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En el Parque Arcoíris, vivía un columpio muy especial. No era especial porque fuera de oro ni porque volara muy alto. Era especial porque era el único columpio que había. Y, por eso, siempre estaba ocupado.
Había dos niños, Sofía y Mateo, que querían mucho columpiarse. Sofía era una niña con trenzas largas y un vestido lleno de flores. Mateo, por su parte, llevaba una gorra azul y unos zapatos que brillaban cuando corría.
Un día soleado, ambos llegaron al parque con la misma idea: ¡columpiarse! Pero, como siempre, el columpio ya estaba ocupado por una ardilla muy presumida que se balanceaba con elegancia.
Sofía suspiró. “Siempre es lo mismo,” dijo, con un poquito de tristeza en su voz. Mateo asintió. “Nunca podemos columpiarnos juntos.”
La ardilla, que tenía un oído muy fino, escuchó sus palabras. Saltó del columpio con un ágil brinco. “Quizás,” dijo la ardilla, “podrían turnarse.”
Sofía y Mateo se miraron. Turnarse… ¡nunca se les había ocurrido! Siempre se habían enfocado en la frustración de no poder columpiarse al mismo tiempo.
“¿Qué es ‘turnarse’?” preguntó Mateo, rascándose la cabeza debajo de su gorra.
La ardilla sonrió. “Significa que uno se columpia un rato, y luego el otro. Así, ambos pueden disfrutar del columpio.”
Sofía y Mateo pensaron en la idea. Parecía… ¿razonable? Nunca antes lo habían intentado. “Pero… ¿cómo sabemos cuándo es el turno del otro?” preguntó Sofía.
La ardilla, que era muy ingeniosa, recogió dos piedrecitas del suelo. Una era redonda y la otra era plana. “Usaremos estas piedras. Uno elige una piedra. El que tenga la piedra redonda, se columpia primero. Luego, le da la piedra al otro.”
Sofía eligió la piedra. ¡Era la redonda! Saltó de alegría y corrió hacia el columpio. Mateo esperó pacientemente, observando a Sofía balancearse hacia el cielo. La ardilla, sentada en una rama cercana, les sonreía.
Sofía se columpió durante cinco minutos, contando hasta trescientos en su cabeza. Cuando terminó, le dio la piedra redonda a Mateo. Mateo la tomó con entusiasmo y se subió al columpio. ¡Era su turno!
Pero mientras Mateo se columpiaba, notó que Sofía no se veía muy contenta. Estaba sentada en el suelo, jugando con la tierra, pero su sonrisa no era tan brillante como antes.
Mateo dejó de columpiarse. “¿Qué pasa, Sofía?” preguntó. “¿No te estás divirtiendo?”
Sofía sacudió la cabeza. “Me estoy divirtiendo,” dijo, “pero… es más divertido cuando lo hacemos juntos.”
Mateo pensó por un momento. Él también sentía lo mismo. Columpiarse solo era divertido, pero no tanto como compartir la alegría con su amiga.
Tuvo una idea. “¡Ya sé!” exclamó. “Podemos columpiarnos juntos… ¡pero no en el columpio!”
Sofía lo miró con curiosidad. “¿Cómo?”
Mateo la llevó hasta un árbol grande con ramas fuertes y bajas. “¡Podemos balancearnos en las ramas! Uno empuja al otro, y luego nos turnamos.”
Sofía sonrió. ¡Era una idea fantástica! Juntos, buscaron la rama perfecta. Era gruesa, resistente y estaba a la altura justa para que ambos pudieran alcanzarla.
Mateo ayudó a Sofía a subirse a la rama. Luego, él se subió también. Se agarraron con fuerza y comenzaron a balancearse. Mateo empujó a Sofía, y ella se balanceó hacia adelante y hacia atrás, riendo a carcajadas. Luego, Sofía empujó a Mateo, y él hizo lo mismo.
Era diferente al columpio, pero era igualmente divertido. Y lo mejor de todo era que lo estaban haciendo juntos. La ardilla, desde su rama, aplaudía con sus pequeñas patas.
De repente, vieron a otros niños acercándose. Eran Ana y Carlos, que también querían columpiarse. Al ver a Sofía y Mateo balanceándose en la rama, se quedaron mirando con asombro.
“¿Podemos jugar también?” preguntó Ana, tímidamente.
Sofía y Mateo se miraron y sonrieron. “¡Claro que sí!” dijeron al unísono.
Les explicaron cómo turnarse para empujar y cómo compartir la rama. Pronto, los cuatro niños estaban balanceándose y riendo juntos, creando un nuevo juego en el Parque Arcoíris.
El columpio seguía ahí, esperando. Pero ahora, los niños habían aprendido que la diversión no siempre se encuentra en el mismo lugar. A veces, la verdadera alegría está en compartir, en ser creativos y en encontrar nuevas formas de jugar juntos. Y la ardilla, desde su rama, sabía que había enseñado una lección muy valiosa: que compartir es mucho más divertido que tenerlo todo para uno mismo.
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