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Edward, con sus 16 años a cuestas, se sentía como una hoja seca arrastrada por el viento. Vivía solo en una buhardilla destartalada, y el hambre era su sombra más fiel. No era un chico malo, solo un superviviente. Por eso, a veces, sus manos se alargaban hacia lo ajeno.
Una noche fría y neblinosa, con el estómago rugiendo como un león hambriento, Edward se aventuró hacia la casona abandonada al final del pueblo. La casona era famosa por sus historias de fantasmas y sus incontables relojes detenidos. La gente decía que el tiempo se había quedado atrapado allí. Edward, sin creer en cuentos, solo pensaba en encontrar algo de valor para vender.
La puerta chirrió al abrirse, revelando un interior oscuro y polvoriento. Rayos de luna se filtraban por las ventanas rotas, iluminando estanterías llenas de relojes de todas formas y tamaños: de pared, de pie, de cuco… ¡Una verdadera colección de tiempo detenido! El aire olía a polvo y a olvido.
Mientras rebuscaba entre los objetos, Edward tropezó con una mesa cubierta por una tela raída. Debajo, descubrió un reloj de bolsillo dorado. No era como los demás. En su tapa tenía grabado un ojo que parecía observarlo. Lo tomó entre sus manos. Era pesado y frío.
De repente, una idea cruzó su mente. ¿Y si este reloj valiera algo? Quizás, con la venta, podría comprar comida y… quién sabe, quizás un abrigo nuevo para el invierno.
Sin pensarlo dos veces, giró la corona del reloj. Un zumbido suave llenó la habitación, y las manecillas comenzaron a moverse en sentido contrario. De pronto, todo a su alrededor se volvió borroso. Sintió un mareo intenso y cerró los ojos con fuerza.
Cuando los abrió, estaba de nuevo frente a la puerta de la casona. ¡Pero ya no era de noche! El sol brillaba en el cielo, y los pájaros cantaban en los árboles. Confundido, miró el reloj. Las manecillas indicaban la hora de hacía cinco minutos.
¡Había retrocedido en el tiempo!
Al principio, Edward usó el reloj para pequeñas cosas: evitar un regaño del frutero por robar una manzana, ganar una partida de canicas, incluso evitar pisar un charco. Cada vez que giraba la corona, el tiempo se doblaba a su voluntad. Se sentía poderoso, invencible.
Pero la soledad seguía royéndole el alma. Recordaba con nostalgia a su madre, su sonrisa, sus abrazos… Ella había fallecido hacía años, dejándolo solo en el mundo. Y una idea descabellada comenzó a germinar en su cabeza: ¿Podría usar el reloj para traerla de vuelta?
Sabía que era peligroso, que jugar con el tiempo podía tener consecuencias imprevisibles. Pero el dolor era más fuerte que el miedo. Tomó una decisión.
Con el corazón latiendo con fuerza, Edward giró la corona del reloj con todas sus fuerzas. Esta vez no retrocedió unos minutos, ni siquiera unas horas. Retrocedió años.
Se encontró de nuevo en su antigua casa, la casa donde vivía con su madre. La puerta se abrió y allí estaba ella, con su delantal floreado y su sonrisa cálida.
"¡Edward, cariño!", exclamó, abrazándolo con fuerza.
Por un momento, la felicidad lo inundó por completo. Había logrado lo imposible. Estaba con su madre, de nuevo.
Pero entonces, algo extraño comenzó a suceder. Los relojes de la casona, que de alguna manera podía sentir, empezaron a vibrar con violencia. Las paredes temblaban. Los cristales se rompían. La realidad misma parecía desmoronarse.
El abrazo de su madre se volvió frío. Su sonrisa se desvaneció. Sus ojos se llenaron de confusión.
"¿Qué está pasando, Edward?", preguntó con voz temblorosa.
Edward se dio cuenta de su error. Había alterado el curso natural del tiempo, y las consecuencias eran devastadoras. La realidad se estaba fragmentando. Había puesto en peligro a su madre, a él mismo, a todo.
Con lágrimas en los ojos, giró la corona del reloj una vez más. Con desesperación, deseó volver al presente, antes de que fuera demasiado tarde.
Despertó en la casona abandonada. Todo estaba como lo había dejado. Los relojes seguían detenidos, cubiertos de polvo. El silencio era sepulcral.
Miró el reloj de bolsillo dorado. El ojo grabado en la tapa estaba cerrado. Intentó girar la corona, pero no se movió. El tiempo ya no lo escuchaba.
Edward entendió la lección. El pasado no se puede cambiar. Hay heridas que deben cicatrizar con el tiempo, por dolorosas que sean. Tomó el reloj y lo dejó sobre la mesa, donde lo había encontrado. Salió de la casona, sintiendo el frío calarle los huesos. Pero esta vez, llevaba algo más que hambre en el estómago. Llevaba una lección grabada en el corazón.
Y aunque nunca volvió a ver a su madre, su recuerdo, aunque doloroso, lo acompañaría siempre. Era un recordatorio de que el tiempo, como un río, sigue su curso imparable. Y que a veces, lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar por la corriente.
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