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La Escuela Nueva Collilelfu era un lugar lleno de historias. Sus largos pasillos guardaban ecos de risas y regaños, y las pizarras de las salas, cubiertas de fórmulas y dibujos a medio borrar, parecían hablar en voz baja. El patio, especialmente en las mañanas frías, se envolvía en una neblina espesa que lo hacía parecer un lugar mágico y, a veces, un poco tenebroso.
Sebastián, un estudiante de séptimo básico, no era de los que se asustaban fácilmente. Le gustaba explorar los rincones de la escuela, imaginar aventuras entre sus muros y leer historias de misterio bajo la luz tenue de las farolas del patio. Pero esa tarde, mientras se quedaba solo en la sala de computación para terminar un trabajo de ciencias, sintió un escalofrío que no provenía del frío habitual de Collilelfu.
Las luces de la sala parpadearon de repente, proyectando sombras danzantes sobre las filas de computadoras. Sebastián frunció el ceño. Era común que las luces tuvieran problemas, la escuela era bastante antigua después de todo. Pero entonces, una de las computadoras, la que estaba al fondo de la sala, se encendió sola. La pantalla brilló con una luz azulada, iluminando el rostro de Sebastián con un resplandor fantasmal.
"Qué raro," murmuró, acercándose a la computadora. No recordaba haberla dejado encendida. Justo cuando estaba a punto de tocar el ratón, escuchó un susurro. Era un sonido suave, casi imperceptible, como el roce de hojas secas en el viento. Al principio, pensó que era su imaginación, pero luego lo escuchó de nuevo. Era su nombre: "Sebastián…"
El susurro parecía venir de la pizarra al frente de la sala. Sebastián giró lentamente la cabeza y se quedó sin aliento. En la pizarra, justo debajo de una ecuación de física, había aparecido una frase escrita con tiza blanca: "No estás solo." No recordaba haber visto esa frase antes, y estaba seguro de que nadie había entrado en la sala desde que él se había quedado.
Un sudor frío le corrió por la espalda. Intentó convencerse de que todo era una broma, una alucinación producto del cansancio. Pero la sensación de que algo lo observaba, de que una presencia invisible lo acompañaba, era demasiado fuerte para ignorarla.
Recordó una historia que había escuchado sobre un antiguo estudiante de Collilelfu, un chico llamado Martín que había desaparecido misteriosamente hacía muchos años. Se decía que Martín era un chico solitario que pasaba mucho tiempo en la biblioteca y en la sala de computación. Algunos decían que se había escapado, otros que había tenido un accidente. Pero la verdad era que nadie sabía qué le había pasado realmente.
¿Podría ser que el susurro, la frase en la pizarra, tuvieran algo que ver con Martín? La idea le heló la sangre. Empezó a sentirse cada vez más nervioso, como si el aire a su alrededor se estuviera volviendo más denso y opresivo. Los sonidos de la escuela, normalmente tan familiares, se habían transformado en un concierto de crujidos y susurros amenazantes.
Decidió que era hora de irse. Apagó la computadora que se había encendido sola, agarró su mochila y caminó hacia la puerta. Pero cuando intentó abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave desde afuera. Tiró de la manija con fuerza, pero la puerta no cedió.
"¿Hola? ¿Hay alguien ahí?" gritó, con la voz temblorosa. El único sonido que recibió como respuesta fue el eco de su propia voz. Estaba atrapado. Completamente solo en la sala de computación, con la sensación de que algo lo observaba desde las sombras.
Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, se giró para mirar a su alrededor. La pantalla de la computadora que había apagado hacía un momento se encendió de nuevo, mostrando su propio reflejo. Pero algo andaba mal. Detrás de su reflejo, en la oscuridad del fondo de la sala, vio una figura borrosa, una sombra que parecía observarlo con ojos brillantes. Una sonrisa malévola se dibujó en el reflejo. Sebastián gritó y cerró los ojos con fuerza.
Cuando los abrió de nuevo, la pantalla estaba apagada. La sala estaba en silencio. La puerta seguía cerrada. Pero la sensación de ser observado era más fuerte que nunca. Sebastián sabía que no estaba solo. Algo en la escuela lo estaba observando. Algo que solo los estudiantes que se habían quedado solos después de clases habían sentido… El secreto susurrante de Collilelfu había encontrado una nueva víctima. Desde ese día, Sebastián nunca más se quedó solo en la escuela después de clases. Y cada vez que pasaba por la sala de computación, sentía un escalofrío recorrerle la espalda, recordando la frase escrita en la pizarra: "No estás solo."
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