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Gratis · elegí una voz¿Alguna vez has querido comerte las nubes? Sí, no te asombres: comer nubes. Se ven deliciosas, limpias, como merengue, nata blanca o algodón de azúcar.
Pero… ¿cómo llegar hasta ellas? ¿Convertirme en un gigante con voz ronca y saltos enormes? ¡Nah! Eso las asustaría y las rompería. Además, yo soy más bien una pulgarcita.
Entonces pensé: mejor pedirle prestadas las alas a un hada risueña. Con cada revoloteo, me acerqué al cielo. Todo se veía pequeñito desde allí arriba: las casas como juguetes, los árboles como broches verdes.
Y cuando por fin toqué una nube, descubrí su secreto: no era para comer, era para soñar. Porque las nubes guardan cuentos, juegos y risas, y quien las alcanza, se lleva un pedacito de imaginación para siempre.
Mi nombre es Luna, y siempre he sido una niña curiosa. Desde mi ventana, las nubes me llamaban. Parecían islas flotantes de algodón dulce, listas para ser saboreadas. Imaginaba su sabor: ¿quizás a fresa, a limón, o a una mezcla mágica de todos los dulces del mundo?
Un día, decidí que ya era hora de probarlas. Primero, pensé en crecer. Tal vez si comía muchísimas espinacas, me convertiría en una gigante capaz de alcanzar las nubes con solo estirar la mano. Pero luego recordé que los gigantes de los cuentos siempre son un poco torpes y asustan a todo el mundo. ¡No quería asustar a las nubes! Ellas parecían tan delicadas y tranquilas…
Luego, se me ocurrió construir una escalera altísima, tan alta que llegara hasta el cielo. Empecé a juntar todas las cajas de zapatos de mi casa, las latas vacías de mi abuela y hasta los bloques de construcción de mi hermano pequeño. Pero la torre se tambaleaba y caía al suelo con un estruendo. ¡Definitivamente, esa no era la solución!
Frustrada, me senté en el jardín y suspiré. Fue entonces cuando vi a Azulina, el hada del bosque. Azulina era conocida por su risa contagiosa y sus alas brillantes, tan ligeras como plumas de ángel. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia ella.
"¡Azulina, Azulina! ¿Podrías prestarme tus alas por un ratito?", le rogué. "Quiero probar las nubes, quiero saber a qué saben".
Azulina sonrió. "Luna, las nubes no se comen, pero te mostraré su verdadero secreto". Y sin decir más, me ofreció sus alas. Eran suaves y cálidas, como un abrazo de mi abuela.
Me las coloqué con cuidado y, con un pequeño impulso, empecé a volar. Al principio, me costó un poco mantener el equilibrio, pero pronto le agarré el truco. ¡Volaba! ¡De verdad volaba! Era la sensación más maravillosa del mundo.
A medida que ascendía, el mundo se hacía más y más pequeño. Mi casa parecía una miniatura, los coches eran como hormigas y las personas, pequeños puntos moviéndose por las calles. Los árboles se veían como brócolis verdes esparcidos por el suelo.
Finalmente, llegué a las nubes. Eran mucho más grandes de lo que imaginaba. Me acerqué a una de ellas, una nube esponjosa y blanca como el algodón, y la toqué con la punta de los dedos. No era suave ni esponjosa como esperaba. Era… ¡nada! Mis dedos la atravesaron sin sentir nada.
Estaba un poco decepcionada, pero Azulina, que me había seguido de cerca, me sonrió. "Cierra los ojos, Luna", me dijo. "Escucha con tu corazón".
Cerré los ojos y respiré hondo. De repente, empecé a escuchar risas, canciones y cuentos. Vi imágenes de niños jugando en campos de flores, de animales parlantes y de mundos fantásticos llenos de magia. Las nubes no eran para comer, ¡eran para soñar!
Dentro de cada nube, había un universo entero de imaginación, esperando ser descubierto. Las nubes guardaban los sueños de todos los niños del mundo, las historias que aún no habían sido contadas y las aventuras que estaban por venir.
Pasé horas jugando entre las nubes, explorando sus secretos y dejando volar mi imaginación. Vi dragones que escupían arcoíris, castillos hechos de chocolate y ríos de limonada. Fue la experiencia más increíble de mi vida.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Azulina me indicó que era hora de volver. Con el corazón lleno de alegría y la cabeza llena de ideas, descendí de nuevo a la Tierra. Devolví las alas a Azulina y le agradecí por mostrarme el secreto de las nubes.
Desde ese día, cada vez que veo una nube, ya no pienso en comérmela. En cambio, cierro los ojos e imagino todas las maravillas que se esconden en su interior. Sé que las nubes están llenas de cuentos, juegos y risas, y que quien las alcanza, se lleva un pedacito de imaginación para siempre. Y ese, sin duda, es el sabor más dulce de todos.
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