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Mateo amaba el parque. Todos los días, después de la escuela, corría con su mochila a cuestas, listo para columpiarse, jugar a la pelota o simplemente correr libremente. Era su lugar favorito, un oasis de diversión después de las largas horas en el salón de clases. Pero últimamente, algo había cambiado. Cada vez que llegaba al parque, los columpios estaban ocupados por niños que se reían a carcajadas, la cancha de baloncesto estaba llena de jugadores que botaban la pelota con energía y casi no quedaba espacio para correr entre los árboles.
A veces, debía esperar una eternidad para poder subirse a un columpio, y cuando finalmente lo lograba, el tiempo parecía volar. La cancha de baloncesto, ni hablar. Siempre había una lista larga de espera para unirse a un partido. Mateo se sentaba en una banca, observando a todos los niños jugar y se preguntaba: “¿Por qué ahora hay tanta gente en mi parque y antes no?”.
Un día, mientras esperaba su turno en el columpio, Mateo vio a la señora Elena, la bibliotecaria de la escuela, sentada en una banca cercana, leyendo un libro. Mateo conocía bien a la señora Elena. Ella siempre tenía una sonrisa amable y una historia interesante para contar. Se acercó tímidamente y le preguntó: “Señora Elena, ¿usted sabe por qué el parque está tan lleno últimamente?”.
La señora Elena levantó la vista de su libro y sonrió. “Hola, Mateo. Sí, sé por qué. ¿Has notado el nuevo edificio que están construyendo cerca de la escuela?”.
Mateo asintió. Lo había visto, un edificio grande y moderno que parecía apartamentos. “Sí, ¿pero qué tiene que ver con el parque?”.
“Pues bien, Mateo, en ese edificio viven muchas familias nuevas con niños. Se mudaron a nuestro vecindario hace poco, y como tú, aman jugar en el parque después de la escuela. Ahora compartimos el parque con muchos amigos nuevos”.
Mateo se quedó pensando. Nunca lo había visto de esa manera. Solo se había fijado en que había más gente y menos espacio para él. La señora Elena continuó: “Es como cuando invitas a más amigos a tu fiesta de cumpleaños. Al principio, puede parecer un poco caótico, pero al final, todos se divierten juntos”.
La explicación de la señora Elena hizo que Mateo se sintiera un poco mejor, pero aún extrañaba la tranquilidad y el espacio que solía tener en el parque. Decidió observar a los nuevos niños. Vio a una niña con coletas rojas intentando subir a la resbaladilla, pero no alcanzaba el primer escalón. Mateo se acercó y le ofreció su ayuda. “Te ayudo a subir”, le dijo.
La niña lo miró con ojos grandes y sonrió. “Gracias”, respondió. Mateo la ayudó a subir, y juntos se deslizaron por la resbaladilla, riendo a carcajadas. Descubrió que la niña se llamaba Sofía y era nueva en la ciudad. Estaba un poco nerviosa por hacer amigos.
Después de jugar en la resbaladilla, Mateo y Sofía se unieron a un grupo de niños que jugaban a la pelota. Mateo le enseñó a Sofía las reglas del juego, y pronto ella estaba corriendo y riendo con los demás. Mateo se dio cuenta de que la señora Elena tenía razón. Aunque el parque estaba más lleno, también era más divertido. Había más amigos con quienes jugar, más risas y más oportunidades para hacer nuevos amigos.
Al día siguiente, Mateo llegó al parque con una actitud diferente. En lugar de sentirse frustrado por la multitud, buscó a Sofía y a los otros niños nuevos. Los invitó a jugar a las escondidas, y juntos exploraron cada rincón del parque, buscando los mejores escondites. Mateo también conoció a un niño llamado Juan, que era muy bueno jugando al baloncesto. Juan le enseñó a Mateo algunos trucos nuevos, y juntos practicaron tiros hasta que el sol comenzó a ponerse.
Mateo aprendió que compartir el parque con más gente no era tan malo como pensaba. Al principio, había extrañado la tranquilidad y el espacio, pero pronto descubrió que la alegría de jugar con nuevos amigos superaba cualquier inconveniente. El parque ya no era solo “su” parque, sino un lugar donde todos podían reunirse, jugar y reír juntos. Era un parque lleno de risas y amistad, un lugar donde siempre había espacio para un nuevo amigo.
Un día, mientras Mateo y sus nuevos amigos construían un castillo de arena en el arenero, Mateo recordó su pregunta inicial: “¿Por qué ahora hay tanta gente en mi parque y antes no?”. Ahora, la respuesta era clara. El parque estaba lleno porque era un lugar maravilloso, un lugar donde la amistad florecía y la diversión nunca terminaba. Y Mateo estaba feliz de compartirlo con todos. El parque lleno de risas era, después de todo, mucho mejor que el parque vacío que recordaba.
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