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Era una mañana radiante en la ciudad de Burgos. Las campanas de la majestuosa catedral gótica repicaban con una alegría especial, anunciando que las fiestas de San Pedro y San Pablo, los famosos 'Sampedros', finalmente habían comenzado. El aire olía a morcilla recién hecha, a flores frescas y a esa emoción indescriptible que solo se siente cuando la ciudad entera se viste de gala.
Mateo, un niño de ocho años con los ojos llenos de curiosidad, caminaba de la mano de su abuelo por el Paseo del Espolón. Llevaba puesto su pañuelo rojo, el símbolo de las fiestas, anudado con orgullo al cuello. Pero Mateo no buscaba los puestos de dulces ni las barracas; sus ojos buscaban a los protagonistas más queridos de Burgos: los Gigantones y los Gigantillos.
—Abuelo, ¿es verdad que los Gigantillos bailan solos cuando nadie los mira? —preguntó Mateo con un susurro.
El abuelo sonrió, ajustándose la boina. —En estas fiestas, Mateo, la magia está en cada rincón. Solo hay que saber observar con el corazón.
De repente, una marea de gente entusiasmada los empujó cerca del Ayuntamiento. En medio del bullicio, entre risas y música de dulzainas, Mateo sintió un tirón. Al mirar hacia abajo, se dio cuenta con horror de que su pañuelo rojo se había soltado y volaba, arrastrado por una ráfaga de viento juguetona, hacia los pies de la gran escalinata.
Mateo soltó la mano de su abuelo por un segundo para atraparlo, pero el pañuelo era rápido. Corrió tras él, sorteando piernas y faldas, hasta que se encontró en un rincón tranquilo detrás del edificio consistorial, donde los Gigantillos descansaban antes del gran desfile. Allí estaban ellos: el Gigantillo, con su traje de campesino burgalés, y la Gigantilla, con su falda bordada y su mantón de Manila.
El pañuelo de Mateo se había enganchado justo en la mano de madera del Gigantillo. El niño se quedó paralizado. El silencio en aquel rincón contrastaba con el ruido lejano de la multitud. Entonces, ocurrió lo imposible. El Gigantillo parpadeó. Con un movimiento lento y crujiente, la figura de cartón piedra inclinó su enorme cabeza hacia Mateo.
—¿Es esto tuyo, pequeño burgalés? —dijo una voz que sonaba como el viento entre las piedras de la Catedral.
Mateo no pudo hablar, solo asintió con la cabeza. La Gigantilla también se movió, arreglándose el delantal con elegancia. —No te asustes —dijo ella con una sonrisa pintada que ahora parecía real—. Hoy es nuestro día de suerte, y los amigos de San Pedro siempre se ayudan.
El Gigantillo extendió su mano y le entregó el pañuelo rojo. —Llévalo con orgullo, Mateo. Nosotros representamos el alma de la gente de estas tierras: trabajadores, alegres y siempre listos para compartir una bota de vino o un baile en la plaza.
—¿Cómo saben mi nombre? —logró preguntar Mateo, recuperando el aliento.
—Lo sabemos todo sobre los niños que aman nuestras tradiciones —respondió el Gigantillo—. Pero ahora, debes volver. Tu abuelo te busca y el desfile está a punto de comenzar. Si guardas nuestro secreto, te prometemos que este será el mejor San Pedro de tu vida.
Mateo asintió vigorosamente, se anudó el pañuelo con un doble nudo y salió corriendo de vuelta a la plaza. Encontró a su abuelo justo a tiempo, cuando las peñas comenzaban a desfilar con sus estandartes de colores y sus charangas llenaban el aire de notas saltarinas.
Cuando los Gigantillos salieron a la plaza, empezaron a bailar al ritmo de la dulzaina y el tamboril. La gente aplaudía y reía al verlos girar y girar. Mateo los miraba fijamente. Por un momento, el Gigantillo pasó justo frente a él y, antes de seguir su danza, le guiñó un ojo de cristal de forma casi imperceptible.
Esa tarde, Mateo participó en la Ofrenda de Flores. Colocó su ramo a los pies de la Virgen con una devoción nueva, sintiéndose parte de una historia mucho más grande que él. Entendió que las fiestas no eran solo ruido y fuegos artificiales; eran el hilo invisible que unía a los bisabuelos con los nietos, y a los gigantes de cartón con los sueños de los niños.
Al caer la noche, mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo sobre el río Arlanzón, Mateo miró hacia la silueta de la Catedral. Sabía que, en algún lugar cercano, los Gigantillos estarían descansando, esperando al próximo año para volver a despertar. Se tocó el pañuelo rojo y sonrió, sabiendo que en Burgos, durante San Pedro, la magia es tan real como el frío en invierno y tan cálida como el sol de junio.
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