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Gratis · elige una vozYo tenía dieciséis años, ¡casi una adulta! Pero por dentro, me sentía como un pollito recién salido del cascarón, ¡muy, muy tímida! Me ponía roja como un tomate solo si alguien decía mi nombre fuerte. Si me preguntaban algo de repente, ¡tartamudeaba como un robot averiado! No sabía dónde poner mis manos, qué decir, ¡y mucho menos qué hacer con mis sentimientos!
Y mi primer novio… bueno, él era igualito a mí. ¡Tal vez hasta más tímido! Se llamaba Pablo, y tenía el pelo castaño y unos ojos grandes y amables.
Estudiábamos juntos desde hacía años. Compartíamos clases de matemáticas (¡qué aburrimiento!), recreos jugando al escondite con los más pequeños, profes que hablaban y hablaban sin parar (¡zzzz!) y cafés aguados de la cantina. Pero nunca nos habíamos hablado mucho. Nos mirábamos de lejos, como si fuéramos personajes de una película muda, ¡sin decir ni una palabra!
Un día, en el último año de bachillerato, alguien —no recuerdo quién, ¡quizás Sofía, la más charlatana de la clase!— dijo algo sobre nosotros. No sé qué dijo exactamente, pero de pronto, ¡éramos novios!
Aunque, la verdad, no sabíamos muy bien qué significaba eso de ser novios. ¿Teníamos que darnos besos? ¿Ir al cine agarrados de la mano? ¡Nos daba mucha vergüenza solo pensarlo!
Nuestro “noviazgo” era un secreto a voces. Un acuerdo silencioso de caminar juntos hasta la casa después de clase. Pablo vivía a solo dos calles de la mía, así que el paseo era corto, ¡pero muy emocionante! Nos mandábamos mensajitos por las noches (largos, absurdos, llenos de preguntas que no sabíamos cómo responder). Preguntas como “¿Qué tal tu día?” o “¿Te gusta el helado de fresa?”. ¡Qué complicado era todo!
Pero lo que más hacíamos era pasar horas tomados de la mano. ¡Ah, las manos! Ese era nuestro mayor problema, y también nuestra mayor alegría. Nuestras palmas sudaban mucho, ¡muchísimo! Parecía que teníamos pequeñas fuentes de agua en las manos. Al principio, intentábamos secarnos disimuladamente en los pantalones, pero después, nos dio igual. Dejamos que las manos sudaran, ¡y nos sentimos más cerca que nunca!
Era como si estuviéramos explorando un mundo nuevo, un mundo lleno de mariposas en el estómago y cosquillas en el corazón. Un mundo en el que cualquier cosa podía salir mal, ¡como tropezarse y caerse delante de todos! Y eso nos daba tanto miedo como emoción.
Un día, estábamos sentados en el parque, tomados de la mano, con las palmas sudadas como siempre. Un grupo de niños jugaba a la pelota cerca de nosotros. De repente, la pelota salió rodando hacia nosotros, ¡y aterrizó justo en los pies de Pablo!
Pablo se puso rojo como un tomate. Se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Yo también me puse nerviosa. ¡Todos nos estaban mirando!
Uno de los niños se acercó corriendo. Era un niño pequeño, con pecas en la nariz y una sonrisa traviesa. “¡Por favor, señor, puede pasarnos la pelota?”, dijo el niño.
Pablo abrió la boca para decir algo, pero no le salió ni una palabra. Tartamudeó un poco y señaló la pelota con la mano libre.
Yo, que también estaba muy nerviosa, me armé de valor. Respiré hondo y le dije al niño: “¡Claro que sí! Aquí tienes”. Recogí la pelota y se la lancé con cuidado.
El niño me sonrió. “¡Gracias!”, dijo. Y salió corriendo de vuelta con sus amigos.
Pablo y yo nos quedamos mirando. Nos reímos un poco, nerviosos. Y entonces, pasó algo sorprendente. Pablo apretó mi mano con más fuerza que nunca. Y me dijo, con una voz suave pero clara: “Gracias, Ana”.
Era la primera vez que me decía mi nombre con tanta seguridad. Y era la primera vez que me sentía tan valiente.
Desde ese día, las cosas empezaron a cambiar un poco. Seguíamos siendo tímidos, claro, pero ya no nos daba tanto miedo. Empezamos a hablar más, a reírnos más, a compartir nuestros secretos más profundos. Descubrimos que, aunque éramos muy diferentes, también teníamos mucho en común.
Y aunque nuestras manos seguían sudando, ¡ya no nos importaba tanto! Porque sabíamos que esas manos sudadas eran el símbolo de nuestra amistad, de nuestro amor, y de nuestra valentía para enfrentar el mundo juntos.
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