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Gratis · elegí una vozEn el corazón palpitante de Aucayacu, donde el sol parece un disco de oro fundido sobre el cielo de Leoncio Prado, vivía un niño llamado Mateo. Mateo cursaba el sexto grado en la escuela del distrito de José Crespo y Castillo, y aunque sus pies conocían bien la tierra roja y húmeda de la selva, su corazón latía al ritmo de los relatos de su abuelo Teófilo. Don Teófilo era un hombre de manos nudosas como raíces de árbol viejo, que había llegado hace décadas desde las altas cumbres de Apurímac, trayendo consigo el aroma del ichu y el eco de los huaynos.
Cada tarde, después de clases, Mateo caminaba hacia las orillas del río Huallaga. El gran río, ancho y poderoso, era para Mateo un camino de plata que unía mundos distintos. Sentado cerca del imponente puente de Aucayacu, el niño observaba cómo las barcas cruzaban las aguas turbulentas, transportando racimos de plátanos, sacos de cacao y sueños de gente que, como su abuelo, buscaba una vida mejor en la selva.
—Abuelo, ¿por qué el río ruge tanto? —preguntó Mateo una tarde, mientras Don Teófilo tallaba una flauta de madera.
—El Huallaga no ruge, Mateo —respondió el anciano con una sonrisa que le arrugaba los ojos—. El Huallaga canta. Trae noticias de las montañas donde nace, allá donde el aire es frío y las nubes se pueden tocar con la mano. Aquí, en la selva, el río se abraza con el calor y se vuelve ancho para que todos puedan beber de él. Es como nosotros, hijo: somos de la sierra, pero nuestra alma ahora tiene el color de la clorofila.
Mateo no terminaba de entender. En la escuela, sus amigos hablaban de la pesca del paiche y de las leyendas de la Sachamama, mientras él soñaba con los cóndores que su abuelo describía. Se sentía como un árbol plantado entre dos tierras, con raíces que tiraban hacia arriba, a los Andes, y ramas que se extendían hacia la espesura verde de Huánuco.
Un sábado, Mateo decidió seguir una mariposa de color azul eléctrico que parecía llamarlo desde la orilla del río. Se internó en un sendero menos transitado, donde la vegetación se volvía tan densa que el sol solo lograba filtrarse en pequeños dardos de luz. Allí, el sonido de la ciudad de Aucayacu se desvaneció, reemplazado por el grito de los loros y el murmullo constante de los insectos. De pronto, llegó a un claro donde un árbol gigante, un cedro milenario, se alzaba como un guardián.
Al pie del árbol, Mateo encontró a un pequeño animal atrapado entre unas lianas caídas. Era un shansho, un ave de aspecto prehistórico con una cresta despeinada. El ave estaba asustada. Mateo, recordando las enseñanzas de respeto a la vida que su abuelo compartía —muy al estilo de las historias de Arguedas sobre la hermandad entre hombres y naturaleza—, se acercó con cuidado.
—No temas, hermanito —susurró Mateo en un quechua suave que había aprendido de Don Teófilo—. El agua del río es la misma que la de la lluvia, y todos somos hijos de la misma tierra.
Con paciencia, liberó al ave. El shansho, en lugar de volar lejos, se posó en una rama baja y emitió un sonido ronco. En ese momento, Mateo sintió una conexión profunda. Comprendió que la selva de Aucayacu no era ajena a la sierra de sus ancestros. El espíritu de la naturaleza, que su abuelo llamaba Pachamama, también estaba allí, bajo el calor asfixiante y entre los helechos gigantes. La justicia, la ternura y la fuerza que Arguedas encontraba en los Andes, Mateo las encontraba ahora en la generosidad de la selva peruana.
Regresó a casa cuando el cielo se teñía de violeta y naranja. Encontró a su abuelo sentado en el porche, mirando hacia la dirección donde se adivinaba la silueta de la 'Bella Durmiente' en Tingo María. Mateo sacó su propia quena y empezó a tocar una melodía que había compuesto en su cabeza. No era un huayno puro, ni una cumbia amazónica; era una mezcla de ambos, un sonido nuevo que celebraba la identidad de Aucayacu.
—Escucha, abuelo —dijo Mateo—. El Huallaga me ha contado que no importa de dónde vengan nuestras raíces, lo importante es cómo florecemos aquí, en esta tierra de José Crespo y Castillo que nos da todo.
Don Teófilo asintió, orgulloso. El niño de sexto grado había comprendido lo que a muchos adultos les tomaba una vida entera: que el Perú es un río de mil caudales, y que en Aucayacu, todas las sangres se encuentran para cantar una sola canción de esperanza y libertad bajo el sol de la Amazonía.
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