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Gratis · elige una vozSofía, una niña con coletas color zanahoria y ojos como dos canicas azules, amaba su escuela, la Escuela Arcoíris. No solo porque las paredes estaban pintadas con todos los colores del arcoíris, sino porque cada día era una aventura nueva. Pero este día era diferente. Sofía sentía un cosquilleo en la barriga, una mezcla de emoción y un poquito de miedo. Hoy era el día de “Muestra y Cuenta”, y Sofía no sabía qué mostrar.
Todos sus compañeros habían preparado cosas increíbles. Mateo traería su colección de piedras brillantes, Lucía mostraría su robot que bailaba salsa, y Carlos, ¡Carlos traería a su hámster, Don Bigotes! Sofía no tenía nada tan espectacular. Su casa era normal, su familia era normal, y ella… ella era solo Sofía.
Mientras caminaba por el pasillo, oyó al Señor Pérez, el conserje, tarareando una melodía alegre. El Señor Pérez siempre tenía una sonrisa amable y un consejo sabio. “Buenos días, Sofía,” saludó el Señor Pérez. “¿Lista para el gran día?”
Sofía negó con la cabeza. “No tengo nada para mostrar, Señor Pérez. Todos los demás tienen cosas asombrosas.”
El Señor Pérez sonrió. “A veces, Sofía, las cosas más valiosas son las que no se ven a simple vista. ¿Qué te hace especial, Sofía? ¿Qué te gusta hacer?”
Sofía pensó. Le gustaba leer, le gustaba dibujar, le gustaba… contar historias. Siempre inventaba historias para su hermana pequeña, Elena, antes de dormir. Historias de dragones amigables, princesas astronautas y animales que hablaban idiomas raros.
“Me gusta contar historias,” dijo tímidamente Sofía.
El Señor Pérez asintió. “¡Ah! ¡Un tesoro! ¿Por qué no compartes una de tus historias con tus compañeros?”
La idea asustó a Sofía. Contar una historia frente a toda la clase… ¡era aterrador! Pero la sonrisa alentadora del Señor Pérez le dio un poquito de valor.
Cuando llegó el momento de “Muestra y Cuenta”, Sofía se sentía como si tuviera mariposas gigantes bailando la conga en su estómago. Mateo mostró sus piedras brillantes, Lucía hizo bailar a su robot, y Carlos presentó a Don Bigotes, quien se durmió inmediatamente.
Finalmente, la maestra, la Señorita Elena (curiosamente, se llamaba igual que la hermana de Sofía), llamó a Sofía. Sofía sintió que sus piernas temblaban mientras caminaba hacia el frente de la clase. Tomó una respiración profunda y miró a sus compañeros. Todos la miraban con curiosidad.
“Yo… yo no tengo nada que mostrar,” comenzó Sofía, con la voz temblorosa. “Pero puedo contarles una historia.”
Respiró hondo otra vez, y comenzó a contar. Contó la historia de una niña llamada Luna que vivía en una estrella y viajaba por el universo en una nave espacial hecha de algodón de azúcar. Luna conocía a un dragón verde que escupía chispas de colores y a una princesa astronauta que recolectaba constelaciones para decorar su castillo espacial.
Mientras contaba la historia, Sofía se olvidó de sus miedos. Se transportó a ese universo mágico y llevó a sus compañeros con ella. Su voz se volvió más fuerte y segura, y sus ojos brillaban con la emoción de la historia.
Cuando terminó, la clase entera estaba en silencio. Luego, estallaron en aplausos. ¡Les había encantado la historia de Luna! Incluso Don Bigotes se había despertado y la miraba con sus pequeños ojos brillantes.
La Señorita Elena sonrió. “¡Qué historia tan maravillosa, Sofía! Tienes un talento increíble.”
Mateo, con sus piedras brillantes, se acercó a Sofía. “Tu historia fue mejor que mis piedras,” dijo. “¿Puedes contarnos otra mañana?”
Lucía, con su robot bailarín, asintió. “Sí, por favor! Quiero saber qué pasa con Luna y el dragón verde.”
Sofía sonrió. Ya no sentía miedo. Se dio cuenta de que no necesitaba nada especial para mostrar. Su imaginación era suficiente. Su secreto brillante era su capacidad para crear mundos mágicos con sus palabras.
Esa tarde, cuando Sofía regresó a casa, le contó a su hermana Elena todo sobre su día en la Escuela Arcoíris. Y esa noche, antes de dormir, le contó una nueva historia, una historia sobre una niña que descubrió su propio secreto brillante y lo compartió con el mundo. Y esa niña, por supuesto, era Sofía.
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