Se convirtió en una rutina. Sofía llegaba al colegio, Miguel la esperaba con cara de hambre, y ella, generosa, le entregaba su almuerzo. Ella se quedaba con el estómago vacío, sintiendo un pequeño gruñido que intentaba ignorar.
Al principio, no le importaba mucho. Pensaba que era bueno ayudar. Pero con el tiempo, el hambre empezó a molestarle. Se sentía cansada y con poca energía para jugar en el recreo. Además, veía que Miguel, después de comerse SU bocadillo, jugaba al fútbol como si nada, sin acordarse ni un poquito de su sacrificio.
Un día, Sofía le preguntó a Miguel: "¿Por qué nunca traes almuerzo? ¿No tienes dinero?"
Miguel se encogió de hombros. "Mi mamá siempre dice que se le olvida. Pero no pasa nada, ¡tú siempre me das el tuyo!"
La respuesta de Miguel hizo que a Sofía se le revolviera el estómago, pero no de hambre. Empezaba a sospechar que algo no iba bien. Parecía que Miguel se aprovechaba de su bondad.
Esta situación no pasó desapercibida para Valentina, la mejor amiga de Sofía. Valentina era observadora y muy inteligente. Un día, durante la clase de dibujo, Valentina le susurró a Sofía: "¿Sabes? He notado que siempre le das tu almuerzo a Miguel."
Sofía asintió, con la mirada baja. "Sí, es que él nunca trae."
Valentina la miró fijamente. "¿Y tú qué comes?"
Sofía se encogió de hombros otra vez. "Nada… Aguanto hasta llegar a casa."
Valentina frunció el ceño. "¡Pero eso no está bien, Sofía! Es muy generoso que quieras ayudar a Miguel, pero también tienes que cuidarte a ti misma. ¿Has hablado con él sobre esto?"
Sofía negó con la cabeza. Le daba miedo enfrentarse a Miguel y que la dejara de lado.
Valentina suspiró. "Mira, Sofía, creo que Miguel se está aprovechando de tu bondad. No es justo que tú pases hambre para que él pueda jugar al fútbol con la barriga llena. Tienes que hablar con él y decirle que esto no puede seguir así."
Las palabras de Valentina resonaron en la cabeza de Sofía. Tenía razón. Ella también merecía comer y tener energía para jugar.
Al día siguiente, Sofía preparó un plan con Valentina. Fueron juntas a la tienda antes de entrar a clase y compraron dos manzanas rojas y jugosas. Sofía guardó una para ella y le dio la otra a Valentina.
Cuando Miguel se acercó a Sofía con su cara de hambre habitual, Sofía respiró hondo y le dijo: "Miguel, hoy no te voy a dar mi almuerzo."
Miguel la miró sorprendido. "¿Por qué no?"
"Porque yo también tengo hambre. Y necesito comer para tener energía."
Miguel cruzó los brazos y puso cara de enfado. "Pero tú siempre me das tu bocadillo. ¡Es lo que haces!"
Sofía se armó de valor. "Ya no más, Miguel. No es justo para mí. Necesitas hablar con tu mamá para que te prepare un almuerzo."
Miguel se quedó callado, mirando al suelo. Valentina, que estaba a su lado, le ofreció la manzana que había comprado. "Toma, Miguel. Puedes comer esto hoy. Pero mañana, debes traer tu propio almuerzo."
Miguel aceptó la manzana sin decir nada. Durante el recreo, Sofía y Valentina se sentaron juntas y comieron sus manzanas. Sofía sintió un gran alivio. Ya no tenía el estómago vacío y se sentía con más energía para jugar.
Al día siguiente, para sorpresa de todos, Miguel llegó con un pequeño bocadillo de queso. No era tan grande ni tan delicioso como los que preparaba la mamá de Sofía, pero era suyo. Y Sofía, al verlo, sintió una gran alegría. Había aprendido que ayudar a los demás es importante, pero también lo es cuidarse a uno mismo y no dejar que nadie se aproveche de su bondad. Y Miguel, por fin, había aprendido a ser responsable de su propio almuerzo. Desde ese día, Sofía y Miguel compartieron juegos y risas, pero cada uno comía su propio bocadillo. Y a veces, solo a veces, Sofía compartía un trocito de su postre, ¡pero solo si Miguel lo pedía con educación y agradecimiento!
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