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Había una vez, hace muchísimos años, un hombre de corazón valiente y ojos llenos de bondad llamado Manuel Belgrano. Manuel vivía en una tierra hermosa, llena de campos verdes, flores de colores y un río tan ancho que parecía un mar, llamado el río Paraná. A Manuel le encantaba su país, pero sentía que a su pueblo le faltaba algo muy especial. En aquellos tiempos, los soldados que acompañaban a Manuel no tenían un color que los uniera, algo que pudieran mirar y decir: '¡Esa es nuestra identidad!'.
Un día, mientras el sol comenzaba a bostezar por la mañana, Manuel salió a caminar por la orilla del río. El viento soplaba suavemente, despeinando un poquito su cabello. Manuel se sentó sobre una roca lisa y se quedó pensando. '¿Qué colores podríamos usar para nuestra bandera?', se preguntaba en silencio. Miró hacia abajo, a sus pies, y vio las flores silvestres, pero pensó que eran demasiadas. Miró los árboles, pero el verde cambiaba con las estaciones. Él quería algo que fuera eterno, algo que todos pudieran ver sin importar dónde estuvieran.
De repente, Manuel levantó la vista hacia el inmenso cielo. ¡Qué maravilla! El cielo estaba de un color celeste suave, tan clarito y tierno como el manto de un hada. Entre medio de ese celeste, unas nubes blancas y esponjosas como algodones de azúcar se deslizaban lentamente, bailando con el viento. Manuel abrió mucho los ojos y una sonrisa gigante iluminó su cara. '¡Eso es!', exclamó con alegría. 'Nuestra bandera debe ser como el cielo. Celeste como el aire que respiramos y blanca como las nubes que nos regalan sombra'.

Manuel corrió a buscar a sus amigos y les contó su gran idea. Todos se pusieron muy felices. Entonces, llamaron a una señora muy habilidosa llamada María Catalina, que tenía unas manos mágicas para coser. Manuel le pidió: 'Por favor, María Catalina, ¿podrías unir estos dos colores del cielo en una tela muy larga?'. Ella aceptó encantada. Buscó las telas más finas y brillantes que pudo encontrar. El sonido de las tijeras haciendo 'clic, clic, clic' se escuchaba por toda la casa, y el hilo de seda corría velozmente entre sus dedos.
Mientras la bandera se iba creando, los niños del pueblo se acercaban curiosos a las ventanas. '¿De qué color será?', preguntaban con entusiasmo. María Catalina guardaba el secreto con una sonrisa, mientras unía una franja celeste, una franja blanca y otra franja celeste. Era como si estuviera atrapando un pedacito de cielo entre sus manos para regalárselo a todos.
Finalmente, llegó un día muy especial, el 27 de febrero. El sol brillaba con mucha fuerza, como si quisiera ser parte de la fiesta. Manuel Belgrano llevó la tela terminada hasta la orilla del río Paraná. Todos los soldados estaban formados, muy derechitos, con sus uniformes limpios y sus corazones latiendo fuerte: ¡pum-pum, pum-pum!

Manuel levantó la bandera con sus brazos y, con la ayuda de una soga, la hizo subir por un mástil de madera muy alto. A medida que la bandera subía, el viento la ayudaba a desplegarse. ¡Era hermosa! El celeste y el blanco brillaban bajo el sol, y por un momento, parecía que la bandera y el cielo se daban un abrazo gigante. Los soldados y la gente del pueblo gritaron con emoción: '¡Viva la patria!'.
En ese momento, el sol, que estaba en lo más alto del cielo, envió un rayito dorado que se posó justo en el medio de la bandera. Era como una moneda de oro redonda y brillante que sonreía a todos. Manuel se sintió muy orgulloso. Ahora, cada vez que los niños miraran hacia arriba, recordarían que su bandera nació del cielo mismo, de los sueños de un hombre bueno y del amor por su tierra.
Desde aquel día, la bandera celeste y blanca nos acompaña en todas partes: en las escuelas, en las plazas y en los partidos de fútbol. Y cada vez que la vemos flamear, recordamos a Manuel Belgrano y su hermoso sueño de libertad. Porque la bandera no es solo una tela de colores, es el abrazo de todo un pueblo que vive bajo el mismo cielo. Y así, con el río como testigo y el sol como guía, la bandera argentina voló por primera vez, cuidando los sueños de todos los niños que, como tú, aman su hogar con todo el corazón.
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